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Crecer en el país del hambre

 

Schneyder Mendoza -

Doménico Chiappe
22/04/2018

La jornada comienza cuando todavía no ha salido el sol, a las cinco de la madrugada, cuando Gabriela Vegas, más conocida como La Negra, de 34 años y 3 hijos, se levanta para ayudar a su madre a preparar la comida que servirán a los 85 niños que comen cada mediodía en su casa. La Negra los conoce a todos, y de memoria puede visualizarlos y contar para cuántos de esos pequeños será su única comida al día: 28. «Los demás comen dos veces. Una aquí, la otra en su casa». Nadie tiene para los tres ‘golpes’, como se conoce a cada comida en la jerga del barrio.

Un golpe, una comida. Hoy toca pollo al horno con pasta. Once pollos para los 85 niños, más de cuatro adultos discapacitados, sin recursos para alimentarse. «Cada día vienen dos mamás a encargarse del comedor», dice La Negra. «La preparación del plato de hoy comenzó ayer, cuando mi esposo despiezó cada pollo entero. Después, esta mañana, mi mamá los sofrió para luego meterlos al horno. Tenemos una sola hornilla, grande, como mucha llama, para preparar la pasta y la salsa. También les toca una naranja. A las 11 tiene que estar todo listo».

No pueden demorarse. A las 10:30 ya hay una larga fila esperando para entrar. «La mayoría llega a esta hora», dice La Negra. Son los rostros de la desnutrición y del ausentismo escolar, de 38% según datos de la Asamblea Nacional. Los padres prefieren que los niños duerman hasta mediodía y se salten el desayuno. Desde hace dos años, comen uno de los ‘golpes’ en casa de La Negra, un ‘rancho’ del sector San Miguel, en la parte alta de La Vega, uno de los más populares de Caracas. A las 11:30 pasa el primer grupo. De doce en doce. Llevan sus platos limpios, las manos lavadas. Se sientan en las tres mesas y rezan antes de comer. «Les enseñamos que tiene que haber respeto», dice La Negra, que empezó hace un año en el programa Alimenta la Solidaridad, de carácter apolítico. «Empecé con 50 niños, busqué un sitio adecuado y no encontré, la escuela pública me negó el espacio. Así que puse mi propia casa».

La Negra conoce bien el fantasma del hambre. «El primero de enero, llegaron dos hermanos de por aquí. Tocaban la puerta y se escondían. Lloraban inconsolables. Me dijeron: ‘no hemos comido nada y sabemos que si tú tienes, nos vas a dar’. Sus padres los habían acostado a las 6 de la tarde porque no tenían cómo alimentarles. Les dijeron que tomaran agua y se durmieran. El día anterior había sido fin de año. Pero yo no tenía ni hallaca (plato típico venezolano de las fiestas navideñas) ni pernil. Sólo pasta con caraota (frijol negro). Eso compartimos». El de La Negra es uno de los diez comedores de la red tejida por Alimenta la Solidaridad, que atiende a 1.060 niños de lunes a viernes, con el trabajo voluntario de 200 madres.

De las madres y los propios niños. «Los martes nos traen la comida: plátano, verdura, arroz, pasta, costilla, huevo, papa... desde la calle donde llega el Jeep que la trae hasta mi casa hay 115 escalones. Son los niños los que ayudan a cargar las bolsas. No tenemos agua de miércoles a viernes, y son los niños los que la cargan para poder cocinar. Ellos solitos. Están aquí a las 7:30, tocando la puerta». Ahora tiene a 25 niños esperando tener cupo en el comedor. La Negra hace una pausa, dice: «Es triste ver que tu hijo está llorando porque tiene hambre».

