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Carolina tiene ángel

La gimnasta ha superado un abrupto camino hasta catapultar su carrera deportiva en lo más alto. Soledad, los sacrificios de una humilde familia o el drama de un hermano perdido escriben la biografía de la ninfa leonesa

 

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Marco Romero
05/02/2012

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Carolina Rodríguez.

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Su móvil rosa echa humo. Todo el planeta se interesa ahora por ella, de norte a sur y de este a oeste. Pudo tomarse una semana de descanso como preludio a la hercúlea labor que la espera de aquí a agosto, cuando participe en los Juegos Olímpicos de Londres, pero ha preferido dedicarla a corresponder a los numerosos periodistas que no pudo atender en las horas previas al reciente campeonato preolímpico que la ha catapultado entre las mejores gimnastas del mundo. Así es la pequeña Carol que con ocho años se puso una malla prestada para hacer su primer entrenamiento y a los tres meses iniciaba una carrera de competiciones que la han ido convirtiendo en el referente deportivo y humano que es hoy con 25 años de edad. Pero su historia, seguramente que como la de otros muchos deportistas de élite, suena desgraciada. Aunque si la cuenta ella misma, con su honesta mirada y su sonrisa higiénica y vital, ese pasillo de cristales que ha sido su carrera deportiva y personal parece menos malo.

Carolina Rodríguez Ballesteros (León, 24 de mayo de 1986) es de esas personas que tienen ángel. Mira a los ojos todo el tiempo, sonríe muchísimo y, bastante a menudo, ríe a carcajadas con sus propias anécdotas. El contagio del interlocutor es seguro. El primer contacto con la gimnasta leonesa se produce en el Palacio de los Deportes de León, donde entrena diariamente de doce a cuatro de la tarde. No es que le guste comer a destiempo, pero son las horas muertas que dejan disponibles los equipos principales de balonmano y baloncesto. Uno está acostumbrado a ver a la gimnasta en televisión o en fotografías donde aparece prácticamente dislocada, en posturas inimaginables para el resto de los mortales (abstenerse de reproducirlas en casa) y con el expresivo maquillaje que impone su deporte. Así es que reconocerla entre una multitud no sería fácil. Pero, claro, si la cita es en su lugar de entrenamiento —y siempre que no se interrumpa su sagrada concentración—, se pueden reconocer enseguida y comprender las extraordinarias cualidades de Carolina, esa menuda joven (42 kilos) que se mueve por el tapiz como si una ninfa atravesase volando el pabellón deportivo de lado a lado. Un trabajador de mantenimiento la mira ensimismado. Lo hace cada día. «Le echa muchas, muchas horas al día; siempre la ves trabajando con mucha intensidad, y así toda la vida». Cierto. La Carolina que hoy lleva tatuados los aros olímpicos en un tobillo sólo ha tenido tiempo en su vida para ser Carolina Rodríguez. Así desde que empezó en la gimnasia a los siete años de edad. «Bueno, yo ya recuerdo que me encantaba todo esto desde que tenía tres o cuatro años, cuando veía la gimnasia en televisión, porque antes ponían mucha gimnasia, no como ahora. Siempre imitaba a las gimnastas hasta el punto de que cogía un palo de un árbol y con cualquier lazo me hacía yo una cinta para jugar y lanzarla». Primera carcajada. Un día, con siete años, acompañó a su hermana Loli a un entrenamiento. Entonces Loli formaba parte de las cheerleaders que animaban los partidos de baloncesto. En una esquina del pabellón, una gimnasta entrenaba sola. Era Sandra Castillo, entonces campeona de Castilla y León. Carolina, con una espontaneidad que no ha perdido, dijo bien alto que eso lo sabía hacer ella. Y Ruth, esa persona que ha sabido ser entrenadora, casi como una madre, le invitó a exhibirse. Su desparpajo la dejó boquiabierta. Poco tiempo después estaba empezando a entrenar en el Club Ritmo de León, etapa en la que ha cosechado sus más importantes éxitos profesionales y personales. «Desde el primer día supe que era un diamante en bruto: tenía la tipología y unas condiciones innatas para la gimnasia, pero sobre todo, expresividad», recuerda Ruth Fernández Menéndez en un paréntesis del entrenamiento diario de Carolina.

Tras acceder a hacer unas fotografías con todas las posturas posibles para la portada de este dominical, la gimnasta empieza a relatar sus apurados inicios en el deporte. Son momentos pasados que la hacen grande cuando los renueva en la memoria. «No tenía ni malla y recuerdo que fue la chica que había visto entrenando la que me dejó una para el primer entrenamiento. Fui tres días a la semana y a los tres meses ya estaba compitiendo».

