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MARINERO DE RÍO

Port Tsaciana, Mina Mítica

 

EMILIO GANCEDO
12/02/2018

Quieren montar en los viejos lavaderos de carbón de Villablino un gran complejo de ocio y turismo donde la gente se columpie y se chapuce, se cuelgue de tirolinas, se sumerja en baños burbujeantes y libere endorfinas a base de bien. Ninguna objeción al respecto. Hacen falta tantos proyectos, tantas inversiones, tanta gente y tanta vida en nuestras despobladas comarcas rurales y mineras que bienvenidos sean —si no pasan de largo como hizo el señor Marshall, claro— todos los emprendedores que deseen frenar el silencio, poner diques al avance de la desolación.

No tengo razones, no hay lógica en esto que siento —y no la hay en tanto de lo que somos y hacemos—, pero ante ese tipo de anuncios no puedo por menos que sentir cómo me crece dentro una culebrina de pudor. O una especie de ahogo raro. La impresión se parece a cuando uno pasa el túnel de la peña del Cueto y la mirada se le inunda con la estampa del enorme lago artificial represado entre la caliza, y ve gente posando para la foto en el mirador de Vegamián, con variedad de selfis sonrientes, y bromistas.

A mí entonces me gustaría parar el coche y hablar a esas familias, con palabras amables, de unas casonas de piedra, de unos prados de diente, y del trigo que llamaban corricasa. De muchos siglos de cultura y afanes amasados con esfuerzo indecible, y de cómo el mayor dolor de mi abuelo y los suyos no fue dejar atrás fincas y bienes sino abandonar la pura raíz: los antepasados, allá solos en sus mojadas tumbas. Pasa en el Porma, y lo mismo en ese Riaño que era capital de la Montaña y ahora es quieto espejo para el gigante Yordas y los suyos. El personal ríe y pasea en el barquito pero a mí todo ese agua me oprime, me asfixia, me puede, y oigo cómo brotan del fondo lamentos y mugir de ganados, tañir de campanas, romances medievales.

Harán, quizá, un Port Tsaciana, una Mina Mítica —algunos de estos parques miren como acabaron, recuerden— en el noroccidente, y sí, vendrán los todocaminos cargados de equipaje y de gentío a disfrutar del spa, del pádel, del cañón park, del paintball o de lo que fuere. Pero, por favor, señores del complejo de ocio, aunque sea en un cartel pequeñito, pongan por ahí que ese valle, un día, comía en la braña la manteiga ya’l toucín.