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TRIBUNA

Una reflexión sobre la poesía leonesa

 

Una reflexión sobre la poesía leonesa -

AFRODISIO FERRERO PÉREZ ABOGADO Y PERIODISTA
04/01/2017

León, sin duda, es tierra de poetas, novelistas y escritores, en general. Creo no equivocarme si afirmo que posee una nómina de poetas de las más importantes de nuestro país, y cualquier estudioso en la materia, puede verificar la realidad de lo que digo. En la actualidad, los creadores que podemos enumerar como notables: Panero, Crémer, Gamoneda, Nora, Colinas y más recientes: Carnicero, Aller, Presa, José Enrique, Carro Celada, Ana Merino, Marifé Santiago, y novísimos: Cayón, Mestre, Andrés Trapiello, Álvarez Sacristán, entre otros. No obstante, en mi artículo Loa a los poetas leoneses hice en Amarás a tu tierra (León 2002) mención a muchos otros. Todos ellos, en conjunto, forman parte de un renacimiento cultural de las Tierras de León, que a modo de ‘edad de oro’, contribuyen a una nueva dimensión a nuestra cultura.

A este florecimiento han cooperado más de una docena de revistas, que en momentos distintos, han servido de altavoz, a esta forma tan íntima de enfrentar la realidad, que es la poesía. Podemos citar: Espadaña, Provincia, Claraboya, Yeldo, Barro, Cuadernos Literarios, Letras de Venatia, de León; y otras como la editorial Gomylex (Bilbao), que ha publicado varios poemarios de Isidoro Álvarez Sacristán, colaborador habitual del Diario de León, y destacado poeta. Su vocación poética ha sido paralela a su trayectoria como jurista, pero actualmente es noticia por la publicación de su último trabajo: Madero en lumbre o Tratado de mística. Con este trabajo, traslada su poesía, velozmente, hacia la mística por medio de cuatro capítulos, en los que desarrolla la más bella historia del Hijo de Dios encarnado:» No hubiese Dios, si no hubiese madero; / ni hubiesen mil perdones en el cielo,/ si tu no fueses Señor, un asidero/para saltar al sol desde este suelo./ Soy sueño, oscuridad, soy un obrero/que vago sin luz, voy con un velo./ Que busco la verdad, busco el lucero/ que me lleve hacia Ti y a tu tutelo./ Por fin quiero llegar al universo,/ camino y dimensión que me vislumbre/ a mi alma con la cruz, en ella inmerso./ Seguir tu voluntad y mi costumbre/ de poder serte fiel, no ser adverso,/ de llevar el madero que me alumbre».

Este soneto es el colofón de 36 poemas, transidos de una emoción mística, que se funde en un sentimiento desarrollado a lo largo de su obra, pero nuevo, que culmina su buen hacer como poeta y su bonhomía como persona. Muchos autores han transitado el terreno que nos trasciende y eleva de nuestra condición humana, así como Unamuno, San Juan de la Cruz, León Felipe, Fray Luis de León. Álvarez Sacristán lo aborda con naturalidad, como un encuentro inevitable.

Se enfrenta al tema de la muerte con esperanza y arrastra, en remolino, muchos de los sentimientos que nos embargan como el amor y la verdad, la caridad y el egoísmo, la soberbia y la generosidad. De repente descubre ‘Las virtudes empapadas de la redención’: «agua y sangre sacada de lo más hondo de la cristiandad/ que ahora nos riega de plegarias, arterias festoneadas/ a las sábanas del llanto,/ como miserias/ de la soldadesca cargada de venablos…/ Que mana sangritud».

El autor emplea un lenguaje elaborado que conduce al específico de la mística, donde: «Lo místico es la ternura, es el universo/ es conciencia, es oración, es alma/ que espero contemplarla con un verso…,/ que quiero arroparla con mi palma./ Después de tanto amor soy un converso/ en unión con mi Dios que a mí me ensalma». Con este poema nos presenta una experiencia espiritual e íntima que ya aparece en su obra De rerum anima (2014), dónde se pregunta cómo en su día hizo Victoriano Crémer: ¿Dónde, oh cielos, está el alma? Y Álvarez Sacristán responde: «Quien creó el alma supo hallar la claridad de los seres y la llave del paraíso: Acaso fue el milagro de la partícula de Dios».

En conclusión, los poemas de Álvarez Sacristán se aproximan a la síntesis de una forma expresiva que pone a su servicio de la tradición espiritual del cristianismo: «Un misticismo sedante que trae valores encubiertos de pureza,/ y claman a los cielos escuchantes/ de oratorios y salmodias». En este sentido, resalta que «el signo de la muerte es la vida», una vida en la verdad, en la dimensión de cualquier místico. En conjunto, su extenso poemario enlaza con otros poetas leoneses, que además de cantar a la tierra y al hombre, evocan a Dios. En suma, nos ofrece un poemario donde abundan los motivos simbólicos que encierran una enseñanza espiritual. Pretende, por tanto, la búsqueda de Dios con distintos recursos creativos, entre los que destaca el lenguaje místico.