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TRIBUNA

El verdadero rostro de Vivaldi: ¡Los mineros!

 

EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ UNIVERSIDAD DE MISSOURI-KANSAS
11/05/2018

Ahora que María Carro nos ha mostrado los restos mastodónticos —acero, cemento, ladrillo—, de aquella guerra de posguerra en las entrañas del Bierzo, a la memoria de 50 años de olvidos, me han venido, madre, solícitos y buscando su lugar —para ponerle rostro a Vivaldi—, los mineros. ¡Pues el mío, va pa’l turno de la noche!, pregonaban mientras se recogían los ganados o llenaban en la fuente el último botijo de agua o se dirigían a la casa tras las largas novenas, rosarios o calvarios cargados de latines y compungidos golpes de pecho, las madres, esposas, novias de los mineros, conjurando y evitando los malos pensamientos de cualquier noche fatídica en aquellas minas que por techo tenían los miles de toneladas de hierro, piedras y tierra que había entre sus hombres y el cielo.

Las minas de hierro no llevan posteo —le explicaba mi padre a mi abuelo—, porque la pega de dinamita, o esas poderosas máquinas que braman como animales anti-diluvianos —asustando a primerizos mineros—, y se introducen y rompen la capa de hierro como un bisturí ciego, sin saber dónde puede alcanzar la fuerza de sus caballos o la onda expansiva de la dinamita haciendo trizas el filón de hierro. ¡Ya, siendo así —se lamentaba la abuela entre religiosos bisbiseos—, pobrines de los mineros…! ¡El de nueso trabaja fuera!, se consuela la vecina; ¡zí, pero loz míoz zon barreneroz, de dentro, ¿zabe uzté’?, lamentaba ceceando la madre de dos mocetones venidos de Linares –«pueblo andaluz y minero», que cantaba la copla—, para hacer fortuna en el Bierzo.

Ni casas ni casuchas, ni pajares ni buhardillas quedaron vacíos en los pueblos de la contorna. Aumentaron las cantinas, los bares y las tienduchas; timbas y tugurios florecieron en la próspera ‘ciudad del dólar’, Ponferrada, porque una vida tan insegura como la de un minero, que cobra cada mes dinero fresco, no conoce otra alternativa que vivir el día a día, porque del mañana se encargará la mina. De vez en cuando a la mina baja, como ángel sonriente, —corpulento y bonachón— don Federico, ‘el alemán’, repartiendo cigarrillos, saludando a los mineros, echándole una mano a la Santina, «para que me los cuide», y si la cosa va bien, en la hornacina que hay a la entrada del pozo de Calamocos, los más observadores verán un nuevo billete verde que no estaba de madrugada. ¡Para que nadie sea el próximo!, implora en mal castellano, pero de corazón sincero, el director general de Vivaldi, ingeniero Honigmann.

A los mineros, madre, juro que los vi. Iban vestidos de verde, sombreros verdes, capas y botas verdes, verdes los guantes, todo de plástico, para capear la lluvia, el cierzo, el viento helado de las noches y amaneceres de los crudos inviernos de posguerra. Eran los mineros. Distribuidos en tres turnos no daban tregua a la santa protectora, Bárbara bendita, para cuidar de ellos. Por compañeras llevaban la fardela con la merienda –buenos mendrugos de la hogaza de centeno, cachelos y tocino cocido, chicharros y pimientos fritos, y con suerte algún que otro chorizo—. Algunos se acompañaban de la ‘orbea’ para aventajar en las bajadas, para maldecir y renquear en las cuestas. La bota pamplonica de vino berciano, terciada al hombro, era la compañera inseparable que calmaba y escondía pesares y miedos.

¡Eran ellos, madre, los mineros! A mediodía, de noche, de madrugada, cuando sonaba aquel pito siniestro que extendía su lamento por medio Bierzo. Muchos se estrenaban a los dieciséis años o antes y perseveraban hasta que el cuerpo resistiera. Bajaban enjaulados —palpitante el corazón—, hasta el fondo de los pozos de Calamocos y después en Posada, porque antes del pantano, el hierro florecía por campos, prados y huertos, y hasta en él se asentaban en muchas casas viejas, las cocinas de suelo.

En la memoria me quedan frescos y todavía doloridos aquellos largos entierros con viudas jóvenes y acobardados huérfanos: lo aplastó una movida; quedaron atrapados entre dos fuegos; la culpa, la dinamita, aseguraba el herrero. A través de las tuberías, por días eternos los oímos gritar y gemir, blasfemar y rezar, pero fue imposible llegar a tiempo hasta ellos. Cuando los encontramos solo eran pelo, huesos y pellejos, contaba Abel, el vigilante, en un concejo del pueblo.

¡Madre, le juro que los vi! Fue a la semana siguiente, mientras pastoreaba cerca de las minas de Posada. Sobre un camión Foden cargado de mineral, viajaban envueltos en sus capas verdes dos mineros. Solícitos los ‘cuidaban’ algunos compañeros. ¿No hay ni un maldito coche para llevar a los muertos?, le gritaba por la noche el facultativo al capataz. ¡Ninguno, señor! Los vi vestidos de verde porque llovía aquella cochina tarde de abril, cuando hasta los ruiseñores ni cantar quisieron en los zarzales del huerto. Iban balanceándose al ritmo de las roderas, y cuando llegaron al pueblo nadie salió a recibirlos porque llegaron de mala manera, enteramente «rotos», y a destiempo, —farfulló la abuela—, ¡cuitadines, los mineros!

Así eran aquellos años en muchos pueblos del Bierzo: sin farolas, sin cemento en las calles, sin teléfono, sin carreteras, sin agua corriente, llenos de brazos jóvenes listos a enrolarse en las minas para ‘forjarse’ un futuro bueno, con pagas mensuales, aguinaldo navideño, seguro médico y medicinas, y si a viejos llegaban, con una pensión para aquellos tiempos, de ensueño, que hasta envidia daba a galenos y maestros. De aquellos días aún nos quedan contados y aguerridos mineros, venerables viudas, huérfanos, cruces y panteones en los cementerios, y esos monstruos de cemento y acero, cerca de pozos profundos, donde todavía se escucha el ruido del agua cayendo de salto en salto en tétrico goteo, y hay agujeros escondidos de donde llegan tufaradas de aire malsano que parecen venir del mismo infierno, y un pantano para ocultar y ahogar recuerdos, con su club náutico y su campo de golf, algo que nunca soñaron los mineros.

Juro madre que los vi, encaramados, profesionalmente atados, casi formando cuerpo con aquellos monstruos por asideros: cintas y planos que subían el mineral desde la cantera de Posada hasta el Fenal, columnas de baldes que lo transportaban a los cargaderos de San Miguel, donde expertos tolveros llenaban a diario vagones de trenes sin cuento —«2.500 toneladas diarias de magnetita»—. Estaba el primer cargue entre la estación del tren y la carretera vieja, sobre un terraplén, donde los curiosos tractores Zettelmeyer dejaban caer el mineral en aquel rústico estanque de cemento, si es que antes no habían volcado en la mal trazada curva, bajando de Calamocos, sobre el puente del Boeza.

Por Dios se lo juro, madre, en noches de lluvia, vestidos de verde, chapoteando en los charcos, resbalando en el hielo, con el alma en vilo, los sigo viendo. No son ni marcianos ni fantasmas, son hermanos nuestros, enterrados en los pozos, perdidos en aquel laberinto de galerías, subidos y encaramados en aquellos surrealistas castilletes, hoy vacíos y abandonados, dignos de figurar —fotos en blanco y negro repletas de mineros—, en algún museo.

a b

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