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TRIBUNA

La prueba de la llave

 

La prueba de la llave -

Enrique Mendoza Díaz abogado
13/05/2018

Era estudiante universitario cuando leí por primera vez un libro del abogado y escritor José Luís Olaizola, La guerra del general Escobar, Premio Planeta 1983. El coronel de la Guardia Civil Antonio Escobar, hombre de convicciones religiosas, consiguió con su decidida actuación el 19 de julio de 1936 que no prosperase la sublevación militar en Barcelona. Optó por la libertad de actuar conforme a su conciencia y al juramento prestado al Gobierno legalmente constituido. A través de esta obra, el autor nos da una visión infrecuente de los años de nuestra guerra, vividos sin partidismo ni ideologías por un militar que en la España de ese momento eligió, ante la incomprensión de muchos, una incómoda postura, porque creía que su puesto era aquél.

He vuelto a reencontrarme con Olaizola en un libro que acaba de publicar, Elogio del matrimonio, en el que nos cuenta las vivencias de su largo —más de 60 años— y fructífero matrimonio. Pero no solo las suyas, también las de numerosos personajes: escritores, editores, toreros, hasta reyes, gente de la más diversa condición, que han compartido con él entrañables y divertidas anécdotas sobre el amor. En uno de los capítulos cuenta que, según un médico amigo suyo, el signo patognomónico de que un matrimonio, una familia, funciona bien es la reacción ante el ruido de la llave en la puerta de entrada. Conviene aclarar que signo patognomónico es el que define, en Medicina, la existencia de una enfermedad. Pues bien, en una familia podemos comprobar la calidad de nuestra convivencia analizando cómo reaccionan nuestros seres queridos cuando oyen que estamos abriendo la puerta de casa: ¿se alegran? ¿salen a recibirte con besos y abrazos? ¿se ponen nerviosos? ¿se esconden?... Da para pensar.

En la vida familiar hay que poner en juego todas las energías. Un descuido puede ser percibido como una falta de amor: «si no se acuerda de llamar es que no me quiere», «que no haga aquello que le he pedido significa que no le importo», etc. Los juicios sobre terceras personas suelen ser más moderados; frente al cónyuge se es muy exigente. Cuando el amor matrimonial madura, configura un «nosotros» que torna la biografía individual en co–biografía. El matrimonio compromete a integrar la propia biografía en un proyecto común, a fusionar la trayectoria personal en la trayectoria matrimonial. De no ser así, acaba convirtiéndose en una intimidad que se auto complace, en dos egoísmos que conviven.

Consiste en evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor. El sentido de esa «negación» es eminentemente positivo: se trata de que el amor conyugal crezca. Las manifestaciones de confianza que se tienen con el propio cónyuge se deben evitar con otras personas. Por ejemplo, no hablar de los problemas personales que se hablan con el propio cónyuge, ni escucharlos admitiendo confidencias íntimas que pueden crear lazos, ni buscar en esas otras personas la «comprensión» que no se encuentra en el cónyuge, etc. En este punto es fácil ser ingenuos, olvidando que a veces cualquier otra mujer o cualquier otro hombre está en mejores condiciones que el propio cónyuge para presentar «intermitentemente» su cara amable.

Hace falta ser pacientes para poder convivir, para sobrellevarnos y para que el sobrellevarnos sea profundidad en la convivencia, en la participación de la vida. Entonces, la tarea del vivir en familia, por ejemplo, no se convierte en un reproche... ¡Porque a veces ocurre que cada uno está viendo los defectos de los demás, clavando la atención en ellos y aludiendo a ellos con frecuencia!

En el hogar es donde podemos ejercitar hondamente la virtud de la comprensión. Comprender. A veces los padres no piensan en sus hijos en concreto, sino en cómo deben ser los hijos. Y los hijos tiene delante una imagen, como un esquema, que no son sus padres, sino cómo deberían ser sus padres. Mundos diversos que están viviendo juntos, y puede ocurrir que falte la alegría porque falta la comprensión. De ahí, muchas veces, los sobresaltos de la vida familiar. Una pregunta es interpretada como una indirecta o una condena. Una observación cualquiera es tomada como alusión a un posible defecto personal.

Desde hace años asistimos al vaciamiento del matrimonio como institución jurídica y social. Hoy ya casi no se habla de los fines: el bien de los esposos, los hijos, su educación… Para mucha gente el matrimonio sólo interesa como medio para pagar menos impuestos y cobrar la pensión de viudedad. Amor puede significar tantas cosas... Es una palabra que ha sido tan maltratada. Sin embargo, a pesar de todo, el hogar —de hecho— es el lugar en el que se puede lograr que las personas nos sintamos bien con atenciones a veces muy sencillas. Para ello nada mejor que la actualización diaria del compromiso. Cada noche tendría que poder contestar afirmativamente a estas dos preguntas: ¿he sabido manifestar mi afecto a mi esposa, a mis hijos? ¿lo han notado…? Y reflexionar, periódicamente, sobre «la prueba de la llave».

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