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la misión de nicolás castellanos

El Bolívar de los pobres

«Ni un loco hace eso», afirmó el padre de salomé cuando le contó que estaba becada por el proyecto de nicolás castellanos en santa cruz de la sierra. «‘padresito’, preséntese a alcalde», le dicen al leonés que dejó la mitra por los pobres

ana gaitero
16/04/2017

 

El Cambódromo, con sus cuatro kilómetros de longitud, se extiende desde el aeropuerto internacional de Viru Viru hasta el casco urbano de Santa Cruz de la Sierra. «Sólo se utiliza para los desfiles del Carnaval», comenta Nicolás Castellanos, el leonés que hace 25 años llegó a esta tierra boliviana para ayudar a la población más desfavorecida.

Lo dice con ese tono entre sarcástico y resignado de quién conoce ya muy bien los resortes del país, que debe su nombre al libertador de América Latina, Simón Bolívar. Una de las primeras cosas que hay que aprender es que a la población oriental se le llama camba y a la del altiplano, colla, gentilicio ligado a la etnia aymara.

La rivalidad es eterna —«Cambas y collas uní con mi voz», dice el epitafio de la embajadora de la música boliviana, Gladys Moreno— aunque la animada economía cruceña y su clima tropical ha traído aquí oleadas de gente procedente del altiplano. Mucha gente pobre y algunos negociantes avispados. La aymara es una cultura comerciante y aquí todo el mundo tiene algo que vender aunque sea un jugo de fruta.

El coche avanza unos metros y se queda parado en la ‘trancadera’, el atasco. «Esos son los mañaneros», dice Castellanos señalando el hormiguero de gente que mercadea en los bordes del canal por el que se encauzan las aguas torrenciales que caen en tiempo de lluvias.

Son gente que madruga, compra en el mercado oficial de Barrio Lindo y durante unas pocas horas vende las mercancías en la calle. La economía informal es otra de las caras de Bolivia, un país tan rico en biodiversidad como en carencias a pesar de los avances.

Las grandes obras, algunas megalómanas, el caótico tráfico, el bullicio de las calles llenas de gente... retratan un país en desarrollo, a veces demasiado cerca del desarrollismo, y el verde amazónico de esta región oriental disimula la pobreza.

Parece que fue ayer y han pasado 25 años. El 16 de enero de 1992, en las vísperas del quinto centenario del descubrimiento de América, llega a Santa Cruz de la Sierra el leonés Nicolás Castellanos, dejando atrás trece años como obispo de Palencia.

Sintió la «llamada de los pobres» y dio por cumplida la misión como pastor en las tierras palentinas. Nicolás Castellanos no llegó con afanes colonizadores, sino para dar herramientas, «educación, educación y educación», que ayuden a la gente a salir de la miseria y la exclusión. En el 25 aniversario de su misión en Bolivia sigue denunciando la raíz de la pobreza con un discurso que podría asumir el mismo Evo Morales: «El 1% de la población mundial obliga a ayunar al 60%», dijos en la eucaristía conmemorativa.

Después de ser rechazado por varios obispos bolivianos, por su afinidad con la Teología de la Liberación, el cardenal Julio Terrazas le abrió las puertas de la capital cruceña. Enseguida se puso a trabajar en el Plan 3000, un barrio marginal que surgió para dar alojamiento a las familias supervivientes del turbión del río Piraí en 1984.

El padresito se instaló en la casita de una misión franciscana en la avenida Paurito. Es el séptimo anillo de la ciudad que se caracteriza por su crecimiento extensivo en forma circular desde el centro. Con un perímetro que ya supera los 110 kilómetros, sigue ensánchandose y ya hay censadas más de 1.400.000 almas. Casi una tercera parte se encuentran en el plan 3000. «Cuando llegué vivían aquí 70.000 personas y ahora somos 400.000», apunta.

La vivienda de Castellanos era tan humilde que la bautizaron irónicamente con el nombre de El Palacio. Entre las polvorientas calles de la barriada, cada mañana decenas de niños salían a ganarse la vida como lustradores de zapatos o vendiendo la tradicional gelatina de ‘pata’ (de la vaca) por el centro de la ciudad. Otros, Como José Montaña, iban a acarrear fruta y verduras al mercado.

En el mercado y en las calles ‘pescó’ a muchos de sus primeros usarios el padre Nicolás. Los niños trabajadores empezaron a ir a la escuela —todavía hay 700.000 niños y niñas trabajadores en Bolivia— y muchos han llegado hasta la universidad gracias al proyecto.

