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FUEGO AMIGO

El sembrador de escuelas

 

ERNESTO ESCAPA
02/12/2017

Fornela es el valle más recóndito y perdido de los Ancares, porque no es paso hacia ninguna parte. También el más olvidado, pero desde luego no el menos sorprendente y hermoso. Entre Fabero y Cariseda, que es el primer pueblo fornelo, median trece kilómetros largos, que discurren por Bárcena de la Abadía y San Pedro de Paradela a través de un valle angosto y encajado, del que parte a la izquierda la extraordinaria y poco conocida ruta del río Goubela. La senda del Goubela ha sido bautizada por su espectacularidad como el otro Cares: discurre excavada en la roca a lo largo de cuatro kilómetros y colgada sobre el curso de agua que recorre abismado el tajo a unos 150 metros de profundidad. Si uno no controla sus vértigos, mejor es hacer el camino remontando la orilla del río hasta el bosque de Goubela, en el que conviven fresnos, laureles bravos, acebos, madroños, alisos y arraclanes en un enclave fascinante, como de cuento.

Trascastro tiene a la entrada de su larga calle principal el santuario de la Virgen, cuya fiesta de agosto reúne las mejores y más singulares danzas de paloteo de Castilla y León. Tanto el atuendo como la coreografía, de una solemnidad ancestral, remiten a las raíces del valle y parecen evocar los rituales guerreros. Fornela no se acaba en Trascastro, el pueblo del médico Lodario Gavela Yáñez, que sembró el valle de escuelas antes de perder la vida tiroteado por la Guardia Civil. Todos los pueblos exhiben orgullosos el reconocimiento al joven médico. La primera casa de Trascastro, pasado el santuario, atesora la memoria de su consulta, tal como él la dejó el día de su muerte en las curvas de Cariseda. Eran los años cuarenta, pero nadie se atrevió a retirar ni una sola de las placas que en cada pueblo proclaman su filantropía.

Ahora la novela El médico que no quería morir, de Alejandro Álvarez, recupera la huella del benefactor fornelo. Nacido en Bembibre, en una familia de comerciantes, estudió Medicina en Valladolid, después de repartir la guerra en los frentes republicano y rebelde, llegando como médico a Fornela en 1942. Lodario bajaba a menudo en caballo a Páramo del Sil, donde tuvo tertulia en la botica de doña Ninfa con el poeta Ángel González, que ejercía como maestro en Primout, y allí toma el tren a Ponferrada. A veces las expediciones se prolongan hasta León o Valladolid, mientras otras se cubren de silencio, como sucede cuando tiene que acudir al refugio para guerrilleros enfermos o malheridos que ha instalado en Prado de Paradiña. Ya en Oviedo le llega al poeta con retraso la noticia de su muerte por la brigadilla de servicios especiales de Ponferrada, el 24 de septiembre hizo setenta años, en las curvas de Cariseda, desde donde su caballo volvió solo a casa.