Esos primeros campeonatos la llevaron a Tenerife con diez años y allí se convirtió en campeona de España por primera vez. «Gané y recuerdo que tuve que salir con la bandera de Asturias, porque de aquella era donde estaba federada». Superado el primer contratiempo, Carolina Rodríguez pudo federarse en Castilla y León a cambio de que mantuviera los mismos resultados deportivos. «Los comienzos fueron muy duros», admite. Y tanto. Recuerda que el primer lugar donde entraba era la antigua iglesia de San Pedro, en Puente Castro, hoy reconvertida en el Museo de las Tres Culturas. «Era el único sitio alto donde podíamos ir a entrenar porque tenía cúpula. Ahí pasaba que la iglesia, lógicamente, tenía forma de cruz, así que hacíamos los entrenamientos en diagonal. La única vez que lo hacíamos en un cuadrado era en competición». Son muchas las referencias mediáticas en torno a la leyenda del milagro de Carolina Rodríguez y sus inicios en esta iglesia, pero lo cierto es que, con ella, había muchas más niñas que pasaron los mismos años de penuria durante las horas de entrenamiento. «Íbamos los sábados durante todo el día, desde por la mañana hasta las diez de la noche. Llevábamos el tuper y comíamos allí y todo. Me acuerdo que teníamos decoradas las paredes de la iglesia con pósters de la serie Sensación de Vivir y de nuestros grupos preferidos, como los Backstreet Boys. Nos cambiábamos en el altar y, como habían quitado el Cristo, pues quedaba la marca en la pared, así que las entrenadoras nos imponían como castigo uno o dos Padre Nuestro. Y claro, nosotras nos lo creíamos y rezábamos. Llegabas a tener fe, de verdad». Lanza la enémisa carcajada. Aunque cueste creerlo, se lo pasa pipa recordando aquellos días sin calefacción, ni electricidad, ni ninguna otra comodidad durante los entrenamientos, algo que puede resultar anecdótico pero que, en el fondo, desvela el escaso apoyo institucional que ha tenido la deportista a lo largo de su carrera. Pero Carolina tiene el don de las personas que lo ven todo medio lleno. «No olvidaré jamás lo ricas que me sabían las naranjas que dejaban en la iglesia para gente más necesitada. Cogíamos una cada una y ni las de Valencia ni nada, aquellas naranjas son las mejores que he probado en mi vida». En aquellos meses las pa redes del templo parroquial «tenían escarcha por dentro», así que las naranjas estaban más que frescas. Con el tiempo consiguieron un hueco en el pabellón deportivo ubicado en el colegio-hogar de la avenida de Antibióticos, en Armunia. Pero sólo hueco, porque el estado de las instalaciones era similar. Tenía por aquella diez años y participaba en el Campeonato de España de Gimnasia Rítmica en Tenerife. «Era la primera vez que cogía una avión. Hay un vídeo en el vuelo y es que soy una cría».

Efectivamente Carolina Rodríguez siempre ha sido una niña, porque su carrera empezó hace 17 años; y eso que ahora tiene 25. Los triunfos le han apartado mucho tiempo de la gente que quería. La primera vez que la convocó el equipo nacional tuvo que ir a tomar un avión al aeropuerto de Vigo. «Me iba sola, tenía muy pocos años, y mis entrenadoras se quedaban llorando. Oye, yo me iba encantada. No derramé ni una sola lágrima». Pero la distancia le haría valorar, aún más si cabe, sus lazos familiares.

Carolina Rodríguez es una persona tremendamente hogareña, posiblemente una consecuencia del nomadismo al que ha sido sometida durante su infancia y juventud. Ya era una campeona cuando, con sólo quince años, fue llamada para la Selección Nacional de Gimnasia Rítmica. Fue una etapa de éxitos profesionales, pero con mucho coste personal. Hay que reseñar que el padre y la madre de Carolina Rodríguez son sordomudos y que en los tiempos en los que ella se fue a vivir a Madrid no existían las videoconferencias ni ningún otro medio de comunicación que permitiese ponerse en contacto visual con ellos, lo que hacía aún más difícil la estancia. Su entrenadora era soviética, férrea. Y ahí empezaron dudas y problemas que se solucionaron cuando tomó la firme decisión de regresar a León y reinventar su carrera en el mismo club que la descubrió. Sus sucesivos éxitos, de sobra conocidos, culminaban el pasado mes de enero en el campeonato preolímpico que le dio plaza para las Olimpiadas de Londres, que se celebrarán el próximo mes de agosto. Ahora, su día a día es intenso, agotadoramente intenso.

