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Periodo de adaptación

 

panorama LORENZO SILVA
25/01/2017

Venía a decir el otro día un artículo publicado en el New York Times que quizá hay que empezar a pensar que no todo lo que dice Trump tiene trascendencia. La excepcional locuacidad del nuevo presidente norteamericano, y lo extremado de sus pronunciamientos, exponen a quien le escuche y lo tome todo al pie de la letra a un ataque de angustia o un accidente coronario, percances ambos que conviene evitar en la medida de lo posible.

Estamos en esa fase que en las guarderías llaman periodo de adaptación: esos días preliminares los que el niño tiene que habituarse a su nuevo entorno y a lo que puede y no puede hacer y en el que aquellos que interactúan con él, desde el maestro a los demás niños, tienen que tomarle la medida para interpretar sus comportamientos y reaccionar adecuadamente frente a ellos. Es normal que en estos momentos el niño, y otro tanto cabe decir de quienes van a convivir con él, zozobre, pierda el control, incluso caiga en comportamientos histéricos. En cierto modo, es necesario para ensamblar las piezas y organizar el grupo. Se advierte en los miembros del bisoño equipo de Trump una tensión excesiva, que los conduce a comportamientos estrafalarios y desproporcionados, como esperar que la prensa deje de hacer su trabajo y de cuestionar los mensajes oficiales o creer que pueden desactivarla contraprogramando la información con propaganda conminatoria. Diríase que han llegado a creer que ese invento posmoderno que ha dado en denominarse posverdad, y que está tan de moda, funciona más allá de los despistados usuarios de redes sociales que navegan al tuntún y haciendo clic aquí y allá; como si en una sociedad abierta (y no tiene Trump en su mano herramientas para cerrar la estadunidense) cupiera abolir el discurso crítico que es su misma esencia.

Pero también quienes descifran y analizan los mensajes de Trump, comenzando por los medios, y no sólo estadounidenses, han de bajar pulsaciones y afrontar con menos dramatismo y más temple este nuevo tiempo. No se trata de dejar de señalar o denunciar, con la gravedad que corresponda, aquellos elementos del discurso de Trump que suponen una alteración intolerable, irresponsable y/o temeraria de principios y mecanismos fundamentales de nuestra sociedad y nuestro mundo, y con mayor motivo las medidas en que ya ha empezado a traducirlos. Que alguien arremeta a la vez contra las reglas del comercio internacional, contra el consenso mundial en torno al clima y la energía o contra delicados procesos de paz en curso desde hace décadas, es inquietante y no puede dejar de contarse y subrayarse.

Lo que quizá no debamos es darlo todo por hecho. Antes o después, Trump dará con los límites de su poder. Cómo reaccione, y cómo respondan esos frenos, es lo que debe preocuparnos.