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La biblioteca mítica de Antonio Ovalle


07/11/2010

 

«Si uno intenta racionalizar mucho lo que vive en un sueño, se despierta», decía el pasado verano el bibliófilo Antonio Ovalle durante la inauguración de la exposición Templum Libri en el castillo de los Templarios. El propietario de algunos de los facsímiles de códices medievales más hermosos del mundo acababa de ceder al Ayuntamiento de Ponferrada, por un periodo prorrogable de cinco años, toda su costosa colección de libros y obra gráfica original adquirida en los últimos veinte años con su sueldo de directivo empresarial. Y lo había hecho sin pedir nada para él.

«No quise tenerlos de canto», se explicaba aquel día de finales de julio pasado, sentado en la Sala del Estuco junto al alcalde, y despierto, muy despierto, porque el sueño imposible de exponer sus libros en la fortaleza templaria comenzaba a ser una realidad.

El hombre que está detrás de las páginas más bellas del conocimiento -"que así se promociona una exposición que ya ha sido vista por más de treinta mil personas revitalizando las visitas al castillo y de paso, los ingresos turísticos del Ayuntamiento-" es un soñador discreto de 57 años que vive de alquiler en Madrid, en un apartamento de 40 metros cuadrados. Soltero, antiguo seminarista de los Salesianos, y durante 27 años asalariado en empresas del sector del transporte en Madrid, donde todavía desempeña un cargo directivo, los lujosos facsímiles que editores como Panini, Moleiro, Siloé y Bibliofilia han ido ofreciendo al exclusivo mercado del coleccionismo de libros miniados en los últimos años han sido la perdición del sueldo de Ovalle. «Comprar libros es una pequeña locura. Un vicio. Porque me cuesta mucho decir que no», reconocía esta semana a este periódico.

Ovalle comenzó comprando aquellas lujosas ediciones de códices medievales -adquiridos en prepublicación, de la misma forma que vendió Gutenberg sus primeras biblias, y con un precio medio de entre 6.000 y 8.000 euros dependiendo de la obra y el editor- a espaldas de los suyos. Pero llegó un momento en que los libros fueron tantos que resultó imposible esconderlos durante más tiempo a su familia. «¿Pero qué quieren, que pongamos los libros debajo de las camas?», cuenta Ovalle que solía gritar su hermana Lina a los comerciantes que conociendo su debilidad, llamaban por teléfono a su casa para ofrecerle el último facsímil de un libro de horas, de un beato, o de un tratado de Botánica lujosamente encuadernado.

Contado así, podría parecer que el vicio de Ovalle por los libros miniados le emparenta directamente con el hidalgo Alonso Quijano, a quien su familia quemaba los libros de caballerías para no alimentar su extravío. Pero Ovalle es un soñador con los pies en el suelo. Poco dado a aventuras quijotescas, como demuestra el éxito de la exposición Templum Libri, que está lejos de ser la Ínsula Barataria.

El de la bibliofilia es un vicio que a Ovalle le sigue costando dinero, aunque haya hecho un esfuerzo por racionalizar su fascinación por la letra manuscrita y por las miniaturas medievales. «Un libro lleva a otro y he tenido que aprender a decir que no», contaba hace unos días, durante la primera charla con este periódico aprovechando un paseo por la exposición que ocupa dos salas en el Palacio Nuevo del Castillo y que visita con cierta frecuencia cuando viaja desde Madrid para ver a su madre en la casa familiar de San Juan de la Mata. La muestra reúne un centenar de los trescientos volúmenes cedidos por Ovalle en una miscelánea de obras religiosas en la primera de las salas, y una recopilación de tratados de ciencias y humanidades que se adentra en el Renacimiento, en la segunda. Y su propietario no ha terminado de pagarla. «No sé lo que debo a las editoriales y no lo quiero saber», admite.

En un momento de crisis económica que no les ajeno, la exposición Templum Libri ha sido la mayor satisfacción en los últimos meses de su vida. Y sin esperar contrapartidas. «Nunca he querido lucrarme con este tema. Sólo he pretendido poner los libros a disposición de la gente», afirma. Desprenderse de alguno de sus ejemplares tampoco es algo que pase por su cabeza. «Si alguna vez tuviese que vender un libro, sería fruto de algún trauma en mi vida. Sería como si me estuviese muriendo», responde.

Y tiene intención, a pesar de las letras que todavía le quedan por pagar, de seguir comprando. Porque si un libro lleva a otro, un sueño también conduce a otra utopía y el siguiente reto de Ovalle es convertir al castillo de Ponferrada en una biblioteca mítica; un lugar de referencia para los bibliófilos y los enamorados del arte medieval donde se exhiba al menos una copia de todos los códices miniados del mundo. «Ahora mismo tenemos el 50 por ciento», estima.

Su empeño recuerda al de los príncipes del Renacimiento, o al del editor italiano Franco Cósimo Panini, que antes de morir en el 2007 logró editar en su colección algunos de los códices más famosos del mundo. «Sueño con que alguna vez se puedan ver en Ponferrada todos los libros facsimilados que se editen en el mundo. Esa sería la verdadera Biblioteca Imposible», asegura. El castillo de Ponferrada pasaría de ser ése recinto donde en las fiestas de la Noche Templaria se escenifica la custodia del Santo Grial y el Arca de la Alianza a convertirse en una suerte de moderna Biblioteca de Alejandría para libros facsimilados. Todo el saber medieval, encuadernado a la manera de los antiguos libreros, junto a libros de autor y obra gráfica original de artistas como Dalí y Picasso

Y Ovalle, que tenía sus libros repartidos en las casas de sus amigos, no quiere guardarse nada. «Es cierto que nunca pensé en cederlos todos y en ése sentido, el Ayuntamiento me ha llevado al huerto. He visto tanta ilusión en todos los que han participado en la exposición que ahora mismo siento que los libros ya no son míos, son más de Ponferrada y del Ayuntamiento que míos».

 

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