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MARINERO DE RÍO

Provincia de verano

 

EMILIO GANCEDO
07/08/2017

Hay provincias de verano y provincias de invierno, lo mismo que hay zamarras otoñales y chaquetillas de entretiempo. Hay sitios donde se trabaja y se reside, y la gente asume como cotidiano y normal lo de pasarse horas enteras atollado en la carretera, atenazado por el jefe y la hipoteca, siempre con la lengua fuera, y otros lugares donde el uniforme oficial no puede ser otro que el formado por los calzones cortos y la chancleta, y todo ha de estar orientado hacia el disfrute del visitante.

Durante un tiempo yo pensé que esta tierra leonesa, tan grande y tan invisible a la vez, llevaba camino de ser una de esas provincias en las que la vida afloraba sólo en los meses de verano, lo mismo que ciertos batracios vegetan enterrados hasta la llegada del agua, y que sólo la canícula hacía rebrotar nuestro silencioso y tumefacto medio rural, pero ahora tengo claro que ya ni eso.

A la vista del escaso personal percibido durante lo que llevamos de estío —¿y las bandadas de guajes que patrullaban los pueblos?— y la sonrojante, por escuchimizada, oferta cultural ofrecida por las instituciones —la suple el esfuerzo vecinal y de las asociaciones—, no puedo por menos que calificar todos estos sotomontes de provincia ausente del calendario, o sumida en un invierno eterno aunque caiga fuego del cielo y ardan las rastrojeras y los robles a la vera de parajes Patrimonio de la Humanidad como si fueran pequeños apocalipsis comarcanos. Tampoco ayudan las mascaradas forales y medievales que proliferan aquí y allá (las cambiaba todas por pequeños mercados de productos nacidos y elaborados en la zona, pero de verdad) en torno a efemérides anunciadas a bombo y platillo aunque su capacidad de convocatoria apenas supere el límite municipal.

Hay tierras donde quieren partirle la jeta al turista y toman la sombrilla por un subfusil, y donde los mundos de verano y de invierno, el de cartón-piedra y todo-incluido, y el de la jodida realidad, llevan años entablando un sordo combate ahora amplificado por los sedientos diarios veraniegos, y otras donde, a la puerta de la cantina, un solitario grupo de jubilados filosofa sobre la vida y —más bien— sobre la muerte.

Ya me gustaría ver lo que haría Puigdemont en nuestra situación.

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