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Diario de León | Lunes, 1 de septiembre de 2014

TRIBUNA

Un ejemplo para los más adinerados

JULIO FERRERAS EXCATEDRÁTICO DE ies 30/06/2012

La decisión que han tomado, hasta el momento, más de 80 multimillonarios estadounidenses, de donar la mitad de su fortuna para causas filantrópicas u organizaciones sociales, ante una iniciativa promovida por Bill Gates y Warren Buffet, hace dos años, debería servir de ejemplo para el resto de los multimillonarios en el mundo y, por supuesto, en nuestro país. ¿No es una actitud de estricta justicia social y, a la vez, sin duda, de solidaridad, la de estos magnates, ante la grave situación económica por la que atraviesan, por un motivo u otro, casi todos los países del planeta? ¿Podría significar —este hecho sin precedentes— que, cuando la humanidad atraviesa por esos momentos cruciales en los que no se divisa una salida hacia el futuro y parece que la propia especie está en peligro, surge —como por milagro— una solución en el seno de la propia humanidad?

No olvidemos que esa pobreza material que sufren tantos sectores sociales y tantos pueblos sometidos, es una consecuencia de la pobreza humana y espiritual que padecen otros sectores y otros pueblos, los que someten, los más ricos. Estos dos tipos de «pobreza» van casi siempre a la par, porque una es consecuencia de la otra. Pero un hecho como el que traemos aquí, puede indicar un cambio esencial en el comportamiento humano, pues son los más ricos los que, en estos graves momentos, tienen que colaborar más. Con ello conseguirán elevar su nivel moral y humano, y a la vez el nivel social, y podrán disfrutar de la mayor satisfacción que pueda alcanzar un ser humano, la de ser capaz de dar; no lo lograrán almacenando riquezas, en un mundo tan empobrecido. Oigamos a los propios multimillonarios: «A lo largo de los años, los réditos emocionales y psicológicos que me han dado los actos caritativos han sido enormes, cuanto más hago por los demás, más feliz soy», afirma el inversor Bill Ackman.

Nuestro mundo padece hoy una gravísima injusticia social, debido a que unos pocos acaparan la gran mayoría de las riquezas del planeta, viviendo en el lujo y rodeados de privilegios, mientras una buena parte de la población sobrevive en medio de grandes necesidades, y muchos, en la auténtica miseria. Este hecho es la prueba evidente de que el nivel actual de progreso humano y social no es tan elevado como creemos, sino más bien mediocre; de que predominan aún, en muchos seres humanos, los instintos y sentimientos más bajos y primarios, como son el tener y acumular (relacionado con lo material), frente a los más elevados, como el ser y donar (relacionado con lo esencialmente humano y espiritual). Esta situación ha de generar necesariamente incomprensiones y enfrentamientos, mucha frustración e incluso guerras, entre los más ricos y los más pobres, y a veces entre los propios ricos o entre los mismos pobres, con el deseo de acaparar más o —lo que es lamentable— de sobrevivir.

El mundo del siglo XXI es esencialmente diferente al de los siglos pasados, debido al progreso de la ciencia y la tecnología que han originado unos niveles de conocimientos y de bienes materiales desconocidos anteriormente; pero no han conseguido acabar con la pobreza extrema y la marginación en que viven tantos pueblos y seres humanos, mediante un reparto justo de las riquezas. Por eso, hoy, los desequilibrios sociales y las injusticias son mayores aún, porque, hasta el momento, ese progreso ha favorecido sólo a los que más tienen; ellos son los que se han beneficiado de los adelantos de la compleja tecnología moderna, que ha hecho desaparecer infinidad de puestos de trabajo, realizados, hoy, por las máquinas. Es totalmente injusto y alarmante que sólo unos pocos sean los beneficiarios del gran progreso tecnológico, y que sigan enriqueciéndose, algunos, mediante vergonzosas indemnizaciones millonarias y otras graves irregularidades que terminan pagando el resto de la ciudadanos.

Por todo ello, esa actitud de algunos multimillonarios probablemente sea la única realidad viable y de justicia, en estos graves momentos. ¿Quién ha de pagar una crisis como ésta sino los que la han originado y que, además, son los que más tienen? Los que han acumulado tanta fortuna (de una u otra forma), son los que tienen que colaborar más. Lo dice el sentido común. Entonces ¿qué le pasa a este sentido tan esencial y tan poco común? ¿Cómo se puede entender que los ciudadanos de a pie (la mayoría con sueldos para sobrevivir, unos dignamente y otros menos dignamente) sean los que han de sufrir las consecuencias de una crisis ajena a ellos? ¿Cómo los gobernantes echan mano de los más débiles y permiten a los más fuertes que sigan enriqueciéndose? ¿Es posible vivir en un mundo tan absurdo y contradictorio?

Quizás un día (¡que sea lo menos lejano posible!) aquellos que acumulan tanto poder y tanta riqueza descubran que no lograrán aumentar su auténtica felicidad aumentando sus fortunas, sino ayudando a los que lo necesitan. «No sé cuál será mi destino, pero sé una cosa: Las únicas personas verdaderamente felices serán las que hayan buscado y encontrado el modo de servir a los demás», escribió Albert Schweitzer, célebre médico que estuvo al cuidado de muchos leprosos en África. «No hay más que una manera de ser feliz: vivir para los demás» (Tolstoy). Eso dicen los que parece que saben y... también algunos multimillonarios.

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