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TRIBUNA

El papa Francisco, la Iglesia y los jóvenes

 

El papa Francisco, la Iglesia y los jóvenes -

Prisciliano Cordero del Castillo SOCIÓLOGO Y SACERDOTE
12/10/2018

Cardenales y obispos de todo el mundo han llegado a Roma para asistir al decimoquinto sínodo general convocado por el papa Francisco para los días 3 al 28 de octubre y que tiene como lema: los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional. Este sínodo, presidido por el papa, reúne a más de 300 cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y expertos laicos, incluidos los jóvenes. Los sínodos anteriores trataron temas como la familia, el sacerdocio, los laicos, la evangelización, la Eucaristía, la vida religiosa, la justicia y la paz, etc. Hoy el papa quiere fijar la atención de toda la Iglesia en los jóvenes.

En su homilía de apertura del día 3 en la plaza de San Pedro ha dicho que en lugar de predicar sobre lo que los jóvenes deben hacer para ajustarse a la iglesia, hay que centrarse en cómo la iglesia necesita escuchar a los jóvenes y responder a sus necesidades espirituales.

El papa oró para que los padres sinodales puedan ser ungidos por el Espíritu con el don de soñar y esperar para que puedan rechazar el conformismo, que dice: «Siempre se ha hecho así». También invitó a cientos de jóvenes a unirse a los participantes del sínodo el 6 de octubre en la sala de audiencias del Vaticano para una velada de música y charlas de jóvenes sobre la búsqueda de su identidad y de ideas para vivir una vida de servicio y autoestima. El tema real es, en esencia, la Iglesia, su presente y su futuro. Si la Iglesia no sabe atraer y mantener a los jóvenes, no tendrá futuro.

En una reunión previa al sínodo, celebrada en marzo pasado, el Papa insistió en que la Iglesia debe preservar sus enseñanzas esenciales, pero también debe encontrar formas creativas de compartir esas enseñanzas y reflexionar sobre cómo responde el Evangelio a las preguntas de las personas de hoy. En muchos países de raíces cristianas, un gran número de fieles están abandonando la iglesia, principalmente jóvenes que no entienden los escándalos en la iglesia, las actitudes clericales de parte de la jerarquía y la participación de los líderes de la iglesia en políticas conservadoras. Los jóvenes encuentran a la iglesia irrelevante para sus vidas y francamente aburrida. Ante esta situación un tanto desalentadora, los participantes en el sínodo se encuentran al menos con cuatro desafíos:

Primero, los obispos deben reconocer que no saben cómo evangelizar a los jóvenes. Muchos jóvenes dicen que son «creyentes» pero no «practicantes». No sienten nada por la Iglesia, ni saben para que sirve. Los sacerdotes necesitan escuchar a los jóvenes antes de buscar su evangelización. Los jóvenes quieren ser interactivos e involucrarse en actividades. Necesitan sentirse útiles y apreciados, no solo los que van a la iglesia. Pero para capacitar a los jóvenes para que ocupen el lugar que les corresponde en la iglesia, los líderes de la iglesia deben escucharlos, ser lo más honestos posible para responder a sus preguntas y transmitirles el arte del discernimiento para que puedan vivir como cristianos en el mundo, aunque estén rodeados de innumerables problemas.

Durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, se habló mucho sobre la «nueva evangelización», pero para la mayoría de los obispos no fue más que el catecismo de la Iglesia católica presentado con cara amable. Fue el papa Francisco quien hizo que la nueva evangelización cobrara vida con su énfasis en el amor, la misericordia y la compasión de Dios y nuestra necesidad de responder a ese amor amando a nuestros hermanos. Los obispos y sacerdotes deben seguir su ejemplo y no tener miedo de salir a las periferias.

Segundo, además de decir que son creyentes, pero no practicantes, lo cual no es decir nada nuevo, los jóvenes dicen que quieren participar en la comunidad de creyentes. Pero para los jóvenes, la iglesia es una institución burocrática, no una comunidad. Encuentran a las parroquias asfixiantes y poco acogedoras.

Los jóvenes deben ser bienvenidos y empoderados para crear sus propias pequeñas comunidades cristianas. A un número significativo de jóvenes, tanto hombres como mujeres, les gustaría asumir un papel de responsabilidad en la iglesia, pero les resulta difícil de entender y de aceptar que el sacerdocio esté cerrado para los hombres casados y que a las mujeres no se les confíen puestos de mayor responsabilidad. La iglesia necesita savia nueva y el impulso de la juventud.

Tercero, la iglesia debería preocuparse de las necesidades de los jóvenes. Los jóvenes de hoy son sensibles a la injusticia y la desigualdad. De hecho, la mayoría de los jóvenes del mundo son pobres, explotados y viven en zonas de conflicto. El mensaje de justicia social de la iglesia suele ser bien aceptado por los jóvenes que quieren desafiar el status quo. La iglesia debe ser líder en la lucha por la justicia y en el trabajo de reconciliación. Además, a los jóvenes les preocupa el medio ambiente. Ellos y sus hijos tendrán que vivir con las consecuencias del calentamiento global. El Papa Francisco ha señalado el camino, pero no puede hacerlo solo.

Cuarto y último desafío, aunque no menos importante, los obispos no pueden ignorar la crisis de abuso sexual que se ha producido en la iglesia. En el pasado, los obispos y los funcionarios del Vaticano afirmaron que se trataba de un problema local en los Estados Unidos.

Luego se convirtió en un problema «de habla inglesa» cuando en Irlanda y Australia aparecieron nuevos casos de abuso sexual. Más tarde se convirtió en un problema occidental a medida que fueron apareciendo nuevas denuncias en varios países europeos. Ahora están apareciendo en América Latina. Asia y África serán los siguientes. Es trágico que los obispos de otros países no aprendan de los errores cometidos por los obispos estadounidenses.

La crisis de abuso sexual es un problema mundial que merece la atención de toda la iglesia. Aunque el papa convocó una reunión especial en febrero para tratar este tema, el sínodo no puede ignorar el problema. Como mínimo, el sínodo debe reconocer estos hechos, apoyar la tolerancia cero para cualquiera que abuse de un menor y pedir el castigo para los obispos que encubran a sus sacerdotes envueltos en estos crímenes. Si el sínodo da respuestas positivas a estos retos, habrá cumplido con su misión y habrá hecho una gran aportación a la iglesia del presente y del futuro.






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