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Tiempo de grajos

 

RÍO ARRIBA MIGUEL PAZ CABANAS
25/01/2017

En la tele describen circunstancias propias de enero: ventiscas, frío intenso, como novedad nevadas copiosas en latitudes poco habituales. El hombre o la mujer del tiempo lo cuentan, eso sí, como si fuesen calamidades impropias de la época. Lo hacen con un énfasis un poco teatral, agitando mucho los brazos, enseñando el forro burdeos de su chaqueta o clavando unos tacones de vértigo sobre la estructura hueca del plató. A veces fijan la mirada en la cámara como si estuviesen a punto de decir: «Cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo… y si se posa en los balcones, hará un frío de cojones». Los espectadores escuchan aterrados, petrificados en el salón, mientras se asoman a las ventanas imaginando el fin del mundo.

El país queda, como suele suceder, dividido en dos, por un lado los que no se atreverán a salir de sus casas (incluyendo, asombrosamente, a los ancianos, se supone que hartos de inviernos duros y severos) y por otro aquellos que, desafiando el sentido común o quizá por necesidad, se arrojan a la carretera con la noche encima. Estos últimos, como cabría esperar a finales de enero, se encuentran con calzadas heladas y coches atravesados, lo que suele acompañarse de un atasco monumental. Pero lejos de asumirlo con resignación, o de haberse pertrechado mínimamente, echan la culpa al Gobierno, como seguramente hacían en el siglo XVIII, cuando la gente viajaba en carrozas sin mantas y confiando en que, de ser atacados por una manada de lobos, las autoridades irían a salvarlos en el acto.

Vivimos, básicamente, en una sociedad autocomplaciente, en una época de gilipollas. Lo que nos provoca alarma y malestar suele asociarse más a tonterías y a nuestra propia irresponsabilidad, que a sucesos socialmente intolerables. Volviendo al principio, puede que la culpa la tengan esos meteorólogos exaltados y apolíneos, pero si reflexionamos un poco sobre el asunto, advertiremos que los motivos son mucho más perturbadores, más insidiosos. Tienen que ver con el hecho de que los telediarios dediquen más tiempo a hablar de banalidades políticas o de deportes (perdón, quise decir de fútbol) que a, por ejemplo, explicarnos por qué demonios en este país se está coaccionando siniestramente la libertad de expresión. O cómo piensan atraer el talento de los cientos de miles de jóvenes (inmigrantes económicos) que han tenido que salir de este país.

A la espera de que nos resuelvan estas cuestiones, yo, desde mi modesta experiencia de la vida, me atrevo a anticiparles que en el próximo agosto habrá grandes flujos turísticos hacia Levante y que es probable que haga un calor furibundo, infernal y que luzca sobre nosotros un sol que acabará achicharrándonos las seseras.

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