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Áurea García: «¿La soledad? No sé lo que es, yo no la he conocido»

«Pues estudiaría todo lo que pudiera para ver si llegaba un poco más lejos de lo que llegué...»

 

P. SERRANO -

VICENTE PUEYO | textoVICENTE PUEYO | texto 18/02/2007

«No pienso que tengo más de 90 años, no me hago a la idea, pienso que tengo menos de 60, de verdad...». No es vanidad, ni coquetería. Áurea García García, Aurita, 93 años, experta en brisca, le tiene ganada la partida al calendario. Vive el hoy como si fuera todavía esa muchacha que en Santa Eulalia de las Manzanas disfrutaba de la libertad de un valle pródigo surcado por el Luna y el Abelgas. Aún estaba lejos el diluvio del embalse y Santa Eulalia se despertaba cada día feliz y luminosa, con una orgullosa autosuficiencia, a la sombra de sierra Filera. No había otro mundo que aquél: «No sabíamos nada de lo que pasaba más allá del pueblo, ni si había o no había guerras y conflictos». Haberlos, los había. No tenía un año Aurita (que vio la luz el día de San Froilán de 1913) cuando el activista serbobosnio Gavrilo Princip la liaba parda al asesinar al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, encendiendo la llama de la primera guerra mundial. Tan revueltos andaban Europa y los mapas de geografía como apacibles eran las clases del maestro Benjamín. «Él nos enseñó las cuatro reglas y las letras. El pueblo era pequeño, éramos sólo unos quince chicos pero nos llevábamos todos muy bien». Se sube Aurita al otero desde donde se divisa la infancia y el rocío de la memoria rezuma en tres palabras: trabajo, miedo, fiesta. «Íbamos con el ganado al monte, con las vacas, las cabras, las ovejas. Lo que no me gustaba era ir sola. Un día me escondí debajo de un montón de hierba porque no quería ir al monte pero mi madre me encontró... Unas cuantas veces me salió el lobo estando yo sola». Tiempos de lobo y nieve. «Aquello eran nevadonas. Yo creo que a veces la nieve subía más de dos metros. Hacíamos unos caminos por las calles para llegar a las casas de los vecinos y casi no se nos veía. Ahora no nieva casi nada». Tiempos también en los que la palabra «aislamiento» carecía de sentido. «Lo único que podía habernos faltado era el pan pero, como teníamos un horno y harina, hacíamos un pan estupendo. Y luego había siempre garbanzos, chorizos, patatas, huevos, leche, mantequilla... Los chorizos los guardábamos para la siega cuando venían los segadores. Majábamos el trigo en la era, nos juntábamos varios vecinos y a majar; ¡qué juergas pasábamos!». -Por lo que me cuentan, su familia es más que longeva... -«Mi hermana Josefa murió hace tres meses cuando tenía 100 años y cuatro meses. Mi madre, Genara, murió también a los 100 años y los tres hermanos que hicieron fortuna en México murieron todos por encima de los 80 años. Mi madre estuvo perfectamente hasta el final, con todo el conocimiento y bebiendo una copina de orujo muchos días porque decía que le iba muy bien cuando comía un poco fuerte; al final cayó por una gripe. ¡A ver si me parezco a ella y llego también a los 100!». Ya sólo le queda un hermano, Efrén, el pequeño, que también supera ya los 80 años y que seguro podrá disfrutar del centenario de su hermana, el 5 de octubre de 2013. Allí estaremos. Áurea se casó en Santa Eulalia, justo después de la guerra, con Baudilio Álvarez Hidalgo que tenía un año más que ella y que falleció hace 14 años cuando contaba 81 años. Después de casarse se fueron a vivir a San Pedro de Luna, hoy otro fantasma bajo el embalse. «En San Pedro se vivía muy bien. Era un pueblo más grande, había dos panaderías, una era la nuestra, un