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CANTO RODADO

Carne de emigrante

La juventud leonesa tiene grabado a fuego que su destino es emigrar. Así se hizo en otro tiempo con los pueblos, hasta que se quedaron sin escuela, sin médico, sin gente y sin más esperanza que el verano.

 

Carne de emigrante -

Ana Gaitero
05/08/2018

Achicharra la ola de calor a las últimas amapolas que aún quedan por el campo después de la larga estación de las lluvias. El verano camina placentero a la orilla de los ríos, mecido por las hojas de los chopos, que aún estornudan semillas algodonosas.

Es el momento de callar y parar un rato. Andar sin prisa y escuchar con atención a la naturaleza. Los sonidos y olores te transportan al verano que fue tu infancia cuando ser de pueblo equivalía a pueblerino e ignorante. Carne de emigrante.

El verano era entontces la estación de la trilla y del riego nocturno, de esperar el aire de la ‘amargacena’ para ventear la paja, de madrugar con el sol para recoger espiga, ay madre, de bajar las botellas en un caldero hasta sumergirlo en las aguas frescas del pozo artesiano y contemplar el abismo oscuro de aquella oquedad líquidda y misteriosa en la que muchos veranos atrás se miraron tus abuelos y toda su descendencia.

El verano fue el tiempo de los transistores, los primeros tractores con su ruido echando a un lado a los carros y a los garañones que tanto se había esmerado en reproducir el cuerpo de veterinarios. Fueron los años en los que las vecinas y comadres inventaron la conciliación dando la merienda o el almuerzo a los hijos de las que marchaban al campo, sin cotizar ni jornada laboral.

Los meses de aquellas veceras que llamaban al ganado con el toque de un cuerno. El verano fueron los momentos fugaces mojando los pies en la acequia y jugando con la lámina de agua robada al río Esla con el esfuerzo e ingenio de todo un pueblo que se adelantó a la era de los pantanos. Era también el ansiado instante en que tu padre abría el melón o la sandía, recién arrancado de la mata, en la noria, para los banquetes veraniegos del corral.

Era el tiempo adormecido en un silencio de siesta. Ahora el verano es la época de los festivales y la playa. Somos una sociedad ociosa a la que fácilmente se le vende la felicidad en pastillas, cual entradas a un parque temático de disfrutar y no parar. El verano es esa época en la que llegan pateras por decenas a las costas españolas, con gente que, si ha logrado sobrevivir al desierto, al mar, a las mafias y a las cuchillas de las concertinas, sale despavorida de una de esas embarcaciones atestadas de sueños. Y corren como alma que lleva el diablo, sin saber a dónde, con la mirada perdida y el miedo en el cuerpo. Algunos, unos pocos, tendrán suerte. La mayoría acabarán en centros de detención mientras Pablo Casado vocifera salmos de manual de ultraderechista. Mientras Pedro, Sánchez, le tiende la mano como jefe de la oposición. Y, a solas, los dos, aparentan pactar los grandes asuntos de Estado como si nada hubiera pasado. Los cachorros del bipartidismo quieren hacer borrón y cuenta nueva. Y aquí no ha pasado nada. Sólo el verano.

La encuesta del CIS ha volteado los resultados a favor del PSOE. Lo demás sigue todo igual. En la cocina de verano han hecho una jugosa tortilla para rearmar la moral socialista y engatusar al personal indeciso. Apueste a un valor seguro, dicen, mientras se apresura el líder a defender a la monarquía como una institución ejemplar y renovada. Y así seguir apuntalando el sistema. Queda la esperanza, la alegría, de que la televisión pública nos cuente la verdad y esté al servicio de la ciudadanía, como prometió Begoña Alegría, la nueva directora de informativos de TVE.

El verano es también el tiempo del retorno a las raíces, a la casa familiar, al pueblo que revive con la chiquillería transplantada desde la vida urbanita, ese espejismo del progreso embutido en latas de Coca Cola y leche desnatada de tetra brick. Llegan las fiestas y la juventud aleccionada para estudiar una carrera y marchar corriendo de León. A la vuelta del verano.