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RÍO ARRIBA

Vacas

 

MIGUEL PAZ CABANAS
10/10/2018

Apenas quedan vacas en Babia; puede que ni un diez por ciento de las que había hace dos o tres décadas. Si miras por la ventanilla del coche tienes que hacer un esfuerzo por localizarlas en los prados, como si ellas mismas quisieran pasar inadvertidas. Vamos camino de los lagos de Saliencia, célebre itinerario de montaña que por una u otra razón siempre habíamos aplazado. Es el día de San Froilán y viajas con esa sensación de alivio que te da dejar atrás pendones, muchedumbres y turistas que pagarán un potosí por una ración de pulpo. Los topónimos asturianos rara vez decepcionan: desde el Alto de la Farrapona, donde inicias la ruta, desciendes un tramo y tomas una pista empinada y pedregosa que te llevará a los primeros lagos, pisando un polvo coloreado por antiguas explotaciones mineras. Resulta estremecedor imaginar a los hombres que trabajaban en la extracción del hierro a mediados del siglo pasado. Apenas se ven animales –fuera de las últimas golondrinas y unas mariposas enormes-, pero en mitad de un valle descubrimos un rebaño de vacas asturianas, rojas como la propia tierra, bajo un cielo que parece una sábana lavada. No consigo contarlas, rebasan la centena, y excepto una, en avanzado estado de gestación, todas permanecen tumbadas: es una escena subyugante, primordial, como si esas vacas estuviesen esperando a un pintor impresionista. Nos quedamos un buen rato observándolas y esa imagen me acompañará horas después, cuando ya en Pola de Somiedo, reponiendo fuerzas, nos sentemos en una pequeña terraza y poco a poco ingresemos en la realidad: el ruido de las mesas, unas motos saliendo del pueblo, la televisión puesta a cierto volumen. Los esquilos que aún resuenan en mi cabeza son sustituidos por otros más infames y al poco me abruma la voz aguda de unos tertulianos, todos enfrascados en asuntos de actualidad: las torrenteces del muy honorable presidente de la Comunidad Catalana, el ridículo patrio si finalmente los restos del dictador acaban en la catedral de la capital de España (alguien sugiere que los lleven al museo de cera: suena razonable), o las amenazas económicas que se ciernen por doquier. El rebaño seguirá en el valle, me digo cerrando los ojos, y por un momento visualizo a uno de esos ejemplares imponentes, desplazándose con majestuosidad y alzando la cabeza hacia los picos. Veo a mi abuelo desatando a un ternero para que mame y, mezclándose con el sonido opaco de los pesebres, me llega el de la leche vibrando en los cubos de cinc. Un hombre pregunta entonces si es demasiado tarde para subir a los lagos y, aunque está oscureciendo, estoy por decirle que se apresure, pues hay vacas del color del hierro a punto de abandonar la montaña.

   
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