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fuego amigo

Ronda del Susarón

 

ernesto escapa
12/05/2018

La senda de los tejos ciñe la umbría del Susarón hacia el escondite de la Cervatina, donde se agrupa un bosque impresionante, con ejemplares de porte matusalénico. Antes de llegar a Lillo, emerge a la izquierda del viajero y a espaldas de Camposolillo, la cumbre del Susarón, cima totémica de esta montaña del Porma que dio título a una de las más famosas y relamidas novelas del costumbrismo provincial. La fue publicando el canónigo astorgano José María Goy en folletón de este periódico hace justamente un siglo, durante los veranos de 1918 y 1919, y luego tuvo dos ediciones en 1920 y 1945, antes de su reciente rescate en colecciones populares.

Quizá lo más hermoso del libro sea su título. A Lillo se retiró Goy (1877-1946) en busca de alivio para sus achaques pulmonares. Ya entonces, tenía una solvente producción teológica, repartida en dictámenes canónicos y glosas decretales. Era auditor en el tribunal de la Rota, donde un proceso de nulidad tarifaba en torno a ciento cincuenta mil pesetas de la época. La rebaja del divorcio republicano dejó sus dictámenes a dos mil la pieza. Para entretener los obligados reposos de una cura con paseos madrugadores al pinar de Cofiñal y caminatas vespertinas a los lagos, fue pergeñando la novela Susarón. Paisajes y costumbres de la montaña leonesa.

Mi ejemplar de la primera edición tiene una dedicatoria manuscrita del autor en 1942 al arzobispo de Valladolid «con mucha admiración, con mucho afecto y con… mucho miedo». Aunque invoca a Gil, sus estampas lo acercan más a la paleta fatigosa de los epígonos que al dinamismo del berciano. Sobre todo, porque su escaso nervio narrativo aparece asfixiado por la tamuja apologética. La sobredosis de moralina sofoca cualquier atisbo de interés. Según he podido comprobar, el mitrado Antonio García y García ni siquiera abrió sus pliegos. Para entonces, Goy ya era vicario en León del obispo Ballester (1881-1949), el lazarista que llegó a la sede de san Froilán con pasaporte francés y precedido de los peores augurios, motivando la protesta de Franco a Gomá por su nombramiento.

Aunque su carta de presentación no podía ser más inquietante, don Carmelo resultó un obispo servicial, que puso entusiasmo en los festejos del nuevo régimen, mientras entretenía sus ocios y cavilaciones con el deleite de las Sagradas Escrituras, especialidad teológica en la que alcanzó rango de experto. En su estancia leonesa creó el Instituto Superior de Cultura religiosa, primero de su índole en España, elevó a basílica la colegiata de San Isidoro y reformó el plan de estudios del seminario. Luego se trasladó con Goy a Vitoria, donde lo encontró la muerte, ya sin tiempo para ocupar la sede compostelana, de la que había sido nombrado arzobispo.

   
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