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Democracia sin residuos

 

Diego Carcedo
24/06/2018

España es uno de los pocos países, si no el único, que pasó de una dictadura —fruto de un golpe de Estado y de una cruenta guerra civil—a la democracia sin represalias. A diferencia de lo que ocurrió en otros lugares tras la caída de regímenes totalitarios, y no siempre tan duros, aquí no hubo detenciones, ni juicios sumarísimos, ni encarcelamientos. Los culpables y artífices de muchos centenares de miles de víctimas y de cuarenta años de persecución de las libertades, siguieron haciendo su vida normal como si nada hubiese acontecido.

Cuatro décadas largas después de la recuperación de la democracia, todavía un artífice emblemático de la represión y la tortura acaba de ser condecorado. Contado así, y aún habiéndolo vivido, resulta increíble. Alguna razón tenía el régimen anterior cuando alegaba en su propaganda patriótica que España es diferente. Ni en Alemania después de Hitler, ni en Italia después de Mussolini, ni en Greecia después de Papadopulos ni en Portugal tras la caída de Salazar ocurrió algo parecido.

Evitar el revanchismo, volver a empezar y renunciar a la venganza fue un acierto político que evitó nuevos enfrentamientos y derramamiento de sangre. La democracia avanzó con ciertas dificultades, pero acabó imponiéndose desde la libertad y el pragmatismo.

La consecuencia es que ha transcurrido mucho tiempo y aún quedan de restos de víctimas sepultados en cunetas y todavía por nuestras calles, plazas e incluso templos se exhiben símbolos homenajeando a quienes dividieron a España en dos y gobernaron a una desde el autoritarismo salvaje y a la otra desde la prepotencia autocomplaciente de su victoria. El principal símbolo de aquella tragedia es sin duda el Valle de los Caídos, el gigantesco monumento erigido por el dictador en recuerdo de su «gesta» y exhibición de su egolatría perpetuándose en su propia pirámide, cual Faraón contemporáneo. El anuncio de que el nuevo Gobierno promoverá la entrega de sus restos a la familia para que le den respetuosa sepultura, es algo que tarde o temprano tendría que acabar sucediendo. Levantará polémica y resistencias, pero hacerlo es ineludible y cuanto antes se resuelva este anacronismo, mejor. Los residuos del franquismo, las influencias de un mal recuerdo para tantos, complica la reconciliación y sigue dando una mala imagen de España.