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RÍO ARRIBA

Ruidos

 

MIGUEL PAZ CABANAS
04/07/2018

Escribo mis columnas en la claridad silenciosa de los domingos. Ese silencio benévolo se ha convertido estos días en una paradoja, en un arma de doble filo, por su impacto brusco e inesperado en mi vida. Abonado a sufrir enfermedades raras, me quedé sordo de un oído hace unas semanas, una hipoacusia súbita que me dejó en el hospital con un enjambre de susurros indescifrables pululando por mi cabeza. Por fortuna, el personal sanitario fue profesional y cortés, y si exceptuamos a esas gárgolas que te reciben al entrar (que las sustituyan por unos robots: seguro que derrochan más empatía), todo se desarrolló con un esmero admirable. Así que allí estaba yo, sordo como un cenicero de ónice, como una lápida, como uno de esos bloques de hormigón donde encastran los pies de los mafiosos que arrojan al Hudson. Con acúfenos que en épocas medievales me hubiesen ungido al grillete, o entregado al fuego purificador que lamía el hueso de los herejes: voces, pífanos, cascabeles, algún latinajo divino. ¿El murmullo de un río lunático camino de Babia? Pero lo peor me acecharía después, al penetrar en el mapa sónico donde vivimos felices cada día: los estímulos externos se revelaban como un magma donde los ruidos cotidianos alcanzaban un clímax insoportable. Lo que hasta entonces había sido mi mundo sonoro normal, adquiría tintes anómalos o grotescos: los gritos guturales de los parroquianos, los arreones gaseosos de los buses, esa militancia agria que impregna las voces de las viudas recias y ociosas (tantas en León). Un panorama paranormal. ¿Consistiría mi futuro en pasear por ciudades anónimas registrando la escala de ruidos que, invisibles pero tenaces, nos torturan y gobiernan? ¿Retirarme a una iglesia cenobial y esperar a que el idiota de Trump soltase junto a Putin el último pepino nuclear? Me preguntaba esas cosas, cuando advertí que bajo esa capa tumultuosa subyacía otra peor, una reverberación que acudía de todos los sitios a la vez y de ninguno en concreto. Se trataba de otro ruido más devastador y adoptaba la forma de un zoco enloquecido lleno de tarados: millones de mensajes instantáneos que doblaban las esquinas del mundo, pulverizaban los templos y se posaban en la mesa-camilla en que se ha convertido nuestra conciencia universal. Una prístina y seductora flauta de Hamelín guiándonos con paso firme hacia el abismo de las ratas. Ah, las ratas, con su escalofriante germanía subterránea. Cuando devoren el último algoritmo revestido de cobre, heredarán la tierra. Me sonó el móvil en ese momento. Un operador telefónico —que Lucifer los confunda— me ofrecía un obsequio, una irrechazable bicoca digital. No lo pensé dos veces: cerré los ojos y me hice el sordo.