De Harvard a Caracas

De las aulas de Harvard al cerro de Caracas Interesado por las políticas públicas que habían reducido la violencia en otros lugares del mundo, Roberto Patiño cursó una maestría en Harvard, antes de fundar Alimenta la Solidaridad. Su mentor, Thomas Abt, antiguo responsable de seguridad ciudadana del estado de Nueva York y miembro del Departamento de Justicia en la era Obama, le llevó a conocer las iniciativas realizadas con éxito en cinco ciudades de Norteamérica: Chicago, Filadelfia, Los Angeles, Boston y Rhode Island. También compartió las experiencias de ciudades latinoamericanas como Medellín o Río de Janeiro. Después volvió a la capital venezolana.

Antes de sus dos años de estudiante en una de las universidades de elite de Estados Unidos, Patiño, nacido en Caracas en 1988, había sido líder estudiantil de la Universidad Simón Bolívar, movilizado contra la reforma constitucional de 2007, miembro del movimiento Voto Joven y llamado por Henrique Capriles para coordinar el ala juvenil de su campaña de 2011, con Chávez como adversario. «Recorrí los rincones del país en autobús», recuerda Patiño. «Más de 200 pueblos, donde me impactó la desconfianza de la gente. ‘Si sigues en política, vas a mentir como los demás’, me dijo una vez una mujer».

Hijo de padres profesionales y clase media, Patiño conocía sin embargo la vida de las zonas más populares. En los cerros cubiertos por casitas de ladrillo y techos de zinc había fundado una asociación civil, Caracas Mi Convive, para afrontar la violencia en las barriadas venezolanas del oeste de Caracas, donde se cuentan más de 30.000 homicidios anuales. Agresiones infinitas que pueden asaltar al azar a cualquiera. A él mismo, por ejemplo. En 2014, nada más aterrizar le advirtieron que su padre era víctima de un secuestro exprés, que duró seis horas y se resolvió previo pago de rescate con relojes y efectivo. «En un cine al aire libre que organizamos como parte de un programa para reducir la violencia en el Municipio Libertador, se me acercó una niña, Fabiola, y me dijo: ‘dame algo de comer que me muero de hambre’. Fue un terremoto para mí. Ese día de 2016 entre todos hicimos arepa (pan de maíz) con sardinas».

La voz de aquella niña fue el germen de una nueva asociación, Alimenta la Solidaridad, centrada en paliar el hambre infantil. Primero, se organizaron sancochos (sopas) los domingos que, además, fomentaban la conversación entre vecinos. Una madre le dijo: Nosotras hacemos mucho esfuerzo por darles los tres golpes (comidas) a nuestros hijos pero no alcanzamos».

Así que empezó una nueva etapa, en las vísperas de las vacaciones de julio y agosto. Con la complicidad de una escuela de Fe y Alegría, una organización católica dedicada a la educación en zonas marginales, abrieron sus puertas en esos meses para servir los almuerzos. En un país que no conoce los comedores escolares, ni hay plan institucional alguno para suministrar alimento a los alumnos de los colegios, la acción sorprendía también por su planteamiento colaborativo.

«Nosotros poníamos los ingredientes para cocinar un almuerzo nutritivo de lunes a viernes, para los 60 niños más necesitados del barrio, pero eran las madres las que tenían que ocuparse de mantener los espacios, almacenar las compras, seleccionar a los niños, preparar la comida», recuerda Patiño. «Empezamos a recibir apoyos, tanto de gente adentro del país, como de la diáspora venezolana. Gracias a esas personas y a otras asociaciones la idea se ha propagado a otros seis estados del país. Ahora hay una red que alimenta a 2.700 niños».

Las cuentas sorprenden. Cuando el gobierno venezolano paga por cada bolsa del programa de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) un promedio de 35 dólares por una caja de 10 kilos y 19 productos, según una investigación del diario El Pitazo, la asociación Alimenta la Solidaridad alimenta a un niño durante todo un mes, de lunes a viernes, por cinco dólares. A esas entregas del Clap, un sistema de control social ideado para contrarrestar las protestas, se les conoce como «la regla». Llegan una vez al mes, si acaso. Y no duran ni una semana. «Aquí nadie se mete con nadie, pero sí me han llegado a decir que me van a quitar la bolsa Clap. Yo respondo que no van a manejar mi vida, que me la quiten», dice La Negra.






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