Guillermina Araca está finalizando la carrera de Educación Comunitaria Inicial con la ayuda de una beca de Hombres Nuevos. Pasó su primer año alquilada en un cuarto y trabajando en el turno contrario a los estudios. «Hasta ahorita sigo trabajando para poder seguir adelante y ayudar a mis padres», explica esta joven oriunda de la comunidad de Guadalupe. «Agradezco de corazón a este proyecto: la economía, la habitación y la comida es una fortaleza en mis estudios. Este es un lugar seguro. Estuve a punto de dejar de estudiar por falta de economía», confiesa.

A cambio, presta cuatro horas de voluntariado a la semana en comundidades, biblioteca o limpieza, Su objetivo es entrar en un colegio para realizar prácticas en su oficio. «Agradezco a las personas de España que tienen gran corazón y apoyan que siga creciendo». Su plan es ir a trabajar a una escuela rural de su región y con el tiempo «me gustaría volver a trabajar para el proyecto», admite.

En Hombres Nuevos, a pesar del nombre, las mujeres tienen un papel protagonista. Lorena Moy y José Lino Rocha son los dos directores del proyecto Hombres Nuevos en Bolivia, con Fabiola Salazar como gran aliada en las tareas administrativas. Nicolás Castellanos quiere que la misión sea gestionada por la gente local. «Los 22 bolivianos comprometidos con el proyecto es el mejor capital que tiene Hombres Nuevos. Desde que llegué aquí dije que el proyecto tenía que estar cuanto antes en manos bolivianas y desde hace 15 años es así. Yo colaboro y les critico si hace falta», afirma.

La Rotonda marca la frontera del barrio del plan 3000 con el resto de la ciudad. GAITERO.

El prestigio de un Príncipe de Asturias de la Concordia, galardón que le dieron en 1998 por su labor en Bolivia, abre muchas puertas, pero lo que cuenta, recalca, «es presentar buenos proyectos». Para reforzar la ‘independencia’ de la misión acaba de firmar un convenio con la Universidad de León que permitirá hacer prácticas a estudiantes bolivianos en León y facilitar el volutariado de universitarios leoneses en Bolivia. Después de muchos años proveyendo de infraestructuras (colegios, universidad, residencia universitaria, escuela de teatro, piscinas...) ahora toca mantenerlas con vida.

Salomé vive en la fraternidad, la comunidad de jóvenes que acompaña a Castellanos en Santa Cruz. Cuando contó en casa que podría estudiar con una beca y residir en el proyecto Hombres Nuevos su padre no daba crédito: «¡Ni un loco hace eso!», exclamaba. «Vino de Tarija a Santa Cruz y vio que era cierto», comenta esta estudiante de ingeniería industrial.

Más de 60.000 personas se benefician de forma directa del proyecto y el barrio entero, y mucho más allá, de forma indirecta. Cuando llegó, la realidad cambió su idea de invertir en proyectos educativos los dineros recaudados en una gala solidaria de despedida en Palencia cambiaron de rumbo.

La gente pasaba hambre y los niños y las niñas, más hambre. Lo urgente era lo importante y el padresito decidió abrir un centro para atajar la desnutrición infantil. Los glúteos de muchos niños eran pura piel. «Salvamos de morir de hambre a más de 5.000 criaturas», afirma. Las cosas han cambiado, aunque Bolivia sigue teniendo uno de los porcentajes de malnutrición más elevados —28%— de Latinoamérica.

La educación, capacitación y promoción de la cultura, el empoderamiento de las mujeres y la atención a las personas mayores se han convertido en los ejes de Hombres Nuevos, que gestiona una veintena de programas. Vania Vargas está al frente del equipo de proyectos y el hospital Virgen Milagrosa ofrece sanidad digna a un barrio con más poder adquisitivo que hace 25 años. Las nueve comunidades educativas dan escuela a 10.000 chicos y chicas, los comedores atienden a más de 200 personas y el hogar de Mensajeros de la Paz, que apoyó inicialmente la oenegé del padre Ángel, acoge a una docena de chicos con problemas familiares.

La economía informal se refleja en los numerosos mercados. GAITERO.

El vivero de microempresas acompaña a 19 proyectos y la empresa Limpia Dora, que da empleo a 30 mujeres, más de un centenar desde que se creó en 2010, es otro puntal socioeconómico de Hombres Nuevos. Los contratos para la limpieza de oficinas privadas da «trabajo digno con seguridad social a estas mujeres y es una forma de autofinanciar algunas áreas del proyecto», explica Mónica Tolavi.

