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fuego amigo

El palacio de Almanzor

 

ernesto escapa
01/12/2018

Aunque uno ha ido perdiendo dosis importantes de candor en diversas y sucesivas decepciones, todavía me conmueven los anuncios que apuntan al rescate de nuestro patrimonio, sobre todo cuando se encuentra en el descuido rural. Ha sido el caso de esta mañana con los arreglos en el castillo palaciego de Almanza, que anuncia en portada el arquitecto Javier Rojo y luego despliega con Gancedo. La situación fronteriza de Almanza, junto al Cea, tuvo a esta villa muy expuesta a las acometidas, a pesar del fuero de 1225. Su parte más antigua se retrepa entre la lentitud del Cea y el arroyo que baja de Corcos, en torno a la mota coronada por una torre mirador de los años cincuenta, que exhibe el reloj vecinal.

Fue un proyecto del arquitecto Torbado, quien tuvo que reducir su altura a 28 metros, para no arriesgar la estabilidad de la red de túneles que bajan desde aquella eminencia al río. Ya se sabe: una listeza sarracena para burlar asedios. Entre Cea y Puente Almuhey, Almanza conserva un encanto sin alharacas, pero muy atractivo, con caminos abiertos que invitan a explorar los encinares y robledales de los páramos circundantes: el melojar de Valdefuentes, las pinadas fluviales de Riocamba y los hornos del carboneo tradicional que salpican sus pagos circundantes.

Pero antes de levantar el vuelo de las excursiones, resulta obligada la visita a su plaza Mayor, con tandas de soportales sostenidos en columnas de roble. La cerca de cal y canto del siglo trece, en la que se abre el arco gótico que da paso a la ciudadela, discurre aislada por un foso natural, que se hace más hendido y perceptible en el ángulo ocupado por la fortaleza rectangular que el vecindario proclama, por familiaridad toponímica, como palacio de Almanzor. Y ya puestos a cebar el pebetero ucrónico, albergue de un harén tan improbable como imposible.

Del palacio que hubo, protegido desde 1949, quedan los cubos angulares reutilizados y el dictado de una memoria legendaria, cuyo derecho asiste a todos los pueblos. Sobre todo, a los que han tenido que sobrevivir alojados en el descuido.

Y para el viajero actual, Almanza reserva enclaves de belleza deslumbrante, como el mirador sobre la vega del Cea y hacia los bosques que inundan el horizonte. También la umbría fluvial del puente sobre el Cea o ese espigón en tapial de su cerca hacia poniente, donde el sol crepuscular enciende todos los matices del ocre. Lo habitual en la provincia leonesa ha sido derribar las cercas medievales o verlas caerse de pura desidia. Así fue ocurriendo en Almanza, en Grajal y en Valderas, donde ya tan poco queda en pie. Una puerta del dieciséis en Grajal, que tan mal ha cuidado su herencia de barro, y dos arcos mudéjares en Valderas, uno de ellos repintado.

   
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