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fuego amigo

El vigilante de la nieve

 

ernesto escapa
08/07/2017

En aquel tiempo de tinieblas, Gamoneda bautizó como vigilante de la nieve a su cómplice Pedrero, el vidriero y pintor suicida nacido en Nueva York, pero todos ellos eran discípulos del ingeniero canario Cirilo Benítez Ayala (1917-1950), que los adoctrinaba con cautela en un vagón varado en vía muerta en la estación. Los jóvenes poetas Vega Merino, Leicea y Gamoneda, el pintor Pedrero y el filósofo Eloy Terrón. Hoy se cumple el centenario de aquel personaje audaz y deslumbrante, que precedió a Jorge Semprún entre Madrid y León como responsable intelectual de la resistencia comunista en el interior.

Cirilo trae de Madrid las indicaciones de Nora y en León su arrojo y conocimientos, además de una actitud vitalista y contagiosa, convocan enseguida a los jóvenes que se mueven por la biblioteca Azcárate, buscando orientación y lecturas en la tutela del cura Lama. Será el vínculo entre los residuos de la Unión de Intelectuales Libres, a cuyo frente sigue el futuro académico y tío de Rajoy, Rodríguez Moñino, y las revistas de poesía legales de León y Canarias, donde los Millares publican Planas de poesía. A su muerte, la revista canaria dedica un número de homenaje a Cirilo, ilustrado por Manolo Millares.

Cirilo era hijo de Simón Benítez, presidente del Museo Canario y muy amigo de Negrín. Había llegado a la Residencia de Estudiantes en 1935 para preparar el ingreso en la escuela de Caminos, Canales y Puertos, pero el comienzo de la contienda lo devuelve a Las Palmas. Es movilizado y hace la guerra con los nacionales. En 1941 reemprende los estudios de ingeniería y de Ciencias Exactas, que culmina en 1946. Matemático especializado en la solución de teoremas, da clases con José Gallego-Díaz en la academia que dirigen conjuntamente en Madrid, donde tienen como alumno a Benet. Preparan el acceso a Caminos o complementan sus enseñanzas y se anuncian en ABC.

Cirilo se mueve entre Madrid y León en una potente moto con una maleta de cuero repleta de libros y propaganda. El día de su accidente mortal en Villallana (Asturias), el director de cine Juan Antonio Bardem trataba de arrancar la Lube que le había prestado Cirilo. Fue a las 9,20 de la mañana del 6 de abril de 1950, Jueves Santo sin aguacero. El expreso Madrid-Gijón acababa de salir de la estación de Pola de Lena, cuando descarriló destrozando la vida a diecinueve pasajeros. Entre ellos, cinco militares y el joven ingeniero, que iba a Gijón a encontrarse con una muchacha con la que había iniciado una relación sentimental. Nunca llegó a saber que se trataba de una infiltrada en la organización, que lo iba a conducir hasta el famoso comisario Conesa de la Brigada Político Social, que el día antes se había trasladado hasta Asturias para detenerlo.

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