Muchas mujeres en Bolivia son «padre y madre a la vez», de manera que acceder a un empleo formal con horarios accesibles «las ha hecho más independientes y con capacidad de sacar la familia adelante», comenta la trabajadora social, Fili Coimbra.

La violencia machista es otro problema que sufren muchas mujeres en casa. Algunas se animan a habalr de ello en el proyecto, pero el maltrato está muy normalizado en la cultura.

En el pueblecito de Jorori, a donde Nicolás Castellanos va a dar misa los sábados, una joven le pidió ayuda tras ser agredida por su padre. Ahora vive en la residencia universitaria. La madre, que sostiene económicamente el hogar con sus trabajos de costura, soporta la situación con la esperanza de que sus hijas salgan adelante...

Son muchas las carencias. La atención a las necesidades educativas especiales es otro de los retos. Carlos, un voluntario de Valladolid, diseña un proyecto de aulas piloto, pero con una ratio por aula de 30-35 personas la tarea es ardua. Necesitan terapeutas y especialistas en psicopedagía.

También realiza un proyecto de bibliotecas para todos los colegios. Su base de operaciones son las Comunidades Educativas, desde donde Vivina Arimoza gestiona los 9 colegios con 11.411 beneficiarios. Son colegios de convenio de Primaria, Secundaria e Inicial que la gente prefiere por su calidad educativa, aunque en los centros públicos tienen más infraestructuras.

Una madre con su hija ingresada en la planta de pediatría del hospital Virgen Milagrosa, que gestiona Hombres Nuevos. GAITERO.

En la ciudad de la Alegría del plan 3000 se alzan los flamantes edificios de la Escuela Nacional de Teatro, la Casa de Espiritualidad, la piscina, acampada, la residencia universitaria y la universidad católica de Bolivia, el único proyecto que no ha tenido el éxito esperado. Los proyectos de Hombres Nuevos iluminan el barrio.

En la plaza del Mechero, al lado de la esbelta iglesia chiquitana que han levantado como parroquia, una reproducción de la misión jesuítica de Concepción, se encuentra el centro de día para personas mayores en un edificio que estaba destinado a bar. Ahora es el Snack Hombres Nuevos, un oasis para las personas más ancianas del barrio a cuyo frente se encuentra otro joven boliviano. Y en el centro de la ciudad, en su casco histórico de corte colonial, se alza el centro cultural Feliciana Rodríguez. Bailes de salón, danza, circo, teatro... un espacio abierto a la creatividad a cuyo frente se encuentra Pablo, un voluntario alicantino.

Los horizontes ya van más allá de Santa Cruz de la Sierra. Nicolás Castellanos tiene la mirada puesta en El Alto, una ciudad de aluvión por la emigración rural por encima de La Paz. «Hay niños que andan hasta seis horas para llegar a la escuela», afirma Castellanos. «Hemos descubierto que hay unos internados horribles: suelo de tierra, sin catre, sin colchón, sin frazada (manta) y ya tenemos una subvención de 118.000 euros de la Junta de Castilla y León para hacer dos internados en la alcaldía de Coro Coro», agrega. Se necesitan 35 internados.

En Kururú hicieron una iglesia (han construido 16 templos en total) y ahora les plantean un centro de producción artesanal para la comunidad de mil habitantes. «Los retos son los que la vida nos va presentando», subraya. En el patio del nuevo ‘Palacio’, una casa digna al lado de la antigua construida a los 25 años de llegar a Bolivia como sede propia del Proyecto Hombres Nuevos, Nicolás Castellanos se relaja al atardecer regando el césped como si fuera un huerto leonés.

Aquel niño que llegó al mundo en Mansilla del Páramo (León) el 18 de febrero de 1935, uno de los tres hijos de Ángela Franco y Severiano Castellanos, está unido a los Agustinos desde que a los 10 años le mandaron a estudiar a un internado. Tras ordenarse, se graduó en Pedagogía en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma y con 43 años fue nombrado prelado de Palencia.

Una voluntaria del proyecto con su hijo recién nacido. AGAL-2017.

Tenía 57 cuando llegó a Santa Cruz. Su madre y su padre le dijeron que no cambiara su vocación por ellos cuando le pidió la dispensa al papa Juan Pablo II para dejar el obispado. Aunque luego también le decía: «Con lo que te quieren en Palencia, ¿por qué te vas tan lejos?».

