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TRIBUNA

La singular y extraña autonomía

Enrique López Lage PROFESOR
30/05/2017

 

El ciudadano L, residente en una localidad de la provincia de León, llevaba tiempo pensando en la manera de contribuir con la causa de la minoración del déficit público de su país. Había pasado, también, largos ratos analizando la sin par decisión de nuestros políticos al haber creado la autonomía de Castilla y León, la única con dos nombres unidos por la conjunción y. Aquél día, ambas ideas confluyeron en su mente y como resultado del choque le brotó del cerebelo una espléndida idea: reducir a la mitad el número de autonomías. Todo pasaría por unir las actuales, a modo y semejanza de lo que, en su día, se hizo con Castilla y León. El ahorro sería sustancial, a la vez que, pensaba, daría lustre a la España de las autonomías. Pretendía una propuesta que, como mínimo, tuviera una apariencia tan razonable y con tanto sentido de Estado como la que habían pergeñado nuestros ilustres próceres de la Transición.

Comenzó a conjuntar nombres. Pensó que sería bueno iniciar un proceso tan borrascoso por el noroeste, lugar por donde llegan casi todos los frentes que el gran océano nos trae. Aunó Galicia con Asturias y apuntó en su librillo, Galicia y Asturias, como nombre de la nueva autonomía. Sus ciudadanos podrían denominarse gallegoastures o asturianogalaicos y tendrían, ya de entrada, la importante ventaja de ser todos ellos diestros en el manejo del paraguas, lo cual no era asunto a despreciar.

Dudó por donde continuar y saltó, en un momento dado, a Andalucía y Extremadura, ya que el habla les acercaba y convino que para el caso era cuestión suficiente. Y las dejó así enlazadas.

Se le ocurrió, después de un buen rato, que sería bueno para Castilla-La Mancha tener salida al mar y la juntó con Murcia. Barajó la opción de darle salida por el Atlántico, pero quedaban muy a desmano autonomías que tal permitieran. Le pareció más que de sobra con el Mediterráneo y así las dejó, como Castilla-La Mancha y Murcia; no le disgustó como sonaba, aunque si se pronunciaba rápido podía parecer que Murcia era ensuciada por Castilla La Mancha. Cambió, entonces, el orden y las dejó como Murcia y Castilla-La Mancha.

De seguido le vino a la cabeza Cataluña y estuvo luengo tiempo reflexionando con cual la yuntaría. Pensó en Aragón por lo del antiguo y grandioso reino de tal nombre. Pero en estos tiempos le pareció que Aragón encajaba mejor con la Rioja o incluso que podría tener cierta afinidad con Navarra, por las jotas. Vincularía Aragón con Navarra y postergaría el caso de Cataluña. Le gustó el término de Aragón y Navarra. Dos grandes y antiguos reinos que, sin duda, podían equipararse en grandeza pasada con Castilla y León.

Notaba ya el gran esfuerzo mental que estaba haciendo en establecer estos singulares matrimonios, que él quisiera fueran duraderos; le ayudó a proseguir el hecho de que si, desde Valladolid, los linces políticos casi habían conseguido crear de la nada ciudadanos castellano-leoneses, no se debería descartar ni tomar por imposible que con tiempo y maña, se configuraran binomios de ciudadanos de cualesquiera de las dispares partes de la piel de toro.

En varias jornadas no pudo continuar con el asunto, a tal punto había llegado su saturación. Tenía claro su objetivo: menor número de autonomías y renombrarlas con el fin de que todas quedaran asociadas por la trascendente y. La y era la clave para que todo el sistema funcionara.

Volvió con Cataluña y, ahora más despejado, decidió asirla a Valencia. Barajó también las opciones de Madrid o Canarias, pero en ambos casos le acabó dando la risa y terminó viendo más contras que pros. Le disgustó, por largo, llamarla Cataluña y País Valenciano, así que eligió el nombre de Cataluña y Valencia, y quedó tan ancho cuan largo.

Metióse luego con el País Vasco. Vínole a la cabeza cuan conocida era la costumbre de muchas cuadrillas de bilbaínos y eibarreses, entre otros vascos, que daban en pasar un día al año de visita turística por Haro, día en el que solían atiborrarse de vinos, pinchos, morcilla y cordero, junto con un buen escocés o irlandés, al gusto, antes de la prescriptiva partida de pocha regada con cubatas o tragos a discreción. Y no dudó en unir al País Vasco con La Rioja. El nombre oficial para no enfadar al nacionalismo sería Euskadi y La Rioja; le sonó de perlas.

Al llegar a Madrid tuvo problemas, como sucede siempre con los muy numerosos; no son fáciles de encajar. Se dio cuenta de que le faltaba Cantabria y las alió, porque aunque no fueran limítrofes recordó que se habían llevado bien desde la época de las ovejas y de las lanas y, a su ver, casaban de maravilla.

Quedaban las islas y las ciudades del norte de África. Pecata minuta, después de todas las alianzas ensartadas. Con los puentes aéreos el problema se deshacía como un azucarillo y llamó, Canarias y Baleares a las isleñas, y, Ceuta y Melilla a las ciudades africanas, con lo que dio por terminada su maestra obra.

Le asaltó la duda sobre si ciudadanos cabales y sensatos podían considerar disparatadas algunas de sus uniones, pero puestos a practicar el arte de desbarrar no creyó haber superado a los que idearon la autonomía de Castilla y León; autonomía de artificio que perdura en el tiempo, a la par que nos desangra. Tal engendro subsiste gracias a que la mayoría permanecemos silentes, pusilánimes y conformistas. Entre esta mayoría los hay que viven de la política, y callan también, aunque es más comprensible su indecente silencio, porque si algo dicen arriesgan las habichuelas monetarias que plácidamente les llegan de sus cargos.

Tuvo la osadía de presentar su propuesta a los partidos políticos de su provincia. Cuentan sus cercanos que abundaron las lindezas del estilo «desestabilizador», «temerario», «imprudente», «provocador» y otras de similar corte. Pero el ciudadano L no perdió la esperanza. Creía firmemente en que los despropósitos acaban sucumbiendo ante su más feroz enemigo, que es el tiempo, y determinó continuar activo con esta, de momento, causa perdida.

 

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