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CUARTO CRECIENTE

Prisionero de los tagalos

 

CARLOS FIDALGO
09/08/2018

A Juan Antonio Fernández González lo daban por muerto, incluso se había oficiado un funeral por su alma, así que el día en que apareció por San Pedro de Mallo, siete años después de que acabara la guerra de Filipinas, todo el pueblo se echó a la calle para celebrarlo. Parecía un milagro.

Juan Antonio había salido de San Pedro a los 18 años y, sin dinero para pagar la exención del servicio militar —hacían falta dos mil pesetas— le habían embarcado en el Alfonso XIII para reforzar a las tropas españolas en las Islas Filipinas. Estalló la guerra y Juan Antonio combatió en 14 batallas contra los insurrectos, hasta que el 4 de junio de 1898 resultó herido en Pasaján. Su familia perdió el contacto con él. Y cuando acabó la contienda y regresaron los soldados, cuando repatriaron a los últimos prisioneros, volvieron incluso los héroes de Baler, el destacamento que había resistido atrincherado en una iglesia de Luzón sin creer que se hubiera firmado el armisticio, a Juan Antonio lo dieron por muerto.

Imagínense la cara que debió poner el primer vecino que le vio llegar a San Pedro siete años después de la guerra. Imagínense la alegría de su familia cuando entró por la puerta de su casa. Imagínense también la fiesta que se organizó. La gente se echó a la calle y lo celebró porque Juan Antonio volvía de la muerte.

Y no es una exageración. Prisionero de los tagalos, Juan Antonio malvivió desnutrido en campos de concentración, sufrió torturas y una noche, antes de que su cabeza acabara colgada en el cinto de algún caudillo insurrecto, logró fugarse después de rebañarle el gaznate a uno de los guardianes, según cuenta su nieto. Así consiguió entregarse a los norteamericanos, que lo repatriaron en cumplimiento de los acuerdos de cesión de la soberanía de las islas.

Juan Antonio se casó en San Pedro, emigró a América tres veces para hacer dinero y cuando volvió, su hija de tres años no supo quien era. Mañana, Adonina Fernández descorrerá una placa en memoria de ‘nuestro último de Filipinas’, y seguro que no se ha olvidado del día en que su hermana Rolindes le contó cómo salió corriendo de casa en busca de su madre porque un desconocido, un alma errante, había entrado por la puerta y no dejaba de decirle que era su padre.