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SANTOCILDES cumple años

Cien velas de chocolate

fue david GONZÁLEZ POMBAR, EL ABUELO, QUIEN PUSO LA PRIMERA PIEDRA DE CHOCOLATES SANTOCILDES EN CASTROCONTRIGO, LA FÁBRICA SEÑERA QUE EL PRÓXIMO FIN DE SEMANA celebra UN SIGLO. hOY FERNANDO, JUAN FRANCISCO Y YOLANDA SON LOS CONTINUADORES DE UNA SAGA CON FUTURO

 

El empaquetado del chocolate es el final del proceso centenario que se mantiene en la fábrica de Santocildes. - jesús f. salvadores

Cien velas de chocolate -

a.G. VALENCIA
11/09/2016

Cien primaveras de chocolate. Un siglo haciendo un producto artesanal, bandera de una comarca y seña de identidad de un pueblo que lleva la marca de Santocildes. Fernando, Juan Francisco y Yolanda Fernández González son los continuadores de una saga de maestros chocolateros. Una aventura que comenzó en 1916 de la mano del abuelo David González Pombar, un vecino de San Justo de la Vega que junto a su esposa Ángela Rabanal Tedejo se pusieron el mundo por montera para emigrar a Argentina. Ya el bisabuelo se acercó al oficio, muy vinculado a la zona de Astorga, pero fue al regreso del país americano cuando se fraguó la industria que ahora, justo el fin de semana que viene, cumple un siglo de vida.

Cuenta Fernando que en el viaje de regreso desde Argentina, su abuelo coincidió con un señor de Nogarejas. David González Pombar ya quería dedicarse al oficio chocolatero y le comentó a su compañero de viaje sus intenciones y algunos de los requisitos que necesitaba, como instalarse en una zona con suficiente agua para hacer mover las máquinas para la producción de chocolate. Fue cuando este vecino del pueblo de al lado le habló de Castrocontrigo. Allí se instaló y ahí empezó todo. Un todo que sigue un siglo después.

Chocolate Santocildes —que debe su nombre al general que defendió a Astorga frente a los franceses— mantiene la técnica artesanal en la elaboración del producto. Compran el haba de cacao cruda directamente a los países tropicales y principales productores como Gana, Ecuador o Santo Tomé, la prueban y la calidad es el factor fundamental. Una vez en Castrocontrigo son ellos los encargados de tostarla y así se abre el proceso de elaboración. Tras la máquina tostadora, para la cual utilizan leña de los pinares de Castrocontrigo, el haba pasa a la mondadora, que la pela y la parte para pasar al molino.

«Hay que hacerlo con cariño, éste es un oficio muy bonito», explica Fernando, que conoce al detalle cada parte de un proceso centenario que esta familia lleva inscrito en el ADN.

Del el molino, donde previamente se han calentado las piedras de granito para que el cacao salga líquido, se pasa al galé, una máquina, que aseguran, revolucionó la industria chocolatera y que en la fábrica de Santocildes sigue como el primer día. Cuentan con una de finales del siglo XIX que es una joya. Aquí el cacao líquido se mezcla con harina y azúcar y con unas enormes piedras de granito y carbón vegetal el proceso se pone en marcha. Dice Fernando que esta máquina fue una revolución porque hasta entonces los ingredientes se mezclaban en una artesa de madera.

Del galé el chocolate pasa a la pesadora que divide el producto en unidades y le quita el aire. De ahí, al tocacajas donde se compacta en las libras, que hoy ya no se utilizan solo como medida de peso. Tras el frío en seco, la empaquetadora pone el broche final al chocolate que está listo para su venta. Es todo un proceso artesanal, guiado por la calidad y la excelencia. «Es lo que seguimos pretendiendo, seguir manteniendo esas señas y mejorar», subraya Fernando que señala que en la fábrica se han ido incorporando maquinaria artesana de alta precisión para trabajar las materias primas de alta calidad. Algo que no sería posible sin la labor de estos maestros chocolateros que custodian un proceso artesanal al 100%. «Eso sí que no ha variado», explica.

Fernando es consciente de que el mundo y la industria ha cambiado muchísimo en estos cien años. «Un siglo son dos vidas», confiesa, pero mantienen el espíritu del abuelo. El trabajo constante y un oficio manual. Santocildes cuenta en Castrocontrigo con un museo del chocolate, donde la maquinaria y los paneles ayudan a trasladarse unos cuantos años en el tiempo. Además exponen una colección de antiguos envoltorios del producto, donde el abuelo, con ingenio, ideó distintas marcas —como el Avión o La Carballeda— para poder contar con más cupo de cacao.

En el Museo también se exponen las antiguas cajas de madera donde una vez terminado el chocolate se metía para el transporte en 50 o 70 unidades. Eran cajas que también se hacían de forma artesanal y hasta el engrudo, pegamento a base de harina y agua para pegar los envoltorios, era tarea manual.

«Estos cien años no hubieran sido posible sin todas las personas anteriores», asegura Fernando, consciente de que la celebración del centenario engloba un agradecimiento a todos los que han contribuido con Santocildes. Por eso, larga vida al chocolate y muchos años más de dulce tentación.

   
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