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TRIBUNA

De Suárez y de otros maltratados

RELACIONES INTERNACIONALES UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
25/03/2014

 

La memoria no es una fotocopiadora en un archivo, se toma sus libertades e incluso, en ocasiones, se siente creativa y retoca o recrea los recuerdos. Nunca he sabido qué criterio sigue al seleccionar unas circunstancias y descartar otras, por qué elije ciertos detalles para transformarlos en recuerdos, cuya suma irá conformando nuestra biografía, nuestro único yo, nuestra memoria. Si se trata de recuerdos de infancia todo intento de análisis lógico se me escapa, aunque estoy seguro de que lo tiene y de que probablemente sea riguroso.

Yo era un niño. De Suárez recuerdo que solían imitarlo en programas de televisión: «Puedo prometer y prometo» y que la gente se reía. También imitaban las voces de Fraga y de Carrillo, las tres dotadas de tanta personalidad que se prestaban absolutamente a la exageración y a la caricatura. Tengo el recuerdo de mis siete años, difuso ya, pero intenso, del recreo en el patio de la escuela, la mañana del 24 de febrero. Nadie nos había dicho nada, pero cada uno algo habíamos escuchado en nuestras casas. Hasta los maestros estaban raros. Compartimos confidencialmente en un grupo los retales que traía cada uno envueltos en papel de secreto y que no significaban nada para nosotros. Pero la inteligencia de los niños en esto se parece al instinto de los animales, olfatean luego cuando pasa algo. Claro que pasaba, no sabíamos qué, sabíamos que Suárez, que era el presidente, algo tenía que ver. Claro que algo estaba pasando. La propia rotundidad del sonido al pronunciar estas palabras —cuyo significado era un misterio— nos convencía de que estaba pasando algo muy gordo: Golpe de Estado.

Escribía Ignacio Camacho que a Suárez ahora comenzarán a levantarle monumentos con las piedras que sobraron de las lapidaciones a las que le sometieron. España es un país muy dado a la ingratitud que, junto con la envidia, es un vicio muy nuestro. No sólo no agradecemos los servicios prestados, es que encima hasta nos fastidian, quizás porque nos vemos en su espejo y no salimos muy favorecidos. Si nadie es profeta en su tierra, en España menos. Se habla de Suárez como hombre de Estado. Me vienen a la memoria tres nombres de tres hombres de Estado que antes que él sufrieron el mismo castigo del vilipendio e incluso del destierro y conocieron de la ingratitud.

El primero de ellos es el Cardenal Cisneros, gran reformador, quien tuvo que hacerse cargo del gobierno de Castilla a la muerte de Isabel la Católica y reclamó la regencia de su esposo Fernando y a la muerte de éste, salvar el reino de las disputas nobiliarias y de las intrigas para transmitirlo a su legítimo heredero, Carlos I. Pese a tantos desvelos, quien luego sería Emperador llegaba a España con la intención de quitarse de en medio al Cardenal. No fue necesario, se ahorró esa humillación, pues la muerte le salió al camino en Roa un 8 de noviembre de 1517 cuando iba al encuentro del Rey.

Al Conde Duque de Olivares le tocó apuntalar el edificio de un imperio que se resquebrajaba. Intentó detener la sangría humana y económica de múltiples frentes y guerras contra demasiados enemigos. Asumió la labor de gobierno que era deber del rey, persiguió reformas y devolver la reputación que entendía que España merecía. Sería precisamente su convencimiento de que sólo la suma de todos los esfuerzos, de todos los reinos de la monarquía podría evitar el desastre fue el comienzo de su caída en desgracia. Primero retirado, para después ser desterrado y finalmente procesado por la Inquisición. Moriría en Toro un 22 de julio de 1645.

El tercero es el Marqués de la Ensenada, quien también debió asumir la responsabilidad de recuperar el prestigio perdido por España en el concierto internacional, de preservar su comercio con América y de llevar a cabo las reformas necesarias, entre ellas la de la Hacienda y los tributos con su famoso Catastro y la de la Armada, con las construcción de los arsenales de El Ferrol, Cartagena y La Carraca, gracias a la cual España podría mantener el predominio en el comercio con América todavía 50 años más frente al acoso de los ingleses. Su caso es sorprendente por lo absurdo ya que su destitución fue inspirada por el propio embajador inglés, enemigos de España a quienes Ensenada había logrado mantener a raya. Acusado de alta traición sería desterrado a provincias. Los ingleses brindaron pues en España ya no se construirían más barcos. Aunque volvería de nuevo, de nuevo, otro rey, Carlos III, le desterraría a Medina del Campo, donde moriría el 2 de diciembre de 1781.

No voy a juzgar aquí si merecían ser destituidos, si habían cometido falta o no, me limito a señalar que en este país somos muy dados al olvido para con aquellos que con mayor o menor acierto han tenido la responsabilidad de asumir las riendas del país en momentos muy críticos y de llevarlo a buen puerto o, al menos, salvar los muebles. Deberíamos ser más generosos en nuestro agradecimiento. Los pueblos que no conocen su propia historia están condenados a caer una y otra vez en los mismos errores. Decía Cervantes que el hacer bien a villanos es echar agua en el mar y que la ingratitud es hija de la soberbia.

Don Adolfo Suárez falleció en Madrid el 23 de marzo de 2014. Descanse en paz.

 

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