señor que hacía chocolate, veterinario, molino... de todo». Cinco hijos trajeron al mundo: dos varones y tres mujeres. A dos de ellas, Mariana y Blanca, se les quedó el río Luna en la voz y ahí las tienes cantando como un arroyo bravo y cristalino en la Capilla Clásica. ­-¿Qué recuerdos tiene de la boda? -«Nos casó un cura que había en Abelgas pero no recuerdo su nombre. La fiesta la hicimos en nuestra casa que era una casa grande. Seríamos unos 40, la familia y algunos amigos. Mi madre, que guisaba muy bien, hizo la comida y todo fue estupendamente. Eso sí, no nos regalaron nada; no había costumbre... bueno, una colcha de seda, eso me regalaron». Duro contraste el tiempo aquel de los amenos calechos y filanderos, de las truchas a borbotones, del olor del pan recién hecho con los vientos de guerra que anegaban el valle, «nubes de tormenta» como aquellas que daban tanto miedo a la niña Aurita. Nacía un tiempo de miedos y delaciones que iba a romper familias y a dejar un surco profundo y terrible. Rojos y azules se repartían el monte y las venganzas. «Nosotros tuvimos suerte, pero mataron a mucha gente. Al secretario y a su hijo los querían matar los nacionales; los recogimos en nuestra casa y estuvieron un tiempo, pero las cosas se pusieron feas y mis padres cogieron miedo y les dijeron que lo sentían mucho pero que tendrían que marchar. Se fueron al monte y les llevábamos comida durante algún tiempo pero un día bajó y se presentó al alcalde porque decía que ya no aguantaba más. El alcalde llamó a San Pedro y vinieron por ellos... Muchos mataron». No le gusta mucho a Áurea hablar de guerras ni de política pero reconoce que está próxima a las «ideas socialistas» aunque no queda del todo claro si es por convencimiento ideológico o quizá por los antiguos lazos familiares con Rodríguez Zapatero. El abuelo del presidente, el famoso capitán Rodríguez Lozano, iba con frecuencia a San Pedro de Luna dado que su mujer, Josefina, tenía una hermana casada con Manuel Hidalgo, panadero de San Pedro y tío de Baudilio, el marido de Áurea. Pero todo eso es agua pasada: «Ahora lo que interesa es que me suban la pensión. Quizá porque conozco a los padres me siento más próxima a Zapatero; mi marido también era de Felipe. Eso sí, a Aznar no lo puedo ver. Puede ser que haya hecho cosas buenas pero no me cae nada bien. Rajoy me gusta más que Aznar». Su marido fue panadero muchos años pero se cansó de hacer el pan y puso un bar en León, en Torres de Omaña, y luego un restaurante: El Paraíso. Al final acabó paseando León con su taxi. Su recuerdo le brilla en los ojos: «Es que era... cuando llegaba a casa, siendo taxista, que llegaba tarde muchas noches, nos calentaba leche a todos y nos la llevaba a la cama. Y si hacía frío calentaba unos ladrillos en el horno para calentar las camas; siempre estaba pendiente de sus hijos». «¿La soledad? Yo no la he conocido. Tampoco borraría nada, nunca tuve nada de lo que tenga que arrepentirme». Hace la comida muchos días y también la compra y presume de no tener que llevar nada anotado. Lo que no falta es la cita vespertina con la peña para jugar la partida. «Yo antes no jugaba pero después de quedarme viuda empecé a jugar y ahora tengo un vicio terrible. Generalmente jugamos seis y a veces ocho, todo mujeres y un hombre que lo tenemos mareao». Áurea está divinamente en su casa de León, muy bien acompañada por sus hijos y conformada con su paisaje urbano cotidiano. De vez en cuando, algún viaje a Sena, donde vive una sobrina, le reconcilia con las luces de Luna; allí la memoria bucea por entre la plata del pantano y aún escucha la voz de su madre: «¿Dónde estás Aurita?».