Desayuno de leona

La gimnasta accedió sin problemas a compartir una semana con Revista, un trabajo extenuante teniendo en cuenta que seguirla diariamente supone estar a punto a las ocho de la mañana y acabar el día a las diez de la noche, viajar de aquí para allá, quedar con el novio, dar clases de ballet a niñas en el Centro de Alto Rendimiento Deportivo o en el colegio San Juan de Benavides de Órbigo, reponer con una jeringuilla de pegamento los cristales swarovsky que se van perdiendo de las mallas, ir al gimnasio, entrenar entre cuatro y seis horas al día, departir con la familia, ir a los partidos de fútbol de la Cultural, a los del Balonceso León y a los del Ademar, ver en televisión los del Real Madrid... Ni un minuto libre durante todo el día.

Inicia la mañana con un potente desayuno. «Me encanta comer, yo creo que no hay algo que no me guste». Toma un zumo de naranja, un café (eso depende de si está activa y lo necesita para arrancar), cereales o dos tostadas con mermelada y sin mantequilla. Y para meter algo de proteína come pavo, queso fresco... «Durante las competiciones como más fruta». Mucha comida sana, pero lo que de verdad le gusta a Carolina es «el chorizo, la cecina y la tortilla de patata de su madre». Lo aseguran sus padres mediante el lenguaje de signos, que traduce Lola, hermana mayor de Carolina.

La deportista coge su BMW Z3 azul y se traslada hasta un gimnasio, en el centro de la capital. Lo del coche es un lujo y una afición. «Ahorrando, ahorrando cuando tuve un poco de dinero me lo compré porque me encantan los coches». Dispone de un segundo vehículo, un Toyota que utiliza habitualmente para viajar. El deportivo, sólo para la ciudad. Mete su bolsa de deporte en el maletero y empieza una jornada que terminará bien entrada la noche. Son dos horas de gimnasio, digamos que para precalentar las cuatro que vienen después de duro entrenamiento en el Palacio de los Deportes.

Es realmente obsesiva con sus errores. «Y cabezona», admite. «No me gusta nada que me corrijan. Después siempre lo acepto, pero al principio nunca me gusta oír que tengo un fallo. Yo creo que me falta ese 20% para ser una deportista perfecta».

En eso coincide su entrenadora, Ruth Fernández. «Es disciplinada, exigente, muy perfeccionista, supercariñosa, generosa, detallista, pero es muy cabezona». ¿Es posible que todo sean buenas cualidades en Carolina? Obviamente, no. No hay persona que sea perfecta, y en el caso de ‘Carol’, como la sigue llamando su preparadora, «ha tenido muchos altibajos: hoy está a diez y mañana a menos diez». Son la secuelas de la baja autoestima con la que regresó de Madrid. «Yo creo que su éxito —matiza Ruth— radica en que ha vuelto al club. Yo pensé que había tocado techo, pero volvió a León y regresó a sus orígenes, volvió a florecer».

La que un día tuvo que hacer de madre sigue acompañando a la gimnasta en todos sus entrenamientos, con la misma disciplina del primer día. A las cuatro de la tarde, cuando los jugadores del Ademar empiezan a ocupar la cancha, Carolina va a su casa a comer.

La joven reside con sus padres en una vivienda unifamiliar grande, nada que ver con el piso de 55 metros cuadrados en el que ha residido la familia hasta que hace ocho años pudieron comprar este inmueble lleno de rincones con triunfos y copas. También de penosos recuerdos. En una de las paredes, la familia mantiene el retrato de Santi, hermano mediano de Carolina que falleció en un accidente de coche cuando se dirigía a una competición de BMX, deporte en el que empezaba a despuntar. Fue un palo para toda la familia, pero se habla del joven con una ejemplar naturalidad que llena momentos de conversación.

La familia ha sido un pilar fundamental para la gimnasta. El padre de Carolina ha sido su taxista particular durante años. «Acababa los entrenamientos y a veces me quedaba hablando con las amigas hasta las diez de la noche y el pobre esperándome en el coche», comenta frente a él, con la traducción nuevamente de la hermana mayor.

