+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario Diario de León:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 

RÍO ARRIBA

Tanta risa floja

 

MIGUEL PAZ CABANAS
11/04/2018

Las dos son igual de esbeltas y finolis, y ambas representan a dos instituciones que están llevando, sinuosa pero eficazmente, a la picota: la Corona y la Universidad. Las dos manifiestan un carácter fuerte, incluso endiablado, y no es difícil imaginarlas poniendo firme al consorte, o lanzando una mirada de avispa a un maître vacilante. Se dirigen a las cámaras sin pestañear y, frente a la adversidad y las puñaladas de amigos y rivales, lucen una sonrisa a prueba de bombas. La de la reina, puestos a ser puntillosos, brilla con más suavidad, tiene esa elegancia estudiada de las revistas de papel cuché; la de Cifuentes hace pensar en un brigadier pasando revista a un regimiento de coraceros. Las dos, pues, ríen con altivez y suficiencia, y no parece existir asunto que las haga desfallecer o dar un solo paso atrás. Somos astutas y obstinadas, parecen decir al mundo, y no consentiremos que nadie nos doblegue mientras taconeamos por vestíbulos y palacios. Podría pensarse, por tanto, que tienen a la plebe a su merced, pero últimamente las risas se despliegan sin mesura: ya no solo es el reflejo de sus dientes de marfil, sino el mosqueo irónico de alguna ciudadana. Y si no, recuerden a esa señora que, con acento castizo, le dice a Letizia: «Floja, que eres una floja», mientras la reina mantiene inalterable la curva de sus labios.

Las risas, en resumen, van por barrios y por eso extraña que se abuse tanto de ellas. Porque no son solo las de estas señoras y sus acólitos: junto a la desmañada y un poco pesarosa de Rajoy, hay políticos en este país que se ríen como hienas, sin freno, a mandíbula batiente. Sobre todo, cuando son pillados en evidencias censurables o bochornosas. ¿En qué escuela enseñan a lucir esas muecas cínicas, esas risas desaforadas que tanto repelen al salir en los periódicos? Dan a entender que vivimos en un país de chirigota, que todo puede ser objeto de burla y que nada más saludable que reírnos sin motivo. Pones la tele y los ves desternillándose ante los micrófonos, en el umbral de los despachos, al salir de sus autos blindados, mientras responden desenfadadamente sobre el enésimo caso de corrupción. Habrá que reivindicar, aunque nos pese, la cara larga y el semblante adusto: ver a un ministro con rostro serio soltando mentiras o justificando cosas indefendibles produce malestar, pero que lo haga riéndose da mucha grima. Recuerdan a esos majaderos que, móvil en ristre, van lanzando carcajadas en el tren, volviendo insoportable el viaje de los demás. A lo mejor a eso se parece nuestro país: unos descojonándose y haciendo pedorretas y cortes de manga desde un vagón de lujo, y el resto, apiñados en el andén, viéndolos pasar con cara de bobos.