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FUEGO AMIGO

El oro de la memoria

 

ERNESTO ESCAPA
04/10/2014

La leva estudiantil nos arrancó del pueblo aquel otoño de hace medio siglo para unos años de internado, repartidos entre la quinta vegetal del Porma y los altos pedregosos de la Colorada. La ciudad aún conservaba los ecos del Congreso Eucarístico, pero entonces el aliciente de nuestras correrías lo ponían la aventura de los pájaros silvestres o los cangrejos de acequia en Santibáñez. Estímulos alejados de cualquier solemnidad. Dos años después, el incendio de la catedral sacudió el tedio de una tarde de domingo y nos hizo mayores de repente. Disputaban la final de copa el Bilbao y el Zaragoza y todavía no llevábamos sotana. A la vuelta de medio siglo, ya mayorones, nos seguimos viendo para evocar con nostalgia aquellos anhelos, cuando todas las conquistas parecían asequibles. Hoy nos reunimos para celebrar el oro de la amistad.

En nuestra peripecia de internado, Santibáñez fue el paraíso. Aquella quinta fluvial arropó la mudanza desde la suelta infancia pueblerina al rigor de los horarios. Un patio con palmeras y piedras monásticas de Eslonza, amplias praderas y muchos frutales. La nostalgia y las penas nocturnas del desarraigo nos las curaba con hilas de orujo una monja imperativa y amorosa. Como todos los ámbitos cerrados, segregaba su propia mitología, un territorio movedizo alimentado de ingenuas rebeldías, a menudo resueltas con mezquindad autoritaria. Los recreos eran pródigos en aventuras, que cada cual traía de su mundo, aunque ninguno tan fértil como Vegas del Condado en los relatos de Ursi. Había un molinero alegre, triunfador en los aluches, y un jardinero torvo, de vino y humores tumultuosos. En clase jugábamos a cartagineses y romanos y frecuentes excursiones nos llevaban hasta las eras de la Sobarriba o a los pagos fluviales del Porma.

Otro otoño llegamos al seminario de la carretera de Asturias, un recinto escurialense con tránsitos ojivales y mansardas de pizarra. Se había construido con los excesos del nacionalcatolicismo, como un cuartel más de la periferia, y sus obras se prolongaron casi veinte años, entre 1945 y 1964. El arquitecto fue Vega Samper, autor del penal de Carabanchel. En León hizo la Telefónica de Padre Isla y la iglesia de Jesús Divino Obrero. Como el obispo Almarcha tenía mano, adornó los espacios de respeto del seminario con esculturas rodinianas de Susana Polac y floridas vidrieras. Viajaba en mercedes granate a su sitial en las Cortes, donde lo puso Franco de procurador perpetuo, y traía para la dieta del seminario partidas de carne peronista, naranjas oriolanas, peces congelados o legumbres de cebadero, que gestionaba en Madrid valiéndose de su ascendiente pontifical sobre Girón y los ministros pipiolos. Hoy repasamos la magia de aquel tiempo.




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