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TRIBUNA

Santos rebuznos

 

Santos rebuznos -

José Luis Alonso Ponga Cátedra de Estudios sobre la Tradición. Universidad de Valladolid
03/01/2018

Hasta las primeras décadas del siglo XX, estuvo de moda un tipo de literatura que se leía en filandones y reuniones familiares nocturnas para entretenimiento y pasatiempo de grandes y pequeños. Hoy se ha perdido porque el cambio social la hace innecesaria y los medios de comunicación la suplen con creces. Esta literatura consiguió hacer más llevaderas las veladas invernales y amenizar las noches navideñas. Suele denominarse popular, no porque venga del pueblo, sino porque los cultos no la consideran digna de tenerse en cuenta, a pesar de que, con frecuencia, derrocha ingenio y no carece de estilo. Pero ¡qué le vamos a hacer! No se hizo la miel para la boca del asno.

Este animal es con asiduidad el protagonista de cuentos, fábulas, romances y villancicos que el pueblo llano conocía perfectamente y que transmitía por tradición oral. La nobleza del jumento (espero no faltarle al respeto aplicándole epítetos humanos) y sobre todo la colaboración que tuvo, si no en la historia de la salvación, sí en la ayuda a la Sagrada Familia, primero, y al Salvador al final de sus días, no podían quedar en el olvido, por lo que la tradición buscó la manera de hacerle justicia. Su figura se agrandó a raíz de los relatos apócrifos que detallan el acompañamiento a la Sagrada Familia, primero a Belén, y después a Egipto. Los evangelios canónicos nos informan de su colaboración en la entrada triunfante en Jerusalén.

La «santa asna» como dirá sarcásticamente el P. Isla al hablar de la representación de la Pasión en los pueblos de Tierra de Campos, entra en el imaginario religioso precisamente por el pasaje del Domingo de Ramos, pero acabará honrándose como fiel compañera en la vida de Jesús. Una leyenda cuenta que el asno que llevó sobre su lomo al Salvador, viendo la saña con la que el pueblo había dado muerte a Cristo, salió de Jerusalén, y caminó por Palestina, Chipre, Rodas, Candia, Aquilea, hasta llegar a Verona, donde vivió largo tiempo querido y respetado por los ciudadanos. Atravesaba los mares como si nada, porque el Redentor, agradecido, permitía que las aguas se endureciesen a su paso para facilitarle el camino. Con estos precedentes, los vecinos de Verona, a su muerte, lo enterraron con todos los honores, y su esqueleto, como cualquier preciada reliquia, se embutió en una estatua de madera con su figura, sobre la que se puso al Señor. Es la que aún se conoce como la muletta, la mulilla, un paso de la Semana Santa.

Sin embargo, a pesar de que los veroneses estaban convencidos de poseer las reliquias enteras del pollino, en Génova se vanagloriaban de tener la cola. No se sabe cómo pudo ser esto, si es que la robaron y no dijeron nada, o, como pasa con las cabezas de tantos mártires, el burro tenía dos. Lo importante es que los genoveses creían ciegamente en la fuerza de la reliquia. Giordano Bruno, el que está en estatua en Campo de Fiori, donde fue quemado vivo por la «Santa» Inquisición, nos cuenta que vio a los religiosos de su orden, los dominicos de Santa María di Castello, mostrar de forma meteórica y dar a besar la cola diciendo: «no toquéis, besad que esta es la santa reliquia de aquella bendita asna que fue digna de portar a nuestro Dios desde el Monte de los Olivos hasta Jerusalén. Adoradla, besadla, dad limosna: recibiréis el céntuplo y poseeréis la vida eterna». Con estas amonestaciones cualquiera se negaba.

Seguro que más de un frívolo está pensando que ¡cómo se puede adorar la reliquia de un asno! Hombre, el animal colaboró transportando a la Virgen encinta a Belén, estuvo presente dando calor al Niño en el pesebre, cuando san José se vio obligado a emigrar apresuradamente a Egipto, allí estaba dispuesto a servir de montura, y, finalmente, introdujo triunfalmente a Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos. Muchos santos habiendo hecho menos por la religión tienen más reliquias esparcidas por el mundo.

Para entender esta «asinolatría», conviene saber que existen tratados de «asinología» defendiendo la idea de que el animal prácticamente estaba ya predestinado, y, por eso, sostienen los eruditos, que si nos fijamos bien veremos que el Creador le puso una cruz que se destaca en la alzada.

Fue protagonista de varias fiestas durante buena parte de la Edad Media, que eran las denominadas fiestas del asno, en las que entraba en iglesias y catedrales lujosamente enjaezado. En realidad, en estas celebraciones se honraba a varios asnos, o quizás al mismo jumento en varios pasajes. En uno de los saraos más famosos la protagonista era la burra de Balaam. Todos recordamos por la historia sagrada que este profeta fue enviado por Balac, el rey de Moab para maldecir al pueblo elegido, pero a mitad del camino, un ángel, invisible a sus ojos, pero reconocido por la burra, le impidió el paso. El profeta aguijoneó al jumento sin piedad, hasta que este volvió la cabeza y le habló recriminándole el maltrato al que lo sometía.

La fiesta de la asnilla de Balaam se representaba en muchos lugares, pero se conoce bien la de Rouen (Francia). Fabricaban un armazón de madera cubierto con telas y mantos bordados que cobijaban a un actor encargado de recitar el texto que la Biblia atribuye a la burra de Balaam, pero con frecuencia el caballero que montaba el simulacro encarnando al profeta se metía tanto en su papel y hostigaba al jumento con tanto brío que le clavaba las espuelas dejándolo malherido. En Francia, la fiesta del asno se celebró con gran pompa, por lo menos entre los siglos XIII y XV, en muchas iglesias e incluso en la catedral de París, pero la más famosa fue la de Beauvais que se festejaba el día 14 de Enero conmemorando la huida a Egipto. Ésta era una pantomima en la que se organizaba una procesión encabezada por una joven muy agraciada montada en un pollino llevando en brazos a un infante, en alusión a la Virgen y al Niño Jesús, la comitiva entraba en la iglesia y asistía, burro incluido, a la misa del asno, que se cantaba con toda solemnidad y gran aceptación del pueblo. Lo más llamativo del oficio litúrgico era la despedida. Al final de la Misa, el sacerdote, girándose hacia el pueblo, en vez de decir «Ite missa est» rebuznaba tres veces; la gente en lugar de responder «Deo Gratias» entonaba un «Jijaaa, jijaaa, jijaaa». Esto lo sabemos porque está anotado en el misal usado ese día. En este caso, como en tantos otros, yo me pregunto: ¿Es esto religiosidad popular? No, son prácticas religiosas creadas por y toleradas desde la Iglesia que el pueblo aceptó, porque se adecuaba perfectamente al contexto carnavalero de este periodo navideño. Solo así se explica la colaboración y entrega de los sacerdotes en estas ceremonias.

A nosotros hoy nos parecen tradiciones irreverentes y, según el concepto que tengamos de reverencia, probablemente lo fueran, pero no olvidemos que en el contexto en que nacieron y se desarrollaron no lo parecían. Añadiría que eran ceremonias en las que el clero aprovechaba para predicar sermones sobre la humildad, la generosidad y criticar otros vicios de la época. Lo cual no deja de tener su importancia.

La fiesta del asno convivió con otras similares como la de los locos, los obispillos y otras mojigangas que ahora son historia o, si se han recuperado, se representan como meras caricaturas de lo que fueron, de algo que no puede volver porque el contexto no es ni será el mismo.

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