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Pederastia en la Iglesia

"El seminario de La Bañeza fue su burdel y nosotros, sus chaperos"

 

Emiliano Álvarez, en Borrenes, localidad en la que reside - L. DE LA MATA

CRISTINA FANJUL/DIARIO DE LEÓN
05/11/2018

«Siempre digo que yo he sido chapero. De la misma manera que fui molinero o soldador, fui chapero». Emiliano Álvarez utiliza jerga de la prostitución para referirse, aunque pueda parecer paradójico, a la época más inocente de su vida, su infancia, tres años durante los cuales abusaron sexualmente de él. Tenía diez cuando las necesidades económicas de sus padres le llevaron, junto a su hermano mayor, al seminario de La Bañeza, el lugar que alteró su futuro y convirtió el pasado en un convidado de piedra que sigue pegado a su vida como un visitante viscoso y maloliente.

La vida de Emiliano se explica mejor si el camino se realiza hacia atrás. Apenas tiene 52 años pero hace tiempo que le llegó la jubilación. La heroína, a cuya estela se subió demasiado joven, le dejó un cuerpo herido por una enfermedad que le impide trabajar. «Yo he sido un desgraciado toda mi vida», repite mientras habla del horror que él y muchos de sus compañeros seminaristas padecieron en el centro eclesial a manos de los curas. El que le tocó a él se llama Ángel Sánchez Cao.

Denunció los abusos hace dos años, poco después de que se hiciera pública la condena contra José Manuel Ramos Gordón, el cura pederasta que ha sido sentenciado en dos ocasiones por agredir sexualmente a los niños en el seminario de La Bañeza y en el colegio Juan XXIII de Sanabria. Lo hizo el 14 de febrero de 2016 y, según subraya, lo primero que le advirtieron en el Obispado fue de que no le darían copia de su testimonio ni podría hacer pública la declaración. «Si no quieres estas condiciones, no declares», me dijeron. A pesar de todo, y de que tampoco le permitieron contar con un abogado, firmó el documento que le pusieron delante e inició un proceso que, según asegura, ya tiene la sentencia firmada.
Emiliano rememora el momento en el que una de las personas implicadas en el proceso le preguntó qué quería que la Iglesia hiciera con Sánchez Cao. «Si el jefe le perdona, dijo señalando una Cruz, haced con él lo que os dé la gana», recuerda con una mueca de amargura.

Imagen de los seminaristas de La Bañeza. Emiliano Álvarez (en un círculo azul) es el quinto por la derecha comenzando por la fila de arriba. DL

Cuenta que en la época en la que estuvo en el seminario (años setenta), éste contaba con tres dormitorios comunes. «Pero había habido muchos más» De hecho, explica que el bajocubierta había acogido camas durante el franquismo. «Allí pudo haber más de mil niños», dice y, casi como sin darle importancia, cuenta que todos los curas, «excepto don Apolinar», abusaban de los niños. Además de Sánchez Cao recuerda a dos especialmente ‘activos’: don Tomás y don José». «Aquel era un sitio de taraos. Todos ellos eran enfermos sexuales y utilizaban el seminario como un burdel». Emiliano mantiene un argumento que podría calificarse de abuso ampliado. «No hace falta que abusen de ti para que te conviertas en una víctima. El miedo es suficiente», explica mientras relata las noches en las que todos contemplaban desde la cama los abusos que los sacerdotes ejercían sobre otros niños. «Supe lo que ocurría antes de que me tocara a mí. Había un niño sordo que ya estaba cuando yo llegué al seminario. Siempre le veías con don Tomás. Recuerdo que en los vestuarios se tiraba sobre mí, delante de todos, y comenzaba a mover las caderas como si me follara. Era repugnante, pero ahora, después de los años, lo único en lo que puedo pensar es cómo es posible que un niño de once años tuviera ese impulso. Y sólo se me ocurre pensar que repetía lo que le hacían a él».

Intento de suicido a los doce años

Emiliano se fugó del seminario una mañana de invierno. Lo había intentado todo para que le expulsaran. «Me saltaba los maitines, pero nunca se daban cuenta, fingía ponerme enfermo, respondía en clase... En una ocasión, entré en las habitaciones de los seminaristas y les robé. Me arrepentí al momento y lo devolví todo», recuerda. Así que un día, simplemente se fue. «estaba harto del terror, de llorar en las esquinas, de que otros niños me llamaran Emiliana y me pidieran que les masturbara». Tenía doce años. Bajó las escaleras, abrió la puerta y creyó que había dejado atrás su vida en La Bañeza. «Lo primero que pensé fue que tenía suicidarme. No podía volver al seminario, pero tampoco contarles a mis padres lo que me ocurría». Atravesó el cementerio de La Bañeza y llegó ante un pozo ante el que permaneció varias horas con la intención de tirarse, de acabar con todo. No lo hizo, pero su vida permaneció a oscuras hasta que casi cuarenta años después se armó de valor para contarle a su madre los abusos sexuales que determinaron el resto de su vida. «La conversación fue muy dura porque yo siempre culpé a mis padres de lo que me ocurrió y, por lo tanto, de la trayectoria de mi vida. Emiliano no se anda con eufemismos: «He sido yonki, ladrón, proxeneta y casi asesino. Si no estoy en la cárcel es porque la juez confió en mí».
Insiste en que Sánchez Cao no era el único cura que abusaba de los niños. «El 90% de los sacerdotes tenía los mismos hábitos. Eran maltratadores y pederastas», dice.

Recuerda con tristeza que las noches en las que veían la linterna de los agresores sobre la cama de otro niño sentían un inmenso alivio. «Pensábamos que ese día podríamos dormir», explica, y asegura que ninguno de ellos sentía la más mínima empatía con los alumnos. «Cuando te llamaban para saber qué te pasaba, era para saber qué te pasaba en la entrepierna. Cada vez que alguno de ellos te llamaba a su despacho, lo único que eras capaz de pensar era que por favor, que me dé una hostia y dejara que te fueras, porque la alternativa era peor. A veces, incluso se masturbaban mientras hablaban con nosotros», recuerda.

Carta que le enviaron del Obispado de Astorga a Emiliano Álvarez para su declaración. DL

Se muestra convencido de que sería capaz de decir cuántos niños sufrieron abusos sexuales en el seminario de La Bañeza sólo con ver los libros del seminario. «Lo que más me duele de todo es que en la Comisión de la Conferencia Episcopal no haya más que curas. Ni un psiquiatra, ni un educador, ni una puta víctima, nada. Eso es lo que les importamos», añade mientras relata que a los pocos meses de su denuncia, el obispo de Astorga escoltó a Sánchez Cao, su presunto agresor, en una procesión religiosa en la parroquia de Veigamuiños. «Si se destapara todo lo que ocurrió en La Bañeza, lo de Boston se quedaría pequeño», asegura.