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HOJAS DE CHOPO ALFONSO GARCÍA
10/09/2018

En los años confusos y oscuros de la memoria prolongada durante tanto tiempo cualquier mínima suspicacia que pusiera en entredicho la sacrosanta autoridad y sus dominios absolutos ya se sabe cómo solía acabar. El peso de la costumbre, del temor o de una nube que no acababa de disiparse prolongó la actitud durante más tiempo, de tal forma que, por ejemplo, había que soportar desde el silencio todos los desmanes del El Inviolable, que campaba a sus anchas por tierra, mar y aire. Nos acostumbramos a las sonrisas en falsete y a la mano sobre el hombro como condescendencia de los mandamases, no pocos creyentes de que ponían en circulación el mundo al despertar. Una especie de contacto con la divinidad que pensaban como gratificación de cualquier mortal de a pie. Afortunadamente, las cosas están cambiando, como síntoma de cierta madurez democrática, madurez comprobada más en los de abajo que en los de arriba.

Empieza el hartazgo de la impunidad de hecho. Las múltiples ramificaciones corruptas, convertidas en un espectáculo de vergüenzas y descréditos, está afectando a los mandamases, que comienzan a adoptar nuevas actitudes, más al ataque y en un clima en que ciertas soledades siembran el camino de la mella real. Cambiaron las costumbres. Sus sonrisas y apariencias parecen convertirse en arma arrojadizas, aunque se amparen aún en subterfugios, como el de ciertas comisiones —«Si quieres que el problema perdure…», apuntó ya Napoleón— o el amparo de dos carguitos —¿hasta cuándo esa práctica de acumulación de dominio?—, por si acaso. Cuando el índice, real o metafórico, los señala, responden ahora con las oscuras teorías de la conspiración, de la persecución –hay siempre una mano invisible que mueve los hilos-, del linchamiento, de los juicios paralelos y mediáticos, de la puesta en duda de las decisiones judiciales cuando no les interesan…

Incluso a costa de las víctimas que sean, qué pena, la bronca política sigue instalada entre nosotros, aunque con pequeños nuevos matices. Con la filosofía del ‘y tú más’ como carta de honradez política, y apelando al pueblo soberano, qué falacia, puesto que asiste al circo como simple espectador asombrado, se pasan los días preparando estrategias y ataques de los unos contra los otros y viceversa. Contra todo lo que se mueva. Ese pueblo teóricamente soberano, especialmente preocupado por los acuciantes problemas del día a día, no quiere espectáculos estériles, sino eficacia. Eficacia. Esa es la cuestión.

   
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