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TRIBUNA

Salvadas todas las distancias

EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ. UNIVERSIDAD DE MISSOURI-KANSAS
11/08/2017

 

Después de nacer y vivir en España durante 25 años, un día de primavera de 1972, por voluntad divina, sin comerlo ni beberlo, fui destinado a El Paso, Texas, aunque a última hora, el billete final me dejó en El Salvador. Quedó en España coleando la dictadura, mientras intelectuales, periodistas, estudiantes y obreros trataban de zancadillearla, provocar su caída y rematarla en el suelo. Mas el viejo Sila se resistía a morir.

Mientras esto ocurría yo seguía aplanado en El Salvador, amenazado y corrido de Guatemala, incorporado a Nicaragua, donde el rey de los dictadores centroamericanos vendía caros su pellejo y su corona. Sus aviones y sus tanques, sus batallones de chigüines adolescentes y la ayuda del tío Sam hacían el resto. Un día de tantos, a él también le alcanzó el descalabro y la desventura de morir fuera de una tierra que siempre creyó que era exclusivamente suya.

Volví a España y pude vivir años de transición democrática ejemplar —aunque hoy cuestionada —, dormir y trabajar tranquilo a la sombra de la paz. Por azares del destino me vine al país de la libertad y la democracia modélica —al menos eso creen ellos —. Por un tiempo los sustos solo vinieron del gallo de pelea norcoreano; también llegaron los avisos y zarpazos de un sector radical del mundo árabe; la bravuconería y la in-madurez en Venezuela; la cabezonería, o al menos la prisa en Carles Puigdemont y sus adláteres, que a veces nos hacen olvidar los verdaderos problemas nacionales, las auténticas tragedias internacionales de pueblos al borde de la hambruna y la desaparición, las riadas de refugiados huyendo de mil guerras, mujeres, ancianos y niños desamparados y desarropados, usados como escudos, convertidos en rebaños de ganado, perdidos, sin campos y sin hogar.

Pero lo que en este momento merece mi atención es que quienes debieran ser abanderados del bienestar de muchas de estas gentes, por su riqueza, su poder, su cacareado altruismo filantrópico, se olviden de ellos, los aparten con pedante altanería, les construyan muros que ellos mismos deben de pagar, hagan recortes con los más desfavorecidos, pongan pegas insalvables a legales e ‘ilegales’, olvidando que sus propias familias entraron en este gran país como pudieron, y que, por otra parte, presumen de ser una mezcla amasada —no sin fisuras —, de cientos de naciones, religiones y etnias.

Sorprenden a mucha gente y a otros les asustan gestos, expresiones faciales, locuciones, decisiones a bote pronto —tú entras, tú sales —, coacciones, fanfarronerías, caos en la propia casa, insurgencia de enemigos gratuitos, incitaciones a métodos violentos, hayan sido en el pasado y se repitan en el presente como moneda de cambio para ciertos presidentes cuyos gobiernos envían a sus ciudadanos un mismo mensaje: hay que cerrar las fronteras, expulsar a los enemigos, obedecer ciegamente al jefe porque el jefe es el jefe: rico, sabio, poderoso, todo un buen gobernante que si tiene que perpetuarse no vacila en cambiar la propia Constitución.

Asustar, confundir, rodearse de ‘leales’, incapaces de contradecir al gran jefe es el camino para perpetuarse. Salvadas las distancias, todos los dictadores hablan el mismo lenguaje, manejan las mismas armas, sonríen, cuando lo hacen, de la misma manera, usando la máscara y abusando de la prepotencia y la siempre y eterna disculpa de que las críticas a su gestión solo son una caza de brujas de sus eternos enemigos, viejos luchadores por la libertad.

Salvadas todas las distancias, nada hay nuevo bajo el sol, salvo lo que hemos olvidado. ¡Ojo a tu memoria, pueblo, porque aunque los galgos sean diferentes, cadenas, carrancas y collares suelen ser los mismos!

 

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