El padresito, al que un cruceño anima a presentarse a alcalde cuandole saluda en el aeropuerto de Viru Viru; al que abraza fraternalmente el ex presidente Jaime Paz en la presentación del libro de la periodista Susana Seleme sobre el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria); a quien reconocen los muchachos limpiacoches y los vendedores de periódicos de la calle en esta parte de América Latina, es un vecino más de Santa Cruz.

Los letreros de fondo rojo y letras blancas con el anuncio de la Coca Cola salpican los nuevos edificios de ladrillo, en los que vivienda y negocio conviven al estilo cholo de El Alto. Los micros, taxis y trufis (taxis colectivos con una ruta marcada) circulan con prisa y sin hacer mucho caso de los semáforos. Y también la basura se amontona como signo del consumismo mezclado con la miseria.

La Rotonda, punto central del barrio, donde se encuentra el hospital Virgen Milagrosa, uno de los servicios del proyecto Hombres Nuevos, está rodeada por un mercado caótico y por la basura que se acumula sobre la calzada y en todos los rincones. Cuando llueve, la plaza se torna en un barrizal, al igual que todas las calles adyacentes a la gran avenida que vertebra el barrio que son puros arenales.

El padre Nicolás denuncia la situación un mes sí y otro también en la prensa local y ante la joven periodista de la tele que ha venido a entrevistarle por sus 25 años de misionero: «La mayor carencia es el barrizal que tenemos en torno al hospital. No es de recibo que de La Rotonda a la Curva sea un bache. Es la mancha peor del plan 3000. Siempre que tengo ocasión lo denuncio porque por ahí pasamos diariamente 400.000 personas».

La necesidad agudiza el ingenio en un país donde la pobreza está aún mucho más extendida que el bienestar, a pesar su inmensa riqueza en biodiversidad y recursos energéticos. El verano toca a su fin y las lluvias se dejan ver casi cada tarde en Santa Cruz de la Sierra.

Anochece y escampa. Una mujer se afana en tapar los baches de su calle con la esperanza de ganar unos pesos que le darán taxistas y conductores particulares por allanar el camino y facilitar el paso de los vehículos.

Parroquia calcada de la iglesia chiquitana de Concepción. GAITERO.

En Bolivia, como en el proyecto Hombres Nuevos, nada es gratis. Todo el mundo pone su grano de arena. Incluso los niños y las niñas del centro Montero colaboran con la limpieza y tienen turnos para barrer las aulas de su residencia. Son hijas e hijos de zafreros, los campesinos que cortan la caña de azúcar, que de no estar en este internado no irían a la escuela.

Mantenerles escolarizados cuando alcanzan la pubertad es todo un reto para el proyecto. Son guarayos, de la comunidad guaraní, y las niñas se casan con 13 años o menos y se dedican a parir y a cuidar la casa como han hecho durante generaciones sus antepasadas.

«Para ellos es suficiente con que aprenda a leer, sumar y restar y los chicos lo mismo, nosotros les vamos hablando para que sigan estudiando», comenta la maestra, Eva Espinosa. Este curso sólo hay una niña con 13 años. Otra que inicialmente quería estudiar ya está embarazada.

El proyecto Hombres Nuevos toca muchos palos y también tiene música. Su orquesta ha alcanzado fama internacional y con motivo del 25 aniversario fue aplaudida por el papa Francisco en Roma. En la parroquia de la plaza del Mechero hay incluso un órgano, como en las viejas misiones de la Chiquitanía.

El proyecto colabora con el consulado español en Santa Cruz, que dirige Joan Borrell, con la asistencia a presos españoles, aunque la labor de Richar Calvo en la prisión de Palmasola va más allá y presta una especial atención a los internos de la tercera edad.

Nicolás Castellanos es un vecino más y un español muy considerado en Bolivia. Este año, el Departamento de Santa Cruz le concedio la distinción Melchor Pinto Parada, un personaje muy venerado porque luchó por las regalías (11% de la producción de hidrocarburos), que son la base del desarrollo cruceño.

Veinticinco años después de llegar a Bolivia el empeño de este leonés que reivindica sus orígenes —«¡Qué peña! -responde cuando alguien hace una broma con los paisajes de su tierra- ¡Yo soy del Páramo!»— sigue siendo hacer más pequeña la brecha entre el norte y el sur y hacerlo según el mandato de Jesús, aunque siempre matiza que para colaborar en el proyecto «a nadie se le pregunta por sus creencias».

Las familias son numerosas por regla general y la mujer es la que suele asumir la responsabilidad de la crianza al cien por cien. AGAL-2017.

 

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