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Democracia al límite en turquía

La victoria del presidente Erdogan llega teñida de dudas sobre la limpieza de un proceso electoral en el que solo la bandera mantuvo la unidad de una nación partida en dos. El líder concentra ahora todo el poder en sus manos y con muchas voces en contra tanto dentro como fuera del país.

 

ERDEM SAHIN -

Mikel Ayestarán
01/07/2018

Aarranca la nueva era de Recep Tayyip Erdogan como ‘superpresidente’ de Turquía, con todos los poderes concentrados en sus manos. El mandatario islamista se dirigió en la noche electoral del pasado domingo a sus más fieles seguidores desde el balcón de la sede de su formación política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), en Ankara para decirles que su país «ha dado una lección de democracia al mundo» y adelantar que su prioridad será «luchar con aún más fuerza contra las organizaciones terroristas», en alusión a las guerras abiertas que mantiene con los kurdos tanto en territorio otomano como en Siria e Irak.

A las pocas horas de su primer baño de masas desde la reelección, Erdogan recibió la llamada de felicitación del líder de la oposición, Moharrem Ince, quien, tras unas primeras denuncias de fraude, admitió los resultados oficiales. No obstante, denunció que el proceso no había sido justo, la misma conclusión que recogieron en su informe los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

Erdogan fue reelegido con el 52,6% de los votos y gozará también de la mayoría en el Parlamento gracias a su coalición con el Partido de Acción Nacionalista (MHP), una de las grandes sorpresas de los comicios. Otra de las novedades será que en la cámara legislativa 103 de los 600 escaños serán ocupados por diputadas.

Estambul despertó la semana pasada bajo un cielo gris y sumida en un silencio ensordecedor. La ciudad inició la nueva era política forrada con carteles con el retrato del ‘rais’ que desde los puentes de las autopistas daban las gracias a los habitantes de la antigua Constantinopla por su apoyo en las urnas. Todos conocían los resultados, pero era complicado hablar de ellos después de una jornada con una participación del 88%. El presidente, pese a su amplia victoria, aún tiene muchos detractores. Un pulso pasional al que sucedió una especie de jornada de descanso por el esfuerzo realizado en las últimas semanas. Erdogan llevó una vez más al país al límite y ganó.

Durante el recuento de votos una de las grandes voces ausentes fue la de Ince y esto generó rumores de todo tipo. El candidato opositor del Partido Republicano del Pueblo (CHP) esperó a tener los datos finales en la mano para comparecer ante los medios y declarar que aceptaba «los resultados de estas elecciones». Ince, que a lo largo de la campaña realizó mítines multitudinarios que llevaron a la oposición a pensar que había posibilidades de cambio, pidió a Erdogan que deje de «comportarse como el secretario general del AKP para ser el presidente de 81 millones de turcos». Una solicitud realizada a lo largo de todo el camino hacia las urnas, el que solo la bandera ha mantenido la unidad de una nación partida en dos.

El principal líder de la oposición habló asimismo de un proceso «injusto», misma idea defendida por la OSCE en un informe de observación que recogió la «falta de igualdad de condiciones» entre los candidatos, según el coordinador de la misión, el diputado español Ignacio Sánchez Amor. Pese a la detección de algunas irregularidades durante el recuento, el organismo internacional señaló que «en términos generales, se respetaron las reglas». La diputada ucraniana Olena Sotnyk, miembro también de la misión, destacó como punto positivo la «gran implicación ciudadana», que se tradujo en una participación histórica.

Entre los perdedores, los más nostálgicos evocaron a Orhan Pamuk y apostaron por el aire del Bósforo para curar sus heridas. «La vida no puede ser tan mala. Pase lo que pase, siempre puedo dar un largo paseo por el Bósforo», apuntaba el Nobel en Estambul: Ciudad y recuerdos. Lo que ocurría es que al ojear cualquier periódico se observaban títulos similares: «Primer paso para el cambio», «Victoria del presidente», «Otra vez, en el nombre de Dios» o «¡Sí! Democracia para siempre» eran los encabezamientos de las primeras páginas de los rotativos, la mayoría bajo control del Gobierno. «El viento del Bósforo lo cura todo», recuerdan los vecinos de Estambul cuando alguien tiene problemas. Erdogan tiene una larga lista sobre la mesa, pero las decisiones las toma desde Ankara.

adorado y repudiado

Los ciudadanos turcos asistieron con impaciencia el pasado domingo al recuento de votos tras una jornada en la que acudieron de forma masiva a las urnas. Fue una especie de pulso entre la Turquía que apoya a Erdogan y la que le repudia, un duelo al estilo de un derbi futbolístico, pero en las urnas. Arrancó a primerísima hora y no paró hasta que se cerraron los centros de voto a media tarde.

El centro de Estambul volvió a demostrar que es territorio hostil para el líder islamista y se vivió la jornada con la euforia que ha dejado una campaña electoral en la que la oposición, por primera vez en mucho tiempo, logró crear la sensación de que era posible desbancar a Erdogan. «Siempre gana, lo sabemos, pero esta simple sensación de euforia que tenemos ya es una victoria y hará que la participación sea mayor», reflexiona Canturk Kuru, nada más salir del centro de voto.

A diferencia de los compañeros que le rodean, funcionarios como él, no tiene miedo a dar su nombre. Tampoco existe la palabra miedo en el vocabulario de Ipek Yeginsu, estudiante de italiano, quien destacaba ayer que «pase lo que pase, es la primera vez que vemos una oposición unida y fuerte en este país y ello debe hacer a Erdogan reflexionar para que cambie de política».

Otras opiniones a pie de urna eran más poéticas, como la de Murat Senar, nieto de la mítica cantante turca Muzeyyen Senar, quien creía esperanzado en el comienzo de «una nueva era». «Erdogan ha intentado cambiar los valores de la nación en estos 16 años y ha usado la religión para sus fines políticos, pero hemos venido a decirle que basta. Mi apuesta es el cambio, pero no ‘Inshala’ (expresión del árabe que se traduce como ‘ojalá’ o ‘si Alá quiere’), porque a Erdogan no le echa ni Alá».

«Capacidad de dirigir»

En el otro extremo se situaba Ihsan Oguz, jubilado, y seguidor a ultranza de un Erdogan que «es la única persona con capacidad de dirigir este país». «El problema es que todos estos que se oponen están al servicio de potencias extranjeras y quieren destruir Turquía, pero no lo conseguirán. ¿Vas a escribir todo lo que te digo, no? Porque estamos hartos también de que todos los periodistas europeos critiquen al presidente».

Esta desconfianza al extranjero se extiende a lo largo de las zonas más leales a Erdogan, «un presidente para los turcos, aunque a vosotros no os guste nada», sentenciaba Oguz, antes de volver a pedir que se respetara el contenido de su mensaje. En una jornada de sensaciones, esta desconfianza es compartida por esa gran parte de Turquía que respalda al ‘rais’.Después de dieciséis años en el poder, Erdogan llegaba a estas elecciones «lleno de desconfianza hacia todo el mundo, con sensación de tener mucho poder, pero de ser vulnerable a la vez. Él diseñó todo esta hoja de ruta y ahora el tiro le puede salir por la culata. Todo o nada», opina Eduard Soler Lecha, investigador del Cidob de Barcelona.

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