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LA LIEBRE

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ÁLVARO CABALLERO
17/08/2014

Retorno a tientas sobre los pasos que no anduve del todo, como sucede siempre que uno se reúne con los amigos de toda la vida para ver si se encuentra. Tiene el mes de agosto este sabor añejo de la madera cuando todavía nadie volvió de ningún sitio y siempre parece que es pronto para ir a cualquier lado; quién sabe si nos espera alguien donde habíamos quedado cuando andábamos con prisa. Pero en una conversación tonta, los mismos chistes de siempre, pon otra ronda que es pronto, tenemos la sensación de que fue ayer, no más de diez años atrás, van para quince, cuando jugábamos a crecer al bies, sin que el tiempo se diera cuenta de que corríamos, ni nosotros de que nos alejábamos, con esa relación dependiente de hilo elástico que nos devuelve a capricho donde estábamos. No hace falta llamar a los recuerdos para que aparezcan; ya mandan mensajes a su manera para que no los olvidemos, a no ser que queramos perder un poco de nosotros mismos. Aquellos que nos enredamos en la farola de la Fachada como unos ciruelos, que jugamos cajas y cajas de cerveza al gia en la bolera de Isidro, que bajamos a gatas la cuesta de Las Canteronas, que pedimos pulpo donde Blas y mollejas en Cordobín, que se nos hizo de noche en la pista de fútbol sala del Soto con un gol reñido, que nos descalzamos en el pantano del Porma y se nos mojaron hasta los calzoncillos al entrar…

Me vuelvo a juntar con los amigos de siempre, que es una forma de estar solo, y encuentro Boñar con ese bullicio que se les pinta a los pueblos leoneses gracias al milagro de la Virgen: esos días en los que se rejuvenecen las calles, se entrampan los bares y nos faltan las horas para dar abasto con los abrazos. No hay más que ayer por todas partes, mientras nos corren los guajes entre las piernas y nos entelamos con los cubalibres de anoche, que ahora por San Roque son casi una excepción en todo el año. Nos hicimos mayores. No hay más que verlo, Afilador, aunque Miguinas no haya perdido en la dieta más que 15 días, ni Albertín y Zapico den la talla, ni Karrete se baje del burro, ni Sixtín llegue pronto a cenar, ni mi primo Jorge le eche más que aceite de girasol al coche, ni Karembaru aparque la muleta que le dieron de premio cuando aquello del salto del ángel desde la grúa. Ya estabais entonces, cuando tanto os necesité…