Los que más le gustan

Carolina es la pequeña de tres hermanos. Su padre es Tomás Rodríguez Martínez y su madre, Pilar Ballesteros Méndez. Él ya está inactivo y Pilar aún trabaja en una empresa de servicios de limpieza. El orgullo no les entra en la casa. Y al ritmo que llevan, los trofeos de su hija tampoco. No hay ángulo que no conserve algún detalle relacionado con la carrera deportiva de Carolina. Y no sólo lo que está a la vista. Los armarios de esta casa guardan los trajes con los que compite la deportista, algunos de ellos verdaderas obras de arte. Ana, madre de su entrenadora, ha sido durante años la diseñadora y creadora de los modelos que luce en los campeonatos. Ahora también le hace trajes Tatti, incluso ella misma los recupera. «Es muy complicado y hay que tener una paciencia... Con una jeringuilla vas poniendo el pegamento en el sitio donde quieres colocar el cristal, y con un palillo ir pegando uno a uno. Además, que los cristales no se pueden colocar en cualquier sitio porque pueden dañarte una vértebra». En Rusia, madre de los grandes diseños del vestuario de gimnasia rítmica, un traje modesto puede costar entre 2.000 y 3.000 euros. Por su participación en los Juegos Olímpicos, le corresponderían cuatro trajes nuevos financiados con cargo a la Federación Española de Gimnasia Rítimica. «Ya veremos», advierte.

Orígenes humildes

«En realidad, aquello era una piso de soltero, con dos habitaciones, un cuarto sin ascensor». Los orígenes de la joven gimnasta olímpica son humildes, francamente modestos. Los padres reconocen que aquello supuso un esfuerzo económico, sobre todo porque al principio había que pagar las cuotas del club y hay que admitir que eso puede convertirse en un lastre que otras familias hubieran eliminado de raíz. Pero en su caso nunca faltó para una malla o para un viaje a cualquier competición. Todo ha merecido la pena. «El recuerdo que más me ha emocionado en toda su carrera fue cuando, con una o dos semanas de entrenamiento, Carolina participó en su primer campeonato», comenta el padre. «Yo soy testigo de que los dos, él y yo, soltamos la lágrima en el preolímpico de Londres», añade la hermana. Para la madre es el día que se hizo campeona de España por primera vez, en Tenerife. «Llevaba una malla preciosa que le había regalado su tía diez días antes porque acababa de hacer la Primera Comunión». La conversación con Pilar, madre de la gimnasta, se deriva hacia los talentos que ya mostraba de niña. «No se me olvidará aquella malla rosa que llevaba cuando empezó. Ella siempre se fijaba en las gimnastas que salían en la tele y las inmitaba. Estaba todo el día haciendo el espagat. ¡Es que nos lo estaba pidiendo a gritos!».

Pero en el fondo esa decisión les costó una larga separación. Cuando estaba concentrada en Madrid sólo podía visitar a sus padres en León un día y medio cada dos meses. La posibilidad de que la gimnasta tenga que volver a irse de León para reimpulsar su carrera profesional tras los Juegos Olímpicos no es una opción que maneje la familia. «No, no, no», reitera Pilar.

Tras pasar un rato en familia, y ya al final del día, la gimnasta queda con su pareja para tomar algo juntos. Aparece Diego Calzado, también conocido en el ámbito deportivo por ser potero y capitán de la Cultural. Salen a tomar un café y salen al sitio que mejor se lo pone, el bar Miss, propiedad del padre de Diego y centro de encuentro para ver los grandes partidos de fútbol. Carolina y él se conocieron en un partido de balonmano. Les presentó un amigo en común, intercambiaron un par de mensajes y ya llevan casi dos años juntos. «¡Enhorabuena, que no te había visto!», le felicita un cliente-amigo del bar. Mucha gente en la calle hace lo mismo desde que la reconoce por su participación el campeonato que la ha introducido en las Juegos Olímpicos de Londres. Los niños, los padres, las madres, es que no hay quien se resista a decir algo a alguien que parece tan cercano. «El día que llegué de Londres fue una pasada. Todo el mundo esperándome».

¿Y ahora, qué? Pues ahora a esperar al mes de agosto, cita para la que la familia ya tiene reservado billete de avión y hotel, aunque aún no tengan las entradas. «Todavía no sé iremos sólo para hacer turismo, porque está complicado», comenta la hermana. Teniendo en cuenta el historial de las participantes soviéticas, Carolina dice no aspirar más que a estar entre las diez primeras clasificadas. Luego dependerá de la presión de cada una, pero en ese caso no sería nada complicado que consiguiera diploma olímpico, lo que le daría otro respiro deportivo. O no. «Si encuentra apoyo económico habrá Carolina para rato, si no....», denuncia su entrenadora. Ella quiere seguir. Aún no sabe por qué camino, pero seguramente que lo hará volando, como las ninfas.

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