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CANTO RODADO

Una brecha de cuidado

El anarquista leonés Ángel Pestaña congregó en Barcelona, hace un siglo, a miles de empleadas del hogar. Las amas de casa también se rebelaron en los años 80: «¡Manolo, hazte la cena tú solo!»

 

Una brecha de cuidado -

Ana Gaitero
25/02/2018

Aprendí a hacer mousse de chocolate y carne a la inglesa con Isabel, una cocinera gallega que militó en la CNT en Barcelona y con la que trabajé de pinche en la ‘casa grande’ de Villoria, en El Barco de Valdeorras. Me hablaba de Durruti y de Ángel Pestaña, de las mujeres libres y de los tranvías.

La preocupación por la desigualdad del reparto de cuidados quizás empezó ahí, en Barcelona, año 1918, aquel día en que el anarquista berciano nacido en Santo Tomás de las Ollas dio un mitin a miles de criadas que se sumaron a la huelga de mujeres. Pestaña, como relata Sergio Giménez, incitó a rebelarse a las empleadas de hogar o minyonas de la burguesía catalana. Fue antes de que Isabel llegara a Barcelona.

En aquellos tiempos las mujeres peleaban por el voto y contra la explotación en las fábricas. Y contra el hambre de sus hijos e hijas. En 1919, en Valderas, sin ir más lejos, unas bravas mujeres cortaron las vías del tren Burra para reclamar el trigo con que hacer el pan.

Un siglo después, la brecha de los cuidados no ha entrado apenas. Todavía se culpa a las mujeres por dejar los hogares y querer trabajar. «¡Eso, haced huelga y quedaos en casa para siempre!», replicó un hombre a una mujer que repartía panfletos de la huelga del 8 de marzo en el Rastro.

«¡Gensanta!», diría la señora de Forges, el dibujante que tan bien retrató al paisanaje español y también la desigualdad entre hombres y mujeres. Ese hombre de genes gallegos y catalanes, que fue a nacer a Madrid se nos ha ido. (Por cierto, Forges es la traducción literal al catalán del apellido paterno y no es sospechoso de nacionalista).

Vuelvo a los cuidados, que me salgo del surco. Lo peor es que las mujeres, como es costumbre desde Eva, nos autoinculpamos y pretendemos atender a casa y trabajo como si fuéramos superwoman. De hecho, el término nació como consecuencia de la ¿emancipación? de las mujeres.

Al principio, una parte de esas mujeres trabajadoras remuneradas descargaban el peso del hogar o parte del mismo sobre otras mujeres, las ‘muchachas’, como las que congregó Pestaña para que reclamaran sus derechos laborales. Ahora, el empleo doméstico es minoritario para cuidar a niños y niños o hacer las labores del hogar, aunque persiste. Está más extendido para la atención a las personas mayores con dependencia.

Los cuidados son la asignatura pendiente de una sociedad que declara a todas las personas iguales ante la ley, etcétera, etcétera. Son esas manos invisibles que sujetan los días y las noches. A nadie le importa si el presidente del Gobierno hace la cama o no, o si va a buscar al colegio a sus hijos. En ninguna cuenta computan los salarios que no existen, ni los seguros sociales que no se pagan. Y que, por cierto, el PP dejó de sufragar a los cuidadores (y sobre todo cuidadoras) profesionales que soportan el peso de sus familiares con dependencia.

Sin cuidados, un país se hunde. Pero nadie lo sabe. Ni siquiera esos señores a los que tanto les preocupa España y que se dicen de izquierdas, como un leonés, de Valderas, llamado Santiago Trancón que cree que el problema de la igualdad es Cataluña. Only Catalonia.

Pues de Cataluña, a donde tantos leoneses y leonesas emigraron gracias a Franco y a sus políticas de desarrollo industrial por polos (que incluían también a Valladolid), vinieron muchos movimientos sociales emancipadores y participativos.

Como en Barcelona, en aquel tórrido verano de 1988, antes de la orgía olímpica y cuando aún cabalgábamos hacia el estado del bienestar, las mujeres del barrio de Sants se plantaron con una huelga de cazuelas caídas para reclamar, ya no un salario, sino unas vacaciones como amas de casa y que los hombres asumieran parte de las tareas. «¡Manolo hazte la cena tu solo!», decía la revolucionaria pintada.

Para el 8 de marzo hay convocada huelga de mujeres, por las brechas que nos llevan al precipicio, y se la toman a chufla o amenazan: «¡Si haces huelga atente a las consecuencias!», le dijeron a una mesonera en mi barrio. No lo soportan.





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