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león en verso

Este proceso

 

luis urdiales
08/11/2017

La última operación de maquillaje en la política de León pasó de juzgado de guardia. Por eso está ahora en los de instrucción, que tratan de averiguar qué consideración de administración leal tenían aquellos personajes que le atizaron al presidente de la caja una cantidad de euros que quita el hipo. Por el morro. Sesenta millones, o así. La nueva maniobra de cirugía plástica en la política leonesa resalta rutilante en la oscuridad porque entre los que se pegan para alabar al santo que llevan bajo palio se distingue a los que fueron perros de aqueda a disposición de Pano, en el virreinato más largo que se conoce en la Diputación de León, y a los profesores de universidad que militan en el leninismo activo (con lo fácil que resulta hoy ser eurocomunista arrullado en un sueldo de tres mil euros al mes). A alguno se le clarean los correajes bajo la camisa blanca que distingue a los nuevos burgueses en la cofradía del equis tres, atollados por el handicap del hoyo nueve, ateridos por el frío de no poder mandar. A esa parva de extremos que se tocan por el interés de la cuenta corriente ha conducido el pesoe leonés toda la perspectiva de futuro, en una catarsis que viene de la necesidad de tanto comensal famélico para tan poco pastel. Sólo esta urgencia está en condiciones de explicar el ajetreo entre extraños compañeros en la misma cama. Es fascinante el prisma del túnel del tiempo que devuelve a los noventa y muestra el concepto de la socialdemocracia leonesa fagocitada por códigos de oficios; por colores, como la zamarra de la selección; los de la harinera, los de la jabonera; los ferroviarios; o los zapateros, en toda la extensión del término. Qué cara hubieran puesto éstos si les dicen que un cuarto de siglo después tendrían que resucitar a la agrupación Teresa Monge para encontrar un pastor dócil entre manadas de jabalíes. La fórmula de Pedro Sánchez es opción; pero también lección. Se escribe élite y se pronuncia militancia. Los listos eligen a los tontos. Estaba claro que iba a haber galletas a mano abierta antes de que el jefe del clan de los Kennedy jurara no inmiscuirse en el proceso: «No podrás evitarlo», le replicó Amor Franco entre chopos de Boñar. Lo sabía Rodríguez Rubio, más por babiano que por zorro; y aliñó un relevo para asegurarse de que el PSOE leonés llegue a sentir su marcha con el mismo temple que Inglaterra la de Winston Churchill. Al tiempo.

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