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cuarto creciente

Los puentes de Moscú

 

carlos fidalgo
14/06/2018

Alfonso Zapico se toma su tiempo cuando dedica un libro. Usa un rotulador muy fino para dibujar a Joyce, con sus lentes redondas y su sombrero, o para retratarse a sí mismo, convertido en personaje de barbilla afilada y la nariz puntiaguda. Luego emplea un brocha diminuta para extender una capa grisácea que dé cuerpo a la caricatura.

Alfonso Zapico recibió en 2012 el Premio Nacional del Cómic por la novela gráfica donde relata en viñetas la vida intensa del autor del Ulises. La tituló Dublinés, en homenaje al libro de cuentos donde el irlandés retrataba a los habitantes de su ciudad, y en la última Feria del Libro de Madrid dedicó un montón de ejemplares. Casi tantos como de su última obra, Los puentes de Moscú.

A punto de terminar su trilogía sobre la revuelta minera de 1934, La balada del Norte, Zapico se dibuja así mismo en Los puentes de Moscú para contarnos el encuentro entre dos vascos muy distintos. O no tanto. Dos vacos como Eduardo Madina, el exdiputado del PSOE que perdió una pierna en un atentado de ETA cuando formaba parte de las Juventudes Socialistas, y como el músico Fermín Muguruza, antiguo cantante de Kortatu y de Negu Gorriak, que siempre se ha movido en los círculos de la izquierda abertzale y defiende la independencia del País Vasco, pero muy pronto se desmarcó de la violencia terrorista. Así no se conseguía nada.

Los dos, Madina y Muguruza, con Zapico de testigo, se citaron en Moscú, así llaman en lenguaje coloquial a Irún, ciudad fronteriza donde vive el músico. Y hablaron. Mientras el dibujante asturiano no perdía detalle para convertirlo todo en un cómic, Madina tenía que entrevistar a Muguruza para la revista Jot Down. Y descubrieron que tenían muchas cosas en común, más allá de las discrepancias ideológicas. Tendieron un puente.

Una charla así de distendida, que termina delante de un plato de alubias en un restaurante de menú del día, hubiera sido imposible hace unos años. Una charla con tiempo por delante. Pero ETA ha desaparecido. El GAL es historia. Los años de plomo, una herida que hay que cerrar. Entre todos. Y eso no significa impunidad, ni dejar de arropar a las víctimas. Significa poner la palabra donde antes sonaban las armas. Y hablar.

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