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Yo sirvo al rey

 

EL BAILE DEL AHORCADO. CRISTINA FANJUL
05/01/2017

Cuentan que hubo un general que le tuvo que recordar a un conocido político leonés que él servía al rey. Ayer, el Consejo de Estado responsabilizaba a Defensa de la muerte de 62 militares españoles que cumplían su misión en Afganistán. Lo que ocurrió antes y, sobre todo, todo lo que se sustanció —siguiendo la terminología de Rajoy— tras el accidente del Yakolev es la metáfora de una infamia. Los peores partos de la historia siempre han sido concebidos por la razón de Estado. Ya no hay grandes, pero si Chateaubriand volviera a la vida, reviviría el momento —he ahí el vicio apoyado en el brazo del crimen— en el que vio pasar a Fouché soportando a un gotoso Tayllerand. Pero lo que inquieta de aquel episodio no es la actuación de los políticos, que no sorprenden cuando se dedican a hacer el mal. Lo que incomoda es la sensación de que no pasó nada porque los muertos eran militares, como si estas dos palabras fueran sinónimas, como si su muerte se diera por descontado. Nada que decir si hubiera sido en combate, pero no fue así. Las memorias de un soldado no tienen por qué ser de ultratumba...

Luego está la imbecilidad española, esa concepción rancia —que no es más que una muestra de la hemiplejia sectaria y la pereza intelectual— según la cual el Ejército es innecesario, una fuente del mal, ya saben, prefiero morir a matar, un reducto franquista, una institución que habría que ir clausurando, hacer un ERE o algo, que es la causa germinal de lo que pasó. El presupuesto para el Ejército disminuye toujours, pero no habrá marea militar —aunque les envíen a morir en aviones destartalados— porque los militares sirven al rey, o sea, al pueblo, pero están a las órdenes del Gobierno, también a las de aquel que creyó que las hazañas épicas se construían en inglés y conquistando rebaños de cabras.

El accidente del Yakolev se debió al desprecio hacia el Ejército, a una concepción de país que no termina de creerse a sí mismo, simplón y pueril, a una sociedad basada en la filosofía de aquel tipo que, ante los muertos del Bataclán, le decía a su hijo que no se preocupara, que «tenemos flores para contrarrestar sus metralletas».

«Yo sirvo al rey». Supongo que después de esa puntualización se produjo un gran silencio, como el que mantuvo entonces la sociedad española ante la muerte de 62 militares. La diferencia es que la causa del primero fue el honor y la razón del segundo, la traición.

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