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TRIBUNA

Técnicos en doblaje político

 

Técnicos en doblaje político -

Jesús María Cantalapiedra escritor
13/01/2017

Siempre he admirado a los actores de doblaje cinematográfico. Prestan su voz a los intérpretes de idioma extranjero que vemos en pantalla, sin que estos protagonistas de la clase B aparezcan ni en los créditos informativos de la película en cuestión. Me pregunto qué porcentaje de triunfo o desastre hay que adjudicarles en la gloria o cataclismo de la producción. Solamente les conocemos su timbre de voz pues, además, cada actor, generalmente, cuenta con su propio ‘doblador’, escogido en un casting previo por el equipo de dirección. La mayoría son admirables, y obligado es concederles el mérito que merecen. Mujeres y hombres. Honor, loor y gloria para ellos y ellas.

En la misma medida que para las señoras que doblan a las actrices dedicadas a la publicidad televisiva de perfumes, automóviles, dulces delicias de chocolate, castañas pilongas, etcétera, etcétera. Al escucharles da la impresión de que estás asistiendo a un exitoso y susurrante ‘clímax’ sexual. Más honor, loor y gloria para ellas, aunque no es que sean muy feministas. Digo yo. Igual que las anunciantes (que sí salen en pantalla) promocionando lavadoras o plátanos canarios, marcando paquete. Repito: no, muy feministas no son; ni seguidoras de Olimpia de Gougues (guillotinada por Robespierre), o Clara Campoamor. Pero, eso es otra historia.

A lo que voy. Lo difícil es tratar el título de la gacetilla: «Técnicos en doblaje político». Muy a mi pesar, el equilibrio de mis nervios cerebrales se trastoca y muta, convirtiéndose en una tela de araña de difícil salida. En el que yo llamo doblaje de los hombres públicos, intervienen más factores confluyentes que en el cinematográfico: los propios políticos y su facilidad o dificultad de expresión; el llamado «negro», moreno o no, encargado de escribir los discursos de mucho parlamentario sin facultades; el público lector o escuchante, al que consiguen, entre unos y otros, volver la cabeza tarumba; no entender una palabra o, en muchos casos, sentir que la mentira sobrevuela disfrazada entre las palabras vistas u oídas.

Caso de que el «negro» escriba bien y el orador o firmante un desventurado, el resultado final es impresentable o «como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda». Numerosos ejemplos tenemos con los mandatarios en materia económica del país. Si el «negro» fuera mediocre y el transmisor tuviera poca agilidad mental, peor que peor. A veces, peor que si el interviniente no contara con el famoso «negro» y no fuera capaz de desarrollar su teoría correctamente o, con premeditación, echara mano del embuste flagrante y verdades estadísticas maquilladas para metérnoslas dobladas, como las mantas en la desaparecida ‘mili’. Todo un juego de manos de ilusionistas. El espectador aplaude sorprendido, pero cuando finaliza el espectáculo se da cuenta de que todo ha sido un truco engaña bobos. Le habían dicho con gran aparato que las pensiones subían el 0,25 % para este año de gracia, pero pronto se dio cuenta de la burla: el poder adquisitivo, la verdad de la vida, le ha bajado, aun sin considerar los numerosos incrementos de precio en muchos productos elementales, que le anunciaron cínicamente a los pocos días de la buena nueva (?). Sin embargo, según los muy utilizados macro números propuestos, se nos sitúa en una especie de paraíso muy por encima de vecinos europeos que, al parecer, no dan pie con bola. ¡Pobres!

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