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fuego amigo

Románico frutal

 

ernesto escapa
28/07/2018

En ningún lugar se hace tan obvio el vergel del Bierzo como recorriendo el entorno del monasterio cisterciense de Carracedo, un monumento abierto que se adorna con frecuentes actividades. Su circundo monástico hace justicia al bautizo frutal y en él viñedo y huerta comparten un espacio codiciado por los colonos a lo largo de siglos. La ruina de Carracedo, consolidada a fines de los ochenta del pasado siglo, es lo más vistoso que queda de los monasterios masculinos leoneses, devastados a raíz de su desamortización.

De punta a cabo de la provincia, desde Campos al Bierzo, los antiguos cenobios ofrecen una imagen roída por el abandono y los expolios. Sahagún, Eslonza, Sandoval, Nogales o Montes son hoy patéticos muñones de su pasado esplendor. Sólo Montes muestra atisbos de rescate. Y Carracedo prueba lo que todavía puede hacerse, partiendo de una devastación extrema. Su intervención resultó polémica por no recurrir al trampantojo habitual de los falsos históricos, pero creó un circuito que permite recorrer con coherencia las diferentes estancias, incluyendo un paseo final por la red de acequias y construcciones auxiliares asociadas al aprovechamiento de la huerta que protege su cerca.

Desde el claustro, una escalera señorial da acceso a la zona palaciega, espacio gótico al que se asocia, sin que cuadren los siglos, el supuesto retiro de la infanta doña Sancha. La escalera perdió los adornos de sus barandas de piedra, llevados al casino de Villafranca, para acabar con una reforma en el cauce del río Burbia. Más suerte tuvo la fuente del claustro, ubicada entonces en el parque de la Alameda villafranquina, donde sigue escuchando cada primavera declamar sus versos a los poetas.

Las salas de la planta alta, donde el viejo guarda hacía experimentos acústicos con los murmullos de los visitantes, nos sitúan ante el tímpano de entrada a la Cocina de la Reina. Sobre la puerta, un coro de ángeles músicos jalea a los doce apóstoles que vigilan la dormición de la Virgen. La sala ha perdido la armadura de su techumbre, muy ponderada por Gómez Moreno, pero conserva la esbeltez de las columnas, una chimenea monumental y, sobre todo, la transparencia de sus óculos y ventanas, que se abren al patio en una triple arquería.

En la planta inferior se alinean el pasaje y locutorio, donde se distribuían las faenas monásticas de cada día, la sala capitular y la sacristía. En la panda de acceso, el refectorio y galerías donde tomaban los monjes el sol de invierno. La sala capitular es una estancia románica de la primera mitad del trece. La iglesia es obra neoclásica inacabada. En su exterior, junto a la portada, se reubicaron restos románicos: las estatuas columna del emperador Alfonso VII y del abad Florencio.

   
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