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SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?

Sísifo venció a Tánatos


17/05/2018

 

Nuestra relación con la muerte siempre ha sido ambigua. Por un lado, la tememos, pero al mismo tiempo sentimos una atracción hacia ella que nadie sabe explicar. La muerte, y en esto todos estaremos de acuerdo, es un hecho cierto e inevitable para todos nosotros. Las diferencias surgen en el modo de afrontar a la señora de la guadaña que nos espera sin prisa y sin cansancio.

La muerte es incertidumbre y por lo tanto provoca desasosiego. Quizás un poco menos duro sea el tránsito para aquellos que llegado su momento deben afrontarlo en unas condiciones de dificultad añadida. Me refiero a aquellas personas que han perdido toda su ilusión por vivir, que ya no les interesa permanecer en este mundo. Las razones de tal desesperación pueden ser tantas como personas decididas a tomar tan dramática decisión.

El jurista italiano Ferri consideraba el suicidio una desgracia. Pero, no lo consideraba como algo antinatural porque de hecho era practicado por el ser humano y todo lo más que se puede decir al respecto es que es consecuencia de la disminución del instinto de conservación. Una vez desaparecido este, el ser humano se ve desprovisto de una de las fuerzas vitales que lo arraigan en este mundo.

El instinto de conservación es el que ha permitido a la raza humana llegar hasta hoy. Le ha permitido superar pestes, guerras, cataclismos, caídas enteras de civilizaciones... La historia de la humanidad es una historia por sobrevivir, por sobreponerse a lo que parecía imposible. Esto ha sido hasta ahora, pero pudiera parecer que últimamente nos rendimos con más facilidad ante las dificultades.

Cuando hablamos de suicidio a todos nos provoca un estremecimiento interior, al igual que cuando hacemos referencia al homicidio. En cambio, cuando hablamos de eutanasia, los sentimientos se revelan como divergentes. Nadie está a favor del suicidio, ni a favor del homicidio, pero sí a favor de la eutanasia. Recordemos que eutanasia significa muerte dulce, pero al fin y al cabo muerte.

Ferri afirmaba que a nadie se le puede obligar jurídicamente a seguir viviendo. Bien, es un argumento jurídico como cualquier otro, pero podemos preguntarnos: ¿Qué haríamos cualquiera de nosotros si viéramos que alguien intenta suicidarse? Más allá de los argumentos jurídicos, la conducta humana viene determinada por nuestra naturaleza básicamente mamífera y solidaria que nos lleva a preocuparnos por el bienestar de los demás. Cualquiera en su sano juicio intentaría hacer desistir al suicida.

En España, el artículo 143.4 del Código Penal considera delito el auxiliar a una persona a morir o causar su muerte, previa petición expresa de esta en caso de que sufriera una enfermedad grave que le conduciría a la muerte o estuviera sufriendo de forma tan intensa y permanente que le fuera difícil soportar el dolor. Esta es la regulación de la conocida como eutanasia en nuestro país. Está considerada como una modalidad de homicidio, si bien con una pena considerablemente menor.

Toda pérdida de vida humana es un drama, que se lo digan a los budistas y a todos aquellos que consideran que el universo tiene un orden inmutable donde todo ser vivo tiene su espacio y tiempo. La eutanasia altera estos dos parámetros de forma artificial. Cuántas veces hemos oído la frase de: «no le había llegado su hora» ante una situación en la que se ha salido vivo de milagro. En nuestro subconsciente tenemos gravado que nuestro fin debe llegar en un momento determinado y todo aquello que suponga una alteración de esta programación nos resulta ajeno y extraño.

Más allá de debates morales y filosóficos acerca de la primacía del derecho a decidir sobre el derecho a la vida o viceversa, debemos tener en consideración que estamos diseñados para aferrarnos a esta vida. En consecuencia, debemos reflexionar con mucho cuidado sobre aquellas cuestiones que pudieran poner en manos de terceros decisiones que chocan con nuestra genética que nunca se rinde y que nos ha permitido sobrevivir como especie. Si no que se lo cuenten a Sísifo que engaño y apresó a Tánatos porque se negaba a morir, único mortal que lo ha conseguido, al menos que se sepa.

 

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