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TRIBUNA

Santa Fe de Nuevo México: ¡España en el corazón!

Eugenio González Núñez profesor (USA)
21/03/2017

 

Caminando por las calles de Santa Fe, capital del estado de Nuevo México, uno no puede por menos que evocar a aquel montón de aguerridos aventureros españoles que pusieron allí sus plantas para dejar su lengua, anchas y trazadas calles a golpe de cordel, llenas de coloniales residencias hechas de barro amasado con paja de trigo (adobes), madera y tejas; cuidados patios regados de flores; pobladas huertas de añosos y centenarios árboles, simiente de muchos de ellos traída de España; riestras de pimientos colorados y secos colgados en los porches, y las calles llenas de nombres y recuerdos, nativos unos, españoles muchos, y muy pocos ingleses.

Primero, por quienes fueron sus legítimos dueños, después porque perteneció a México tras la colonia y, finalmente, porque los norteamericanos han sabido respetar la cultura del pasado, y en el propio palacio del gobernador, ubicado en una plaza típicamente española aunque con resabios indígenas, y convertido hoy en un espléndido museo, entre la bandera azul, blanca y roja, ondean una española y otra de Navarra, testimonio del último gobernador colonial. El turismo internacional lo invade todo en amplias e interminables calles, lo compra todo en lujosas y atractivas tiendas antiguas y modernas; reza lo que sabe en hermosas iglesias ecuménicas, y todo lo come en restaurantes españoles, franceses, italianos…

De Kansas volamos a Denver, Colorado, y de allí a Pueblo. Este segundo viaje fue cómodo y chusco: en el avión íbamos la comandante, la azafata, mi esposa y yo, acomodados al fondo para mantener el balance de la pequeña y ruidosa nave. Alquilamos un coche, y tras un día entero de viaje como auténticos llaneros solitarios, arribamos a Santa Fe de Nuevo México, el quinto estado más extenso de los Estados Unidos. Tiene 315.000 Kms2, más de media España. Por siglos ese territorio perteneció a muchas tribus Pueblo y Taos, pasó a España, lo recobró México, hasta que el poderoso del Norte se lo arrebató. Pero nadie, absolutamente nadie, ha borrado las huellas del mundo nativo ni de la herencia española: ni los criollos mexicanos que proclamaron la Independencia, ni los gringos arrogantes que le impusieron su lengua.

De camino, extensiones inmensas sin pueblos, nos muestran una proliferación de nombres españoles y auténticos paisajes castellanos. Oteros, encinares, cielo amplio, inmensamente azul. Abundan en las direcciones señaladas en la carretera, los nombres españoles de pueblos que ni vemos, colinas peladas y secos riachuelos.

En la figura de mi amigo Filiberto todavía se pasea por las llanuras el paciente y resignado nativo que esconde en su casa las glorias del viejo conquistador español. «Filiberto Beitía, su servidor», y yo nos miramos respetuosos, admirando cada uno la humilde grandeza del otro. Siente él el orgullo de ser biznieto de madre ‘indita’ y de un apuesto caballero español. «Mi abuelito, me dice, por años mantuvo la espada, las polainas y el casco de sus antepasados. Era bien barbado y chelito como vos. Bien que lo recuerdo», y nos quedamos mirando, pensativos, silenciosos, queriendo adivinar el uno en el otro la sangre fraterna que nos sigue arropando. Por fin me despido de un viejo campesino que se defiende, sin perder la sonrisa, en una lengua que no entiendo, me halaga en español y susurra a sus nietos en inglés.

La guía, una estudiante universitaria becada, de la tribu de los Taos, nos explica en inglés la infame conquista, la avaricia de los conquistadores en busca del oro, la decepción al no encontrarlo y el cabreo subsiguiente maltratando a su tribu. «Nuestro pueblo expulsó a los gachupines de este territorio, y sólo volvieron a aceptarlos cuando, con la cabeza baja y en son de paz, regresaron», y me mira como quien se saca una dolorosa espina. Las toscas cruces de tabla del cementerio de Taos llevan apellidos españoles que nuestros antepasados, amorosa y generosamente, cedieron a los nativos como gesto de convivencia y reconciliación. Supongo que ni los Beitia, los Oñate, los Mondragón, los Peralta, los Montoya, los Córdoba, jamás retornaron a la madre patria.

Esta tierra es pobre, casi un desierto, carente de metales y doblones, y quien a ella llegaba, al bajar el pie del estribo bien sabía que el viaje de vuelta era más arriesgado que el peligroso viaje de ida había sido. Aquí se quedaron los nuestros, en un clima casi placentero, junto a algunos oasis de chopos, sauces llorones, encinas enanas y arbustos que por su altura puede medir el viajero la escasa fecundidad del suelo. El cielo es inmenso — esa es la sensación que tengo —, diáfano, para compensar la pobreza de estas planicies grisáceas y polvorientas.

Uno no puede por menos que sobrecogerse y admirar esta inmensa tierra americana y a sus gentes, nacidas aquí unas, venidas de todas las regiones de España, de todos los pueblos de Europa, África, Asia, otras, y cómo han llegado a formar un solo pueblo, tan numeroso y extenso, unido, orgulloso, floreciente y respetuoso de sus valores bajo una sola bandera acuñada por trece franjas rojas y blancas, cincuenta estrellas blancas dispersas en un cielo muy azul, y hablando una sola lengua. ¡Aquí Babel, solo es un mal recuerdo insignificante!

 

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