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cuerpo a tierra

Viajar y sentir

 

antonio manilla
11/10/2017

Lo peor del turismo programado y de anchas promesas, que no suelen ser profundas pues la prisa manda y siempre hay un apretado programa que cumplir, con cada minuto de la jornada puesto en valor, es que os permite visitar muchas cosas, pero sentir pocas. Con esa política, el turisteo concertado y consistorial os sube en un trenecito donde una voz grabada va soltando perlas urgentes mientras a uno lo pastorean por los más señeros monumentos en un tour circular y ameno, igual que si hubiera regresado a la infancia y le hubieran montado en los caballitos de la feria.

No somos soñadores y sabemos que este es el realismo del turismo de masas: a partir de determinada afluencia de visitantes, se imponen estas o semejantes soluciones para dar servicio —aunque sea epidérmico o superficial—a una demanda saturada. Pero tampoco somos tan romos como para no aspirar a otras cosas, aunque no seamos aristócratas o concejales, ni tengamos una prima amable y predispuesta a hacer de cicerone en cada uno de los destinos que elegimos o nos eligen, atendiendo nosotros a su llamada. Sabemos que en estos combos de las agencias no va a encontrarse uno consigo mismo, como le ocurrió a Julio Camba paseando entre unas ruinas romanas, pero es que tampoco va a encontrarse precisamente con el lugar que visita, porque a uno no se le revela el alma de una ciudad tirando fotos desde el autobús de un circuito programado.

El turismo, que es un asunto tan serio que algunos hasta creen que puede servir como motor económico de la desindustrialización, tiene su base en dos premisas: a la gente le gusta ver cosas y no existe nadie que pueda haberlo visto todo, las cuales pueden resumirse en un solo aserto: la eterna novedad del mundo. Siempre habrá algo que visitar, porque el mundo es mucho más grande que cualquier provincia. Pero visitar sintiendo lo visitado sólo está ya al alcance del viajero que, como afirmaba Chesterton, se define por ver lo que ve, «mientras el turista ve lo que ha ido a ver». Se trata del viejo debate entre libertad y seguridad que llevan manteniendo siglos progresistas y conservadores: libertad de andurrear bajo el impulso del puro capricho o la seguridad de contemplar todo lo que se considera imprescindible, siguiendo al trote la banderola de un colorido y amenazante paraguas agitado sobre nuestras cabezas.

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