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SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?

Soledades


26/01/2017

 

Se puede matar por amor. Esto es un hecho cierto. No me refiero al enamorado celoso que mata a su amante cegado por un ánimo de posesión. Me refiero a un amor mucho más holístico, menos impulsivo, más racional e inspirado en la desesperación. La desesperación nos denigra y provoca en nosotros el rechazo de todo lo que nos rodea y en muchos casos nos conduce a cometer los más horrendos crímenes.

Vejez y desesperación van unidas en muchos casos. Aunque intentamos afrontar el paso del tiempo con entereza, nuestra psique se revela contra la pérdida de facultades y el inminente final de la existencia. Nadie decide voluntariamente ser viejo, todos lo evitaríamos si pudiéramos.

Recurrentemente aparecen noticias sobre ancianos que han matado a su mujer o marido por no soportar más verlos sufrir. Casi siempre terminan ellos suicidándose. Es triste haber pasado toda una vida juntos y comprobar que tu mujer o tu esposo no te reconocen ni responden a las muestras de amor y cariño que se les prodigan. Ya no se tiene el soporte vital de un compañero o compañera que a lo largo de la vida ha sido tu bastón de apoyo y cenáculo de confidencias.

La decisión de terminar con la vida de este ser querido es doblemente dramática. Al dolor profundo de tomar esa decisión se suma la de erradicar la vida propia. Algunos dicen que para suicidarse hay que ser muy valientes, otros afirman que hay que ser muy cobardes. Yo no soy capaz de decantarme por una u otra opción. Lo que sí afirmo es que la desesperación es muy mala consejera.

Hombre desesperado fue Unamuno. La muerte de su hijo Raimundo a la edad de seis años le sumergió en un inmenso dolor presidido por la desesperación que ya no le abandonaría el resto de su vida. Amargura que reflejó en sus obras como Abel Sánchez donde no deja lugar para la esperanza humana. Leer a Unamuno es entrar en la dimensión de un existencialismo brumoso que no permite orientación alguna en la vida.

De lo que estamos hablando es ni más ni menos que una eutanasia radical o incluso si se quiere de una eugenesia. A favor de las dos se ha esgrimido históricamente la compasión por el que sufre. Se revela como necesario terminar con el sufrimiento de aquellos que más amamos. Es una solución radical no cabe la menor duda.

Cuando alguien muere se genera un vacío que ya nada ni nadie puede ocupar. Hasta ese punto llega nuestra singularidad. Quizás este argumento sirva para explicar porque el suicidio sigue a la muerte del ser querido. Matar a un enfermo por compasión abre la puerta a que el principal derecho del ser humano, que es la vida, quede en manos de terceros.

Soy de los que pienso que nuestra vida no puede depender de las decisiones de los demás. No pongo en duda que los razonamientos que se hacen a favor de esta posibilidad tengan un sustrato de buena fe. Pero tampoco pongo en duda que también están imbuidos de una gran dosis de ingenuidad. Digo ingenuidad porque el dolor nunca nos abandonará. Pienso en los hijos y familiares de las personas mayores que han tomado esa fatídica decisión. El pedir perdón no basta para consolar a unos descendientes a quienes la resolución de un padre o una madre los dejaron huérfanos de la forma más drástica.

La vida necesita que la cuidemos, que la mimemos en todos los aspectos. Nos ha sido dada para que la afirmemos y no para que sea cercenada como consecuencia de nuestras debilidades y desesperación. No creo que por muchas legalizaciones que se produjeran el ser humano se acostumbrase a mirar con indiferencia la eutanasia o eugenesia. Es genético en nosotros pelear por la vida hasta nuestro último aliento.

Unamuno se cercenó así mismo el horizonte de otra vida. Castró la posibilidad de ser feliz al caer en una desesperación permanente. Solos vivimos y aislados si carecemos de un sentido trascendente, solos sin posibilidad de enmienda y este es el atajo a la desesperación.

Me quedo Antonio Machado, quien sufrió la soledad pero nunca renunció al amor. Yo por mi parte afirmo que quiero ser el dueño de mi vida. Quizás sea tan soberbio como Nietzsche al afirmar tal cosa, pero no quiero que nadie me haga el favor de borrarme de la faz de la tierra, ya llegará mi hora y que lo decida quien lo tiene que decidir que no es otro que el que me la otorgó. Que quede claro lo anterior porque estas cosas de las leyes eugenésicas las carga el Diablo y siempre puede haber algún voluntario interesado en facilitarnos el tránsito al otro mundo.

 

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