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La crisis siria

 

Enrique Vázquez
25/02/2018

Los lectores fieles de Jean Pierre Filiu, acaso el mejor analista en lengua francesa de la geopolítica en Oriente Medio, hemos recibido sin sorpresa su afirmación, matizada por la prudencia, de que no está claro que la guerra en Siria haya terminado. Su condición de conflicto poliédrico, de orígenes, objetivos, argumentaciones, beligerantes y padrinos diversos autorizaba a suponer que no iba a ser cancelado con una ceremonia solemne entre los beligerantes, pero se mantenía tácitamente el derecho a esperar un fin prácticamente general de las operaciones militares y una calma que, tal vez, daría una posibilidad a las iniciativas en curso de negociar un final adornado con un modesto futuro por delante.

Pero ni las Naciones Unidas ni mucho menos otras iniciativas, como las conferencias en Sotchi o Astana. Sostenidas por algunos de los protagonistas del drama son del todo inútiles por la buena razón de que, aunque formalmente basadas en documentos de trabajo aceptables en principio para todos los beligerantes, tenían y en teoría tienen pues no han sido oficialmente abandonadas, un tufillo moscovita que, por definición, es-pro-régimen sirio y entiende cubrir los objetivos estratégicos y de largo plazo de la Federación Rusa. Ni por un momento Moscú ha presumido de ser ganador en la tragedia y su retórica oficial entiende ser moderada a la hora de cambiar las trincheras y los bombardeos por una eventual negociación política sin obviar siquiera el objetivo que dice tener para el país: la creación de un sistema pluralista... que se ocupará de organizar generosamente el régimen de la familia Assad, los alauíes en el poder desde hace casi medio siglo.

Seguidores del sexto imam shií, Yáfar al-Sádiq, biznieto de Fátima y tataranieto del profeta Muhamad, han resistido bien el paso de los siglos y mantienen una presencia apreciable en la región, singularmente en Siria, Turquía y Líbano. Con su 10-15% de la población y una solidaridad a toda prueba han sabido ocupar posiciones de privilegio y cerrar filas en torno al poder, en sus manos desde el golpe del general Assad en 1970.

El desenlace militar sobre el terreno, favorable a la familia alauí, deudora solvente del acuerdo firmado en su día por el difunto general Assad con el líder soviético Lionid Brieznev, ha reforzado al régimen, literalmente salvado de lo que sin la intervención rusa habría sido su fin. Pero en Damasco ya han pagado un precio altísimo por su supervivencia política y su perpetuación en el gobierno.