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Carta al Papa

 

El Papa Francisco durante su última visita a Dublín - STEFANO RELLANDINI

09/09/2018

Santo Padre: Con el corazón en un puño y roto de dolor, me dirijo nuevamente a Usted: Santidad, son ya tres las cartas en las cuales he abierto mi alma y he expuesto mi vida ante Usted y no veo respuesta alguna por su parte. Una gran duda me invade; ¿Las ha leído?, ¿Se las han hecho llegar?, ¿alguien las está encubriendo para decir después que no tenía conocimiento alguno de la situación? Como primer caso reabierto, juzgado y castigado por el Vaticano en España, después de 26 años ocultado y silenciado, me siento indignado por las actuaciones que el obispado y la Santa Sede están teniendo conmigo y con el resto de víctimas, tanto de aquí como de Chile, como en otras partes del mundo, cuyas heridas siguen sin cicatrizar por la poca consideración hacia nosotros y por el trato de favor que se les está dando a ciertos sacerdotes y obispos criminales.

La peor de las corrupciones, es la corrupción de lo sagrado, eso es lo que hizo su sacerdote José Manuel Ramos Gordón, corrompió el cuerpo y el espíritu de unos niños y corrompió su ministerio (quizá le importaba poco su sacerdocio), no le importó mucho más a los que supieron y callaron: Rev. Don Gregorio, Rev. Don Javier Redondo, Rev. Santiago Cadierno, Rev. Prudencio, el Vicario y el Obispo Antonio Briva. Como ve Santidad, todos ellos.

El actual obispo Mons. Juan Antonio Menéndez defiende al Rev. Javier Redondo diciendo que en el momento que tuvo conocimiento de lo ocurrido, hizo lo que tuvo que hacer, avisando al vicario y al obispo, que dirigían la Diócesis y que hoy, «han muerto». En vez de hacer lo que debían le permitieron continuar un año más donde sé de primera mano que hubo más víctimas y al año siguiente lo desterraron a Tábara, para seguir poniendo a más niños en riesgo.

Sus cinco sacerdotes y su obispo encubrieron, permitieron, avalaron, ampararon que su sacerdote Ramos Gordón abusara de mi hermano y de mí repetidamente. Se iban a dormir siendo conocedores de los salvajes, atroces y crueles actos.

Vemos como se repite en todo el mundo la impunidad de los criminales de la iglesia y como usan estrategias hipócritas para justificarse. No quiero contarle de nuevo mi calvario, principalmente porque me produce un inmenso dolor y asco. Muchas veces me pregunto qué hubiese sido de mi vida sin este horrible pasado.

Sus sacerdotes nos daban lecciones de que eran merecedores del cielo, a nosotros nos entregaban al infierno que vivíamos cada noche. ¿Puede su Santidad hablarme del cielo?... Del infierno le puedo hablar yo. Su obispo Mons. Juan Antonio dice que no puede hablar, que es la Santa Sede quien tiene que hablar. Su sacerdote Rev. Javier Redondo; nada que decir, guarda silencio. El mismo silencio, omisión y ocultación continúan. Su Obispo no castiga al encubridor, le otorga un ascenso, le premia haciéndole Vicario. Su obispo mirándome a la cara, me dijo que personalmente haría cumplir el ridículo e insultante castigo impuesto a Ramos Gordón (Un año apartado), tiempo en el que le permitió oficiar misas y recibir homenajes. Le protege, le ampara y defiende («Los hombres tenemos debilidades humanas», dijo).

La iglesia de Astorga, Santo Padre, no asume ni se responsabiliza de sus crímines, se lava las manos como Poncio Pilatos. Con un perdón hipócrita, basta. ¿Alguien va a actuar ya en consecuencia?, ¿Se va a seguir ignorando el dolor y el grito desgarrador de justicia de las víctimas?

Las palabras de vergüenza y perdón son solo eso; palabras vacías, sin acciones, no hay un claro sentimiento de dolor por los niños abusados, víctimas que en ocasiones somos hasta cuestionados.

Tolerancia cero. «La iglesia responderá con la aplicación de las más fuertes medidas», «me comprometo a no tolerar el daño infligido a un menor por parte de nadie». «No hay lugar en la iglesia para quien ha cometido este crimen y horrible pecado».

Santidad, mentira. Mis ganas, mis fuerzas, mi ilusión, mi fe en Dios, en la iglesia y en los hombres; se desmorona. Las víctimas pedimos que se nos escuche y que se repare lo que nos robaron, no queremos más falsos perdones, más hipocresía. El perdón no le va a servir a mi hermano, que falleció sin obtener justicia por todo lo que le hicieron. Ni para mi, que sigo viviendo la más profunda de las tristezas, sabiendo que aquello que nos hicieron, no lo olvidaré jamás, serán mis estigmas de por vida y sigo viviendo en el temor, de que se está repitiendo y nadie hace nada por pararlo.

El mundo se está levantando, los silencios de los niños de ayer, son las voces de hoy, y las lágrimas y el dolor, nos hacen fuertes para seguir adelante hasta el final. Basta de excusas, queremos justicia, una justicia real, con su condena y su reparación. No más desprecios, el mundo sabe ya la verdad. Esa verdad horrenda que algunos pretenden justificar ante lo injustificable. El pasado 20 de Noviembre del 2017; A petición de Su Santidad, los obispos españoles, han pedido por primera vez perdón por los abusos a los niños e invitan a rezar por todas las víctimas en el día Universal del Niño, de responsabilidad, de condenas a culpables e encubridores, de resarcimiento a las víctimas; «Nada», «Ni una sola palabra». El 10 de Diciembre, se me ofreció hablar en televisión. Volví a desnudar mi alma para exponer ante millones de españoles mi trágica niñez. Recibí cientos de miles de mensajes de apoyo, aliento, comprensión y cariño. Sentí el calor de muchísima gente de buena voluntad.

«¿Alguna respuesta por parte de la autoridad Eclesiástica?», me preguntaron. silencio, sólo hay absoluto silencio. La cultura del silencio, donde las heridas del alma se negaban, se callaban, se omitían, se escondían, de eso se valieron todos los culpables y criminales para ocultarlo durante demasiado tiempo.

¡Ya basta! Es hora de ver que realmente la iglesia está dispuesta a aceptar sus crímenes, condenarlos y reparar los atroces actos . Por eso, le suplico Santo Padre, que escuche mi clamor de justicia. Se despide de Su Santidad.

   
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