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FUERA DE JUEGO

Para progresar

 

CARLOS FRÁ
17/05/2018

La cumbre de diputaciones sobre la despoblación me recordó el insomnio del Mochuelo cuando su padre decidió alterar su ‘camino’ porque tenía que progresar. Al coger el libro de Delibes para darle un repaso me sorprendió su fecha de origen: 1950. Por aquel entonces la emigración no era nueva en España. Había pasado medio siglo desde la huida hacia América en la que, como suele ocurrir en la vida real, la risa fue por barrios. En la segunda oleada, la que empujó a la gente que quería progresar hacia Europa o hacia las grandes ciudades españolas —principalmente País Vasco, Cataluña y Madrid— el nivel de éxito se hizo incluso mucho más escaso. Pero en el 50 sólo era incipiente.

Son incontables las narraciones literarias o cinematográficas sobre la aspereza de la emigración, porque los que retornaban o venían de vacaciones tampoco ayudaban con sus fabulaciones del ‘dorado’ en el que habían triunfado.

El Daniel de Delibes no entiende esa necesidad de abandonar el valle del que nunca ha salido. Son tiempos en los que la vida aún fluye a raudales por sus calles y desde la inocencia infantil no se percibe que, mientras disfruta con el Tiñoso y el Moñigo, en su casa y en casi todas se sueña con progresar para abandonar esa miseria que se ha perpetuado y que mina cualquier tipo de esperanza.

Es la invitación a la huida, a la búsqueda de una vida mejor. Aunque la realidad es tozuda y las periferias de las ciudades están llenas de ‘historias de una escalera’ que también profetizó Buero Vallejo un par de años antes de que Delibes augurase el irrefrenable éxodo que ha vaciado los pueblos. Y cuando Don Miguel habla de Gerardo, el Indiano, al que la fortuna sonrió en Sudamérica también traza lo que es hoy ese resurgir veraniego del mundo rural: «Los ricos siempre se encariñan, cuando son ricos, por el lugar donde antes han sido pobres. Parece ser ésta la mejor manera de demostrar su cambio de posición y fortuna y el más viable procedimiento para sentirse felices al ver que otros que eran pobres como ellos siguen siendo pobres a pesar del tiempo».

Los pueblos se vaciaron de sueños y de gentes que querían progresar. Quedan tres empadronados —que no vecinos— tras enterrar hace años al señor Cayo pero no han cambiado mucho los ‘cazavotos’.

El ‘camino’ es tozudo y las noches de insomnio se zanjan con el silencio de la cruda vuelta a la realidad.



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