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NUBES Y CLAROS

Sanatorio de muñecos

 

MARÍA J. MUÑIZ
06/01/2018

Abrumados estamos por el temporal de Reyes Magos, ese creciente fenómeno que inunda cada rincón de ostentosas capas y brillantes barbas (menos mal que ahora los baltasares ya no tiznan de betún). Entregados a la exageración, hasta reinonas provocativas despliegan sus excesos y siembran polémicas cuya única ventaja es que por algunos segundos dejamos de soportar el martilleo de los políticos presos.

Lluvia gruesa también el despiporre consumista. Compramos como si no hubiera un mañana, aunque al gremio del comercio siempre le parezca insuficiente. Yo añoro los tiempos en los que había gente tan menuda en casa que esta era una noche de nervios y excitación. No tanto el estrés para encontrar entre millones de juguetes posibles aquel agotado que era el que todos los niños y niñas querían. Y mucho menos el chasco de comprobar tras quitar capas y capas de carísimo deshecho (papeles de regalo, cajas de cartón, envases de plástico,...) que la cosa que me había costado un ojo de la cara era un cacho de plástico de mierda, que a duras penas llegaba con vida al día siguiente.

Ya desde los juguetes los pequeños crecen inmersos en la filosofía del usar y tirar, la obsolescencia programada, el ansia permanente por tener más, que no deja disfrutar de lo que acaba de llegar.

Qué diferente a aquellos tiempos en los que los juguetes también se arreglaban. Un desperfecto era un drama que solía encontrar solución en el taller del sanatorio de muñecas de tía Lala y tío Pepe, un cubículo en la trastienda de su negocio en Padre Isla que guardaba un sobrecogedor universo de ojos y brazos sueltos de muñecos, ruedas de camiones, piezas de pistolas del oeste,... Aún puedo oler la madera blanca de sus mostradores y las estanterías, cuyas cristaleras mostraban un paraíso de juguetes. Recuerdo el suelo hidráulico y el raquítico patio que daba acceso al ‘quirófano’ de los sueños infantiles. Porque aquellos muñecos no eran objetos de usar y tirar. Eran compañeros y cómplices de aventuras que no podían ser desechados por haber perdido una piernecita o un ojo en la batalla. Eran sueños hechos realidad para querer y cuidar. Un tesoro que las niñas de entonces guardamos en el cofrecito de los recuerdos que no cambiaríamos por nada. Sobre todo, por las muchas nadas que suman las toneladas de plástico sin alma de hoy, que demasiado a menudo empiezan a olvidarse apenas han sido desembaladas.

   
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