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AL TRASLUZ

Quedarse en el sitio

 

EDUARDO AGUIRRE
06/03/2018

En León, lo vengo advirtiendo en esta columna, la cama ya solo es utilizada para pasar la gripe. Aquí no se reproduce nadie. Insisto: nacemos dos y nos morimos los cuatro de siempre. ¿Sobra desgana? No, falta trabajo. El catedrático López Trigal acaba de vaticinar que en veinte años el 50% de nuestros pueblos habrán quedado deshabitados. En los bares de la provincia, solo los muertos podrán leer el periódico y echarse la partida. Desde las instituciones se insta a los jóvenes a repoblarla. Esto en el Medievo se solucionaba con un: «De parte del señor alcalde se hace saber que antes de quince días deberán tener todos y todas una docena de hijos, so riesgo de recibir 500 palos por cada retoño que falte». Y los gemelos contabilizan entonces como uno. A tal método de repoblación se le pueden poner reparos democráticos, no así a su poder de convicción. Claro que también se daban situaciones como aquella del chiste de Ibáñez: «Venga, señora, quite los pañales al abuelo». Pero ahora estamos en el siglo XXI. Sin trabajo o sin estabilidad laboral, sin buenas carreteras, sin adecuada cobertura y banda ancha no hay manera de repoblar el censo ni el polígono industrial. Leo en la prensa: «Un tercio de los empleos en España peligrará en 2030 por la automatización». Para entonces solo trabajará lo que venga en caja y lleve chip. La Humanidad tiene que hacer algo antes de que sea demasiado tarde, a las máquinas les das la mano y se toman la manga. Uf.

Tampoco actúa de afrodisiaco que Putin anunciase hace días, en rueda de prensa, que cuenta con un misil capaz de despoblar la Tierra y seguir teniendo batería. Comprendo, pues, que las parejas en edad de reproducción entre ir a por la parejita o construirse un refugio atómico en el monte se decanten por esta segunda posibilidad. Al menos, en el Medievo los cascos eran baratos.

Pero tampoco caigamos en el catastrofismo paralizante, pues motivos para desternillarse no faltan. Tras leer en El País el titular «Un robot cuidará de ti cuando te jubiles» me dio la risa floja, y si no es porque mi mujer me atiza con la cuchara sopera me quedo en el sitio. Una vez recuperado el sosiego me volvía el ataque al preguntarme cómo con mi pensión iba a pagar al robot.



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