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cuarto creciente

República de Couto Mixto

 

carlos fidalgo
28/09/2017

En la antigua República de Couto Mixto, en otro tiempo tierra de nadie en la frontera norte de España con Portugal y hoy integrada en la provincia de Orense, viven trescientos terneros, doscientas ovejas, y medio centenar de personas, casi todas pensionistas.

La República de Couto Mixto, que podría haberse convertido en una suerte de Andorra galaica de haber tenido un señor feudal al frente, la formaban tres pueblos separados por tres kilómetros y medio en un triángulo minúsculo del mapa. Tan minúsculo que nunca fue motivo de controversia seria entre España y Portugal, como sucedió con Olivenza en la llamada Guerra de las Naranjas, a pesar de que los dos países reclamaban su soberanía. Sus vecinos, los mixtos les llamaban, no tenían nacionalidad, ni aportaban mozos a ninguno de los dos ejércitos y, como ni España ni Portugal podían detener a nadie y allí nadie les pagaba impuestos, fue refugio de huidos y paraíso de contrabandistas durante mucho tiempo, hasta el punto de que el Conde de Floridablanca quiso quemar sus molinos y sus cosechas de tabaco, harto de que dieran refugio a malhechores, y de que sus habitantes, «feroces asesinos», les llamó, vivieran del comercio ilegal entre las dos naciones.

El Couto Mixto se mantuvo en el limbo geográfico durante siete siglos, hasta que en 1868 el Tratado de Lindes entre España y Portugal terminó con el experimento. Hoy los últimos pobladores del antiguo couto, así nombraban a los territorios repoblados con convictos durante la Reconquista, presumen de haber sido la democracia más antigua de Europa. Un magistrado, elegido cada tres inviernos por los cabezas de familia y asistido por tres hombres —guardianes de las tres llaves del arcón donde se guardaban los documentos— impartía justicia, dictaba las normas y ejercía su autoridad.

Lo recuerda esta semana de desafecto catalán Ricardo F. Colmenero en un excelente reportaje publicado en El Mundo. Y en Couto Mixto lo tienen claro. Cuando Colmenero les pregunta si van a pedir que les devuelvan la independencia que perdieron, Sindo, que es guardia civil retirado y pasa los veranos en uno de los pueblos, responde con sorna. «A mí lo que me vendría bien es un bar», dice mientras le da un codazo